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El funeral fue a ataúd cerrado, sencillo y muy sentido pero MatÃas no encontraba consuelo. Por más que padres y hermanos trataran de llevarle alivio, no podÃa salir de su enorme pena.
HabÃa perdido a su mejor amigo y eso, para un adolescente es una pérdida letal.
Pero los meses pasaron y la vida sigue. Un dÃa sus padres le anunciaron que habÃan puesto en venta la casa de Emilio y que, con toda la pena del mundo, habÃa que desocuparla ese mismo domingo. Era lunes y MatÃas, juntado coraje, le solicitó a sus padres le dejaran ir solo a la casa. Sus padres cruzaron una mirada y luego la enfocaron, condescendientes, sobre el chico.
-         ¿Crees que te hará bien?. –
MatÃas asintió con la cabeza pero sabÃa que iba a ser un trance doloroso.
Fue asà que lo llevaron hasta el domicilio y allà le dejaron no sin antes advertirle que lo recogerÃan en una hora, no más. MatÃas se enfrentó a la puerta de la casa introdujo la llave en la cerradura y dio comienzo al misterio.
Una vez adentro cruzó el living deambulando por la vivienda y mirando cada objeto de cada metro cuadrado, hasta que llegó a la pequeña salita donde estaba la computadora. Sin saber porque se sentó ante la pantalla y encendió la máquina. Acto seguido abrió el explorador de Internet y sin más se fue a la página del mail de Emilio. El mismo MatÃas fue quien le habÃa creado el correo por lo tanto se sabÃa nombre de usuario y contraseña. Ante él apareció la página principal del servidor. MatÃas abrió la bandeja de entrada. Aparecieron varios mensajes del mismo MatÃas y otros tantos de un tal “ABUL_AALI†asentado en un servidor que MatÃas no conocÃa. Cuando intentó abrir uno de los cinco que habÃa este no respondió y se borró de la bandeja. Intentó con otro con el mismo resultado, no se mostraban. Desorientado se preguntó quién serÃa el astuto que lograba proteger sus mensajes de manera tan sofisticada. Abrió otra copia del explorador y tipeó en Google el dominio del servidor. Arrojó pocos resultados y ninguno era un servidor de mail. El identificador, “ABUL_AALIâ€, sonaba a árabe o turco, MatÃas estaba totalmente desconcertado. Siguió deambulando por la casa hasta que se enfrentó con el sillón preferido de Emilio, aquel donde lo encontraron muerto. Lo miró a lo ancho y a lo largo. En el extremo izquierdo habÃa una pequeña mesita de noche con una antigua lámpara encima, junto a la lámpara un block de notas y un lápiz. Sobre la primera hoja se leÃan unas palabras encolumnadas. MatÃas tomó el block pero un primer vistazo solo arrojó confusión dado que ninguna palabra parecÃa tener sentido. Pero una nueva mirada le arrojó plena luz cuando observó que en la cima de la hoja habÃa una palabra subrayada: “ABUL_AALI†y el resto de las palabras eran anagramas, combinaciones distintas de las letras de la palabra que encabezaba la hoja. La letra era de Emilio, para MatÃas eso estaba claro. Lo que no entendÃa era que buscaba su abuelo con ese jueguito. Los distintos anagramas se sucedÃan por espacio de tres hojas.
Hasta que MatÃas llegó al anagrama final, subrayado con tanta vehemencia por su abuelo que rasgó la hoja de papel. El chico quedó boquiabierto y conmocionado. La lectura de esa frase cambiarÃa para siempre su forma de ver la vida.
Muchas veces la fe es algo en lo que queremos creer, sin lógicas ni razones ni cuestionamientos. Queremos creer y punto, y lo que se instaló en la mente de MatÃas ese dÃa fue una fe tan pura que no admitÃa relevamientos de ningún tipo. MatÃas“supoâ€Â que su abuelo se fue de propia voluntad, se quiso ir… “Porque alguien lo llamóâ€. No interesaba que decÃan los mail’s extraños ni porque no se podÃan abrir, ni tampoco importaba el inexistente servidor, ni el mero hecho de que Emilio quizás tampoco los pudiera abrir. Lo que si importaba era el anagrama final que rezaba: “LA ABU ALIâ€, que era la manera en que Emilio se referÃa a su esposa delante de sus nietos.
Â
                                                   FIN
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