Una bandada de pequeños murciélagos se mantenía en órbita alrededor de su cabeza. Y todo comenzó porque Lunática decía que no eran murciélagos, que no existían tan pequeños, que eran moscas, decía, y que el tipo no era otra cosa que un mugriento.
El tipo no hablaba con nadie. Bajaba la ladera, atravesaba el pueblo, siempre a la misma hora, llegaba hasta la orilla del lago y allí se quedaba, contemplando su imagen sobre la superficie del agua. Después daba media vuelta y emprendía el regreso a la montaña.
En el pueblo nadie le prestaba atención. No se discutía de qué clase de animal estaba formada la aureola sobre la cabeza de aquel desgraciado.
-¿No ves? Si fueran moscas se lavaría la cabeza y chau problema –decía Ajenjo-. No. Lo que le revuela a ese hombre es mucho más serio.
-¿Por qué no le preguntamos? –propuse un día.
-¿Estás loca? ¿Te imaginás la que se arma si nos ven hablándole?
-Podemos subir hasta su cueva –dije-. A escondidas.
Y un buen día, después de almorzar, llenamos nuestras cantimploras con agua y partimos. Caminamos tanto que, en un momento, comenzamos a sentir miedo de que al regreso nos sorprendiera la noche. Al mirar hacia atrás veíamos el campanario de la iglesia finito como un lápiz blanco, unánime, sobre el cielo limpio y celeste. A su alrededor se repartían los techos de las casas de la aldea cubriendo una pequeña superficie junto al lago. La lejanía hacía más intenso el silencio habitual de esa hora de la tarde; se escuchaba, rasgados aquí y allá por carreras de lagartija, el susurro acompasado de nuestros pasos.
De pronto, Ajenjo se detuvo y comenzó a gritar que paremos, que paremos; tenía el entusiasmo que alimenta a todo explorador cuando alcanza el destino imaginado.
-Miren lo que tengo aquí –gritaba.
Entre sus dedos pulgar e índice, levantaba un objeto negro. Era un murciélago no mayor que una uña. Estaba muerto.
-¿Vieron que yo tenía razón? –decía Ajenjo en tono desafiante-. ¡Todo resuelto, podemos emprender el regreso! ¡Moscas! ¿Quién decía que eran moscas?
-Me parece que deberíamos llevárselo a él –acoté yo-. ¿No creen? Por lo menos por una cuestión de delicadeza. Es probable que se le haya caído. Podría querer enterrarlo. Qué sé yo.
Cuando por fin dimos con la entrada de la cueva, una estrecha abertura en la piedra, nos quedamos helados, sin aliento para pronunciar una palabra. Había sobre una losa unas palabras escritas en carbón: “Déjenme en paz. Esto va para los tres. Es serio”.
Las palabras, tal vez por reproducir fielmente la amenaza oral, se nos presentaron con una fuerza abrumadora. Regresamos en silencio y a gran velocidad. Llegamos al atardecer, cuando todos los hombres se juntaban en la taberna y todas las mujeres preparaban la sopa que le daba olor a cebolla al comienzo de la noche.
Así era nuestra aldea; todo era previsible como en el movimiento de un reloj. Todo era digerido por el ritmo. Todo lo que era ritmo era bueno en nuestra aldea, todo lo que se repetía con periodicidad acababa siendo bueno. El hombre de los murciélagos continuó bajando cada día a la misma hora, para permanecer la misma cantidad de tiempo observando su imagen en el lago.
Pero nosotros nos sabíamos ahora transgresores de ese ritmo y cada vez que veíamos pasar al tipo, ensimismado, ajeno a todo, como si no tuviera decenas de murciélagos alrededor de la cabeza, nos sentíamos como los imperdonables profanadores de un templo, nos sentíamos los únicos despiertos en medio de un hermético grupo de felices soñadores.
Al tiempo, Lunática se tiño el pelo de rojo y se fue a una gran ciudad. Ajenjo fue también a la gran ciudad a visitar a Lunática y volvió poco después para despedirse definitivamente. Se había hecho colocar una perla en cada párpado. Yo, tiempo después, me vine a vivir a Pnom Pehn.