Ayer por la noche, mientras llegaba a mi casa, me encontré en la puerta con un enanito. Era tan chiquito que me dio mucha risa, pero tenía una sombra reflejada por su lamparín, tan grande, y una voz tan gruesa que, me dio mucho temor.
- ¿Qué es lo que quieres? – me dijo el enano.
Me reí nerviosamente, y le dije que deseaba entrar a mi casa. A lo que él me dijo que primero debía declararle mi secreto más querido... Dude en confesárselo, y me quedé pensando si no estaba delirando. De pronto, el geniecillo empezó a inquietarse y, con sus manitas comenzó aplastarme el zapato como si fuera un pedazo de papel.
El dolor fue tremendo, era como si estuvieran hincándome con un montón de agujitas. Al no poder contenerme, le rogué que dejara de apretarme el zapato pues le confesaría mi único secreto... Le dije que durante toda mi vida, temía a los gnomos, apareciéndose en medio de la oscuridad... Apenas terminó de escucharme, el enano sacó un pequeño bastón y con un golpecito en mi adolorido pie, pronunció unos rarísimos conjuros que no pude entender...
Después sacó una cajita de madera, la abrió y me ordenó que entrara de inmediato... De pronto, vi que el enano empezaba a crecer y crecer hasta llegar a mi tamaño, mientras que yo, me achicaba y achicaba hasta quedarme del tamaño de un dedo meñique... Luego, me cogió del cogote y me metió en su cajita.
Cuando la cerró, vi que había un montón de personas que, al igual que yo, estaban esperando a que el pesado cuentista, terminase de escribir este cuento tan ficticio...
Paris, 05/11/04