No podía dormir durante continuas noches. Me levanté preocupado y recordé la voz de mi padre diciéndome que una buena lectura es una gran almohada en donde hallar reposo.
Alcé mis dos manos en la oscuridad, y estirándome como un perro me dispuse a ir hacia la biblioteca. Mientras caminaba por los pasillos de la casa no prendí la luz, me gustaba el embrujo de la oscuridad de la noche que parecía ubicarme en un largo y relajante sueño.
Cuando llegué al salón de los libros, encendí la luz y cogí el primero que estuviese a la mano. Me senté el viejo sillón de amplias orejas y me puse a leer... Creo recordar que trataba de una historia de una serpiente que se tragó unas monedas de oro haciendo que su cuerpo fuera luminoso, y se paseaba por toda la selva con gran vanidad. Era en verdad muy entretenido. De pronto, vino la luz del amanecer y un nuevo día llegó a mi rostro. Lamentablemente no pude dormir, pero, me refresqué con una buena lectura.
Fui hacia mi cuarto y me vestí. Cuando miraba a través de la ventana el nuevo día vi que aún no circulaba gente por las calles... De pronto, el sonido de una campana y las ruedas crujientes de una vieja carreta llamaron mi atención.
A la distancia pude ver a un viejo cachivachero que con su carreta y campana animaban las frías calles de la ciudad. Cuando estuvo frente a mi ventana me preguntó si tenía alguna cosa que no usase para vender. Me gustó su sucio y viejo rostro. Me pareció familiar. Por ello, sentí confianza. Le dije que tenía algunas cosas para él y que esperase un momento. Bajé al sótano, cogí el viejo baúl donde guardaba todas las cosas de mi pasado y con ayuda de una carretilla la llevé hasta dejarla en la puerta de la casa.
Cuando el anciano vio semejante baúl sonrió como nunca había visto a nadie. Para mi asombro, el viejo con tan solo sus dos brazos cargó el pesado baúl y lo puso en su carreta... Luego, sin dejar de sonreírme me dio unas monedas y un papel doblado en dos. Iba a abrirlo cuando el anciano, siempre con una sonrisa, me pidió que cuando el se alejara lo leyera. "Su pasado es muy pesado..." – Agregó. Se dio vuelta, cogió su carreta y sonando su campana, continuó su lenta marcha.
Le vi alejarse hasta desaparecer de mi vista y, con la carta que latía en mis manos, me di cuenta que aún la gente no salía de sus casas... Entré y nerviosamente me encaminé hacia la biblioteca. Me senté en el viejo sillón de amplias orejas y abrí la carta. De pronto, sentí un cansancio infinito y, para mi suerte, me quedé profundamente dormido...
El ruido de la gente, los carros de la calle y mis propios pensamientos me arrancaron de un delicioso sueño... Cuando abrí los ojos, tenía el viejo libro de una serpiente que se había tragado unas monedas luminosas...
JOE 26/06/04