Llegaste a mi casa tan pequeñito, que mas parecÃas una diminuta broma. Sonreà al interpretarte asà mientras acariciaba tu belleza, sin saber darme cuenta que en ese momento eras un bosquejo minúsculo de lo que finalmente lograste ser. Fui incapaz de visualizarlo entonces; pero sÃ, te apoderaste de la importancia de permanecer en casa con el sólo propósito de mostrarnos tus cambios, tus ocurrencias nuevas cada dÃa; lo sabio de aprender de ti a ser noble sin condición; y tantas otras virtudes tan tuyas.
Te estoy recordando con desconsuelo; y siento la necesidad de expresarme; no sé cómo; quizá... esputar lo que se me atora dentro y no me permite tener la claridad de saber qué sucede conmigo; no obstante lo sospecho. Es tan sofocante esta sensación. No quiero admitirlo, pero algo tengo que ver con tu partida, la que no tuvo vuelta posible. No te cuidé lo suficiente a pesar de que me diste amor, entretención y sobre todo compañÃa durante tu vida entera, la que apenas traspasó una década.
Llegué a sentir que te amaba tanto pero; no supe o quizás tuve pereza de apoyarte de veras cuando flaqueaste; ni siquiera soy digna de pedirte perdón, ya no sirve. Quiero consolarme pensando que estás mejor allá; pero la verdad es que no sé. A veces pienso, que muy al revés de lo que he presumido siempre, no supe amarte de verdad. Tuviste que partir para recién darme verdadera cuanta de que eras lo único que me habÃa sostenido tras desgastar mi vida en la crianza de mis vástagos, la incertidumbre de enfrentar el futuro, y el postergarme siempre en "pro de"...
Ese señor que te causaba inquietud cada vez que te llevaba a visitarlo, me habÃa advertido que ya estaba pronto ese momento; sin embargo no creà en ello. Aún, sabiendo él de mi renuencia a su juicio, me consoló lo mejor que pudo cuando tus ojos se cerraron sin vuelta mientras llorosa, te acunaba en mis brazos.
Siempre agradeceré ese gesto del veterinario.