Anoche, justamente cuando me disponÃa a abrir la puerta de casa, me vi salir, e intrigado decidà seguirme. ¿Adónde iba tan tarde?. Bajaba la escalera despacio y con cuidado de tropezarme conmigo mismo. Mis dos manos derechas resbalaban por la barandilla de madera con precisión, al ritmo de mis pies desnudos sobre el suelo y el chancleteo del tÃmido eco. Cuando llegué, o mejor dicho, llegamos al portal, nos paramos. Aguardé en el primer escalón para observar cómo introducÃa una llave pequeña en la cerradura del buzón, lo abrÃa, ojeaba la correspondencia acumulada quizá en muchos dÃas, y volvÃa a dejarla en la oscuridad metálica.
Dirigiéndome a la puerta del zaguán, giré la cabeza de un lado a otro y mientras, me ponÃa en cuclillas para sentarme con los pies cruzados como cuando de niño jugaba a los indios. Entonces, me acerqué, y sin esfuerzo alguno imité mis gestos.
Supuse que debÃa tener frÃo. HabÃa salido con el pijama a rayas y me pasé la mano por el hombro dándome un poco de cobijo. No podÃa quitarme ojo de encima. Miraba inquieto de un lado a otro de la calle. ¿Esperaba a alguien? No sé, pero también esperé.
Se acercó un perro negro moviendo incansable su cola jipienta y lamió el dorso de mi mano. Traté inútilmente disuadirme para que lo asustara. PodrÃa tener pulgas y quién sabe qué cosas más, pero mantuve la mano rozando los bigotes del chucho hasta que descubrió que bajo el coche, mi coche, dos luces diminutas nos miraban a los tres. Huyeron despavoridas calle arriba cuando el pulgoso ladró y corrió en el intento de darles caza Me sentà más tranquilo porque, en verdad, siempre habÃa tenido fobia de aquellos animales que llaman amigos del hombre.
Sentà vergüenza por violar mi propia intimidad, pero debÃa protegerme. ¿Y si algo me pasaba sin que nadie pudiera auxiliarme?. Por eso seguà allÃ, haciéndome compañÃa, espiando a una cucaracha que caminaba con marcialidad por el bordillo de la acera. Me frotaba las manos... y las miraba, y giraba nuevamente la cabeza de un lado a otro.
Pasaron un par de horas. Quizá tres. Una sombra dobló la última esquina y se acercaba despacio. Cabizbajo, un hombre traÃa sus manos escondidas en los bolsillos del pantalón y el cuello con la solapa de la chaqueta. Se detuvo delante, a tan solo unos pasos, sacó unas llaves, me miró... y ¡descubrà que era yo, que regresaba a casa oliendo a coñac barato!.
Una tras otra, agarrando con fuerza la barandilla, mis tres manos izquierdas me ayudaban a subir la escalera y, precisamente en el momento de abrir la puerta de casa, nos vimos salir, e intrigados, decidimos seguirme.
me pareca un cuento confuso , me parece malo , creo que el cuento no tiene cuerpo ere smalo para estas cosas dedicate a otros pasatiempos