HabÃa tanta mugre en mi ropa que decidà botarla todo a la basura. Miré lo que tenÃa de ropa y era muy poco, tan poco que me dio vergüenza salir con eso a la calle. El teléfono sonó. Era la llamada de una mujer desconocida, me dijo que era mi vecina y que diariamente me observaba a través de su ventana. Le pedà su nombre. No quiso dármelo. Le di el mÃo. Es muy bonito, me dijo, ¿deseas salir un rato a caminar? Le dije que no tenÃa ropa adecuada para salir a la calle. Si gustas, ¿por qué no te vienes a mi cuarto y conversamos y asà nos conocemos un poco mas? Calló. ¿Alo? ¿Aún estás allÃ?, pregunté. Sentà su respiración y luego me dijo que fuera al suyo, que ella tenÃa ropa como para mÃ. Ok, le dije. Me puse una sabana y salà de mi cuarto. Felizmente no habÃa nadie en todo el corredor. Bajé todas las escaleras del edificio en que moraba y llegué a la calle. Vi a un mendigo, unos negros, un grupito musical y varios autos que rodaban por la avenida. Crucé la pista y entré en el edificio en donde presumà que vivÃa la chica que me miraba a través de su ventana. Ya estaba llegando (eso creÃ) cuando me pregunté si todo no serÃa una farsa, una broma, me detuve. Miré cuantos escalones faltaban para llegar, pero no sabÃa el piso en que la chica vivÃa, peor aún, no sabÃa si era el edificio correcto. Conté los escalones. Eran cinco escalones para saber la posible verdad. De pronto escuché que alguien abrÃa una puerta. Es ella, pensé. Me escondà bajo las escaleras para verla. No lo conseguÃ, tan solo veÃa una sombra y era enorme, como un fantasma. ¿Eres tu?, escuché la voz de una mujer. Anda, no seas tÃmido y sube, sube que falta poquito para que llegues. Me escondà aún mas y decidà no salir jamás, como una tortuga, un caracol. ¿Vas a salir o no?, preguntó. No respondà y continué esperando. Ella también esperó. Pasaron muchos minutos. La chica empezó a fumar, escuché el cerillo cayendo al piso. Vi el humo mezclándose con su enorme sombra, temblaba por la incertidumbre cuando me cuestioné: ¿qué hacÃa escondido como un caracol?. El sonido de la puerta cerrándose me sacó de mis cavilaciones. Pude salir y empecé a bajar de aquel edificio. Crucé la avenida y aún estaba el mendigo, los negros, los músicos, y aún los autos circulaban por la avenida en medio de una noche llena de luces de neón. Llegué a mi edificio y subà los escalones, los corredores, por suerte nadie me vio. Entré en mi cuarto y sentà que todo habÃa sido una alucinación, un sueño. Nuevamente sonó el teléfono. Lo alce. Era ella, no hablé, querÃa escucharle su voz, pero ella tampoco habló. Pasaron muchos minutos hasta sentirme el ser más estúpido del mundo, y en ese mismo instante, colgó quien llamó. Me senté sobre mi cama y miré la ventana. Las luces de mi cuarto aun estaban apagadas. Me arrastré hasta llegar a la ventana. Me fijé si habÃa alguna ventana en el edificio de enfrente prendida, pero no, no habÃa ni una. Encendà las luces y continué buscando algo con que vestirme, pero no encontré nada decente. Miré mi cama y me acosté, era lo único que me quedaba, lo único... Con suerte dormÃ, y cuando estaba casi en un cielo sin concreto ni autos ni gente extraña, el teléfono sonó y desperté... Me levanté, cogà el teléfono y lo aventé por la ventana. Lo vi caer al piso haciéndose trizas, luego, miré si habÃa alguna luz encendida en el edificio de enfrente, pero no, no habÃa ni una sola luz, ni una, nada, pero sentà que alguien subÃa los escalones de mi cuarto hasta llegar a mi puerta... Escuché una respiración. No me movÃ, temblaba. Pasaron varios minutos y siguieron pasando hasta que escuché que alguien bajaba los escalones de mi edificio. Cerré los ojos y dormà en paz...
San isidro, octubre de 2006