Cómo me hubiera gustado gritar en aquellos momentos, pero el inmenso terror que sentÃa se habÃa llevado mi voz, un terror que vomitaba en mi mente imágenes de lo que podÃa ocurrirle a aquel chiquillo si los salvajes lo atrapaban.
Asà que sólo corrÃ, galopé por aquel yermo de polvorienta tierra hacia la fantasmal sombra de las colinas de cristal y acero, con un ojo puesto en el pequeño y otro en la bandada de hombres y mujeres que se acercaban aún confusos de lo que estaba pasando.
El pecho me temblaba de emoción, y las piernas apenas me respondÃan, pero no paré de correr, y al final, después de unos instantes que me resultaron eternos, lo alcancé. TenÃa el cuerpo helado y tembloroso, pero ya no lloraba, por lo menos.
Lo cogà en brazos y eché a correr hacia la carretera, creyendo que en cualquier momento los salvajes empezarÃan a correr detrás nuestro.
Pero parecÃa que aún no habÃan reaccionado. Llegué al asfalfo y sin mirar atrás seguà corriendo, como si fuera un atleta que se jugaba una medalla olÃmpica. Al cabo de un rato me detuve, pues ya no oÃa nada.
Extrañado, me di la vuelta, y para mi asombro descubrà que ya no estaban. Se habÃan esfumado por completo. Aquello si que era raro, esa gente contaminada por no se qué bacteriológico que se habÃa mezclado accidentalmente con el agua del pueblo no dejarÃa que nadie sano escapara de esa manera, asà tan de repente...
Iba a volverme hacia la lejana gasolinera cuando el corazón me dio un vuelco,...¡estaban en las lomas, junto a la cuneta!.
No recuerdo que me pasó por la cabeza en aquel momento, sólo sé que en ningún momento desde que la infección se propagó habÃa estado tan cerca de los salvajes, pero sin dejar pasar un segundo me adentré en el oscuro bosque que habÃa detrás mÃo.
Todo a mi alrededor eran sombras que parecÃan respirar y moverse, y rumores extraños que el viento acarreaba de un lado a otro, pero ya todo me daba igual, tan sólo querÃa llegar a las cuevas indias para escondernos hasta que llegase el dÃa.
Pero mis deseos se truncaron repentinamente, no por los salvajes, que cada vez quedaban más atrás, sino por un traicionero terraplén que me derribó de un sólo golpe. Luego sólo sentà dolor, y me quedé inconsciente.