A través del parabrisas sólo veÃa oscuridad, una negrura que lo invadÃa todo, maldita sea, y no se oÃa nada, como si estuviera en medio de la nada, y no en aquella carretera comarcal, al lado de la vieja gasolinera.
Empecé a buscar una linterna con la que luchar contra aquel vacÃo, primero en la guantera, tan llena de viejos papeles y trastos inútiles, luego entre los asientos, pero no habÃa tal, tendrÃa que atravesar la carretera a tientas.
Abrà la puerta y apoyé los pies en el asfalto. Estaba frÃo, tanto que podÃa sentirlo a través de mis mocasines, y habÃa un olor extraño en el aire, un olor a muerte.
Bajé del todo y cerrando la portezuela a mis espaldas eché a andar hacia la gasolinera.
Mientras me acercaba, observé el ruinoso edificio que se alzaba siniestro tras los surtidores. Una sensación de que algo podÃa estar a punto de suceder me invadió por completo. Pero estaba seguro de que allà no habÃa nadie más, o al menos eso querÃa creer.
Cuando alcancé los surtidores, comprobé si funcionaban, si podrÃa llenar el depósito para sacar de una vez mi culo de aquel horror que se habÃa desatado.
Uno estaba estropeado, pero por suerte el otro no. Quise ir a por el coche, pero en ese momento mi estómago me recordó que no habÃa comido nada desde poco antes de que ocurriera. Asà que rompà el cristal de la tienda y entré.
De repente escuché algo. Era en la misma tienda, al otro lado de una puerta blanca que habÃa cerca del mostrador. Temeroso de que pudiera ser uno de ellos, cogà unas tijeras de un estante y avancé cauteloso hacia el ruido.
En mi mente aparecieron escenas del pueblo, cuando todo aquello empezó, cuando se apoderaron de mi hermana, o cuando atacaron la escuela..., y al ritmo de esas imágenes, mi corazón latÃa y latÃa cada vez más rápido.
Finalmente llegué a la puerta y escuché durante un momento. El ruido que venÃa de detrás era un llanto, allà habÃa alguien indefenso.
¿O era una trampa?...
Precavido, abrà la puerta despacio y después eché un vistazo dentro. Como el exterior, estaba oscuro, asà que busqué un interruptor y lo accioné. Al momento un par de lámparas fluorescentes iluminaron la estancia. Entonces vi al que lloraba; era un niño de unos seis años, y estaba acurrucado en un rincón.
Me acerqué a él y le pregunté que qué le habÃa pasado, mientras lo levantaba para verle mejor.
Entre lágrimas, me dijo que sus padres lo habÃan llevado allÃ, a donde los salvajes no querrÃan ir, para que estuviese a salvo hasta que la Guardia Nacional o el Ejército llegase al pueblo.
Me preguntó si habÃa visto a sus padres, pues les estaba esperando. Le dije que no, que se olvidara de ellos, sus padres ya no eran sus padres. Le agarré de la mano y mientras intentaba consolarlo cogà una linterna y algunas cosas para comer y salimos fuera.
De nuevo volvÃa a sentir el frÃo suelo, y a oler aquel infecto olor que lo inundaba todo, casi hasta el silencio.
Dejé al muchacho junto al escaparate y fui hacia el coche. Una vez dentro lo puse en marcha y con las luces puestas enfilé la estación de servicio. Pero unos instantes después me detuve en seco; ya no estaba.
Salà del vehÃculo y tras poner pilas a la linterna eché a correr hacia la tienda, creyendo que se habÃa vuelto a esconder. Pero me equivocaba. Y si no estaba allÃ,...¡el pueblo!, ¡seguramente habÃa ido a buscar a sus padres!.
Lleno de pánico, seguà la carretera con la esperanza de alcanzarlo antes de que los salvajes notaran que andábamos cerca. Corrà y corrà como jamás lo habÃa hecho, pero no daba con él. Al final, resoplando de cansancio, descubrà que estaba junto al desguace de coches, muy cerca del pueblo. Y los salvajes lo habÃan visto.
Continuará...