Como empecé a creer en Dios
A veces son eventos fortuitos los que nos conducen por determinados caminos o senderos, y muchos de ellos, nos llevan finalmente a una meta no anticipada o planeada con anterioridad. Debo confesar con honestidad que no soy aún un ferviente creyente de Dios; sin embargo, una pequeña flama se enciende en mi ser y comienzo a experimentar una sensación de bienestar con el intento de empezar a creer en Él.
A pesar que desde que era niño, mis padres, o cuando menos dos seres muy allegados a mí, mi madre y abuela, me inculcaban pacientemente y amorosamente que había un ser bondadoso, magnánimo; pero a la vez, castigador si no se le obedecía, y que por todos era conocido como DIOS; aún así, mis creencias fueron precarias. Mas, en base a esos conceptos, aunado al temor, fui creciendo y creyendo en Él, primero por miedo, después por conveniencia y finalmente, desde hace poco, muy poco tiempo, por convicción.
Pero no crean que todo fue fácil y rápido. No, desde luego que no. Mis primeros “contactos” con Él, se dieron cuando ocupaba de sus servicios.
Si tenía una bronca “gruesa”: “...Señor, ayúdame y te juro que cambiaré...”. Mas, esas promesas “sinceras” desaparecían una vez que se arreglaba mi asunto o problema. Cuando tenía un enfermo en cama, una “cruda espantosa” después de una larga noche de farra, un posible despido por irresponsable; cualquier cosa que ameritara suplicarle su ayuda, era determinante acudir a una iglesia y pedirle...creo que no es la palabra adecuada, más bien, iba a exigirle...y como muchas veces, la mayoría de ellas, no se me cumplían mis “deseos”, pues era obvio que despotricaba y dudaba de su inmenso poder.
Eso sucedía, porque no era sincero y humilde al solicitarle un favor. Porque hoy, me consta, cuando uno pide con fe y humildad, Él inmediatamente contesta a los ruegos.
Y que curioso que haya vivido durante tantos años en la completa desolación. Sin una creencia real, sólo aparente. Mi “inteligencia” y soberbia eran un alcázar inexpugnables para permitir la entrada de un Poder Superior a mí mismo.
Pero, desde hace poco tiempo, tal y como manifiesto líneas antes, empecé a experimentar un cambio radical. Les platicaré mi experiencia y ustedes juzguen la naturaleza de la misma.
Resulta que en una de mis visitas a un centro penitenciario de aquí de la localidad (Guaymas), una persona –interno-, muy amiga mía estaba platicando cómo es que se presentan los designios de Dios.
En ese relato, él contaba que había hecho una promesa a Dios de ir a visitar a otros internos que estaban castigados; y por olvido, omisión o simplemente por flojera, finalmente no acudió a cumplir su promesa. Pues ocurrió que un accidente –llamémoslo así, ya que mojó al comandante de guardias y le fue impuesto un correctivo-, fue lo que finalmente lo llevó a las celdas de castigo, pero ahora, no fue por propia voluntad, sino que fue a fuerza. Mi amigo, interpretó eso como un deseo finalmente del Creador, porque al incumplir su promesa de llevar el mensaje a otros seres, la voluntad de Dios, a través de ese “accidente” lo condujo a ese lugar ahora sí, por obligación.
Es difícil para mí contarles el incidente como en su momento lo sentí; lo único que puedo decirles, es que me invadió una profunda reflexión y a mi vez pensé que cómo era posible que una persona de sus “características”, es decir, de dudosa reputación (ese concepto desde hace mucho tiempo cambió) pudiera influirme una fe que muy lejos o antes de escucharle, soñaba tan siquiera sentir.
Pienso que ahí, en ese momento, se manifestó un Poder Superior, como yo lo entiendo: bondadoso, magnánimo, pero no castigador. Sin rostro, sin materia, sólo espíritu; quien al fin de cuentas depositó en este émulo de ateo, una gota de fe, que espero perdure hasta que Él me necesite. Así es como empecé a creer en Dios...