Se habrán fijado que el colectivo que esperas en la parada, se detiene una cuadra antes por el semáforo en rojo. No fue excepción ayer. Estuve esperándolo en el cruce de 9 de Julio y Mendoza. Era aniversario de la muerte de mi abuela, asà que decidà visitarla. No iba desde su funeral, y ya habÃan pasado más de 5 años.
El colectivo amarillo tenÃa su cartel en blanco y azul de CEMENTERIO en su frente.
No éramos muchos hasta el momento. No más de diez pasajeros.
Me senté delante de la niña que viajaba sola, no aparentaba más de trece años. Trenzas a sus costados y pequeños aritos en sus orejas. TenÃa la mirada perdida a través de la ventana, supuse que no se habrÃa dado cuenta siquiera que su bolso llegaba al suelo pegajoso del ómnibus.
Un trayecto de casi una hora deteniéndose el coche muy seguido, a pesar que no veÃa subir demasiadas personas… y de reojo pude notar que éramos siempre los mismos los que permanecÃamos sentados.
Bajé a unos metros de la entrada principal del cementerio. Conmigo entró una pareja extraña de personas mayores. El hombre, si bien aparentaba en su rostro tener unos casi setenta años, mantenÃa corpulencia y altura. Por un instante creà que me dijeron algo al pasar por mi lado, pero supuse que lo habrÃa imaginado. Aunque la señora a los pocos pasos giró su cabeza por sobre su hombro y me miró de un modo muy peculiar. No era mi abuela muerta. No. Sin embargo de haber sido asà no lo contarÃa, o mentirÃa, porque no serÃa original, y ya sabrÃan el final mucho antes de que pueda terminar de contarles.
Ellos se detuvieron unas parcelas antes a la que yo me dirigÃa. Me incliné y me dibujé una cruz en el pecho. Cerré los ojos por un momento. Cerré los ojos y vi a mi abuela sentada a mi lado, tejiéndome un pulover, y contándome sobre su paseo por el centro de la ciudad, preguntándome a su vez cómo habÃa rendido aquel examen en el que tanto habÃa puesto empeño. Vi a mi abuela. La vi dándome un beso, ofreciéndome un café. Tocándome las manos frÃas de la calle…
… de repente un olor nauseabundo me liberó del recuerdo y abrà los ojos… vi unas sombras a mi lado y me puse de pie de inmediato. Eran ellos, la pareja extraña que entró conmigo al cementerio. Me miraron sonriendo…
Creo que sentà miedo, y junto a él un ligero escalofrÃos.
El hombre robusto atinó en su intento golpeándome con su puño en la nariz. El dolor fue espantoso, y gracias a Dios no sucedió más nada, porque lo que fuera que podrÃa haber sucedido serÃa repetitivo como algún cuento o pelÃcula de terror y suspenso.
Ahà nomás volvà a abrir mis ojos, y el colectivo comenzó su marcha con el verde del semáforo a una cuadra de donde lo esperaba. Claro que supe que habÃa sido mi imaginación y no una premonición. Pero al pasar a mi lado, no hice ninguna seña y dejé que siga su curso. Crucé la calle y regresé a mi casa. La visita al Cementerio puede esperar.