Una niña paseaba por el campo. El cielo azul hacía juego con su cinta de pelo roja, y sus mejillas sonrosadas como amapolas. La niña abrió la mano y de ella voló una mariposa. La mariposa creció sobre su cabeza y tomó forma de mujer.
- Te echaré de menos - dijo la niña - No siempre se tiene en casa un hada.
La mujer sonrió y de su cuerpo emanó una luz. El campo resplandeció y la niña se tuvo que tapar los ojos. Cuando los abrió de nuevo, una pluma dorada caía hacia el suelo. La niña la tomó y leyó una lína de símbolos impresa en ella.
- Pide lo que desees, y yo te lo daré.
La pequeña miró al suelo, "no quiero realmente nada, soy feliz". El hada leyó su pensamiento, volvió a sonreír con gesto maternal y extendió la mano hacia ella. De su palma desnuda surgió una caja de madera, pequeña y redonda, con un cerrojo de oro. La niña cogió la caja con sus manitas.
- Gracias, y buena suerte.
El hada le guiñó un ojo y desapareció como un reflejo en el agua. La pequeña se quedó allá, sin moverse, los ojos clavados en las nubecillas que cruzaban el cielo, y una lágrima en sus ojos de miel.