SeguÃa lloviendo y truenos y relámpagos no cesaban de turbar la placidez de aquel recoleto lugar de la montaña del Tibidabo. La pareja se vistió con rapidez, y Estanis, después de enrollar la esterilla y tirarla por la ventanilla, puso los asientos en la posición normal. El viaje, hasta la casa de Helena, fue rápido y sin ningún contratiempo. Ambos iban callados, cada uno embebido en sus pensamientos. Al parar el vehÃculo en la esquina de Mitre y VÃa Augusta, él escribió un número de teléfono en un recorte de papel y se lo entregó, mientras le decÃa:
--Cuando tengas un tiempo libre no te olvides de telefonearme, porque me gustará mucho volver a verte. ¿Te ha gustado, lo que hemos hecho? Yo me siento el hombre más feliz de la tierra.
--Bueno...-- Contestó Helena con voz amorfa y sin mirarle. Abriendo la portezuela, se despidió, diciendo: --Se ha hecho tarde. Tengo que irme enseguida. Adiós. ?Y corriendo, para no empaparse con la lluvia, se encaminó a su casa.
Aunque la despedida no estuvo acorde con los excesos amatorios que momentos antes los habÃa refocilado, Estanis no se dio por enterado, todavÃa bajo los efectos de aquel deleitoso acontecimiento que le permitió gozar de las primicias de una doncella. Recreándose mentalmente de los momentos álgidos que habÃa disfrutado, continuó su viaje, al tiempo que el vehÃculo se difuminaba tras la cortina de agua que todo lo envolvÃa.
Helena, entró como un vendaval en la estancia, donde su hermana Montse, sentada en cuclillas sobre una amplia butaca y con una bandeja sobre las rodillas, estaba cenando, al tiempo que veÃa un programa de televisión. Helena rezumaba alegrÃa por todos su poros, mezclada con una sensación de orgullo, que se manifestaba tan elocuente en su porte, que su hermana intrigada no pudo por menos de preguntarle:
--¿De donde vienes? Por lo que veo, has debido divertirte mucho. ¿Con quién has estado?
--Luego te lo cuento. Ahora voy a ducharme, porque lo necesito. ?Dándose cuenta del resbalón que habÃa cometido al expresar la necesidad de la ducha, para que su hermana no le preguntase que motivaba tal necesidad, aclaró: --Estoy toda mojada y asà me cambio. ?Y sin cruzar otras palabras, fue directamente al cuarto de baño.
Montse, que conocÃa a su hermana a la perfección, intuÃa que algo muy gordo habÃa ocurrido aquella tarde. Intrigada al sumo, esperaba que su hermana se decidiese a contarle todo, pues, sabÃa perfectamente, que no le omitirÃa ningún detalle, por difÃcil o escabroso resultase recordarlo. En ésas llegaron sus padres. Y el acontecimiento fue pospuesto para cuando las dos hermanas quedaran solas en su habitación.
--¿No está Helena? ?Indagó la madre, sorprendida al no verla con su hermana.
--SÃ. Esta duchándose. ?Precisó Montse.
La familia Remigio Valdivieso seguÃan un régimen alimentario muy sui géneris. La madre preparaba el yantar para toda la familia. El matrimonio comÃa antes de ir al comercio, y dejaba el resto de viandas condimentadas para que al llegar las hijas sólo tuvieran que calentarlas en el microondas. La cena era muy frugal y cada uno se preparaba lo que más le apetecÃa. Sólo el marido acostumbraba hacerse algún frito. Las mujeres, por ese afán de no engordar, se limitan a comer fruta. En lo que todos coincidÃan era en beber un vaso de leche antes de acostarse.
Helena, cubierta con la bata de baño y una bandeja con frutas en las manos, apareció en la estancia donde toda la familia estaba reunida viendo la televisión, Con un breve saludo, para no interferir en la atención que estaban prestando a la pequeña pantalla, fue a sentarse en la butaca vecina a la de su hermana. Ésta, cuando la tuvo cerca, no pudo resistir la impaciencia, y casi en un susurro, acercándose lo más que pudo, le preguntó:
--¿Con quién has estado esta tarde?.?Pues, a ciencia cierta, sabÃa que el acontecimiento tenÃa que haber ocurrido con un galán.
--Con un millonario muy elegante. ?Respondió Helena con sonrisa aviesa, aire misterioso y voz apenas audible. -Cuando estemos solas ya te contaré. -Y siguió mondando la manzana y centrando su atención en el telefilm.
Como en tantos hogares del mundo, en los que impera el invento de la televisión, en la casa de don Remigio también se seguÃa la pauta de que, mientras la pequeña pantalla funcionara, no se toleraban conversaciones de ningún tipo que pudieran truncar los diálogos o noticias que emitÃa el aparato. La comunicación familiar se limitaba a monosÃlabos respondiendo a escuetas preguntas. ?¿Tienes clase??. ?SÃ?. ?¿Llegarás tarde??. ?No?. Y para de contar. Ya que una conversación más extensa, era causa de gran enfado para los que no intervenÃan en ella, porque perdÃan la trama argumental de la pelÃcula. De modo, que podÃa afirmarse sin temor a equivocarse, que en el hogar del señor Remigio la conversación de los padres con las hijas, no de ahora, sino desde siempre, se constreñÃa a simples monosÃlabos en los escasos momentos que se veÃan. DifÃcilmente coincidÃan en casa y, cuando esto ocurrÃa, la caja tonta absorbÃa la atención de todo el mundo impidiendo toda relación comunicativa en el seno de la familia.
Por encima de todo, dentro del nuevo estilo de vida que en la actualidad impera, lo lúdico es más importante y trascendental que cuanto pueda decirse en el ámbito familiar, se trate de la educación de los hijos, como del intercambio de pareceres, experiencias o criterios, o de marcar pautas y enseñanzas para el buen orden y disciplina que debe imperar en la familia. El asumir esas obligaciones, serÃa tanto como verse privado de las edificantes enseñanzas y sabios ejemplos que nos ofrece a todas horas el desintegrador invento de la televisión.
¿Acaso la ciencia, cada vez más propensa a suplantar al Dios creador, es capaz de modificar el régimen de vida que ha imperado desde Adán y Eva?: las criaturas nacerán de hembra y solo los humanos gozarán de inteligencia, siendo cada ser biunÃvoco.
Los santones, que pregonan que en los próximos años la cibernética sustituirá las capacidades del ser humano, dan por hecho la desintegración del núcleo familiar como base y esencia de la nueva sociedad, pues advierten que la preponderancia en la humanidad la ostentará el ser clonado. Salvo, claro está, que se comulgue con la teorÃa de la coyuntura, de William Stanley Jevons, en la que se sostiene que la vida económica, a la cual está supeditada la sociedad humana, se desenvuelve por ciclos, en la que caven tres periodos de siete años cada uno: abundancia, estabilidad y penuria. La Biblia ya trataba de esos ciclos de los siete años, relacionándolos con las vacas gordas y flacas. En cada ciclo, las costumbres se manifiestan distintas: desde el desenfreno más pernicioso: ascólias, orgÃas, orfismo y tantas otras formas de depauperación y vicio; como se busca la redención por el ascetismo, asumiendo las santas doctrinas que brindan los libros sagrados, tanto sean cristianos, como mahometanos, budistas, etc., o se cae en el insondable mundo de las sectas. ¿Estaremos entrando con el año dos mil en el ciclo en que el ser humano vuelva la vista a la Divinidad para redimirse? En América, las sectas religiosas proliferan. Personajes de la jet-set, de todos los paÃses, buscan entre los monjes budistas el leitmotiv que llene el vacÃo que impera en sus insulsas vidas. Las Misas católicas de los domingos vuelven a acoger gran número de fieles, entre los que resalta la juventud. Esperemos que el nuevo siglo depare a la humanidad un sentimiento más racional de la existencia, e impida el dejarse arrastrar por las más bajas pasiones, como ocurre en estos momentos, y que los padres vuelvan a asumir el rol que le corresponde, del cual dan tan edificante ejemplo los seres irracionales, que olÃmpicamente denominamos inferiores.
(Continuará)
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