~Respondías, siempre a una característica de tu condición perruna... una vez “Manco”, otras “Amarillo”... el color de tu pelaje o el daño de tu pobre pata atrofiada, eran tu nombre, nosotros, egoístamente así te apodábamos... Pero sin egoísmo te amábamos, vos te lo ganaste, es cierto, ¿te acuerdas cuántas veces desaparecías? Siempre confiábamos en tu inteligencia innata que te devolvía a casa... Imposible resistir tu encanto, confieso que hice lo que pude para que te fueras, para no aceptarte, pero me ganaste el corazón, con tu cara dura, tu falta de prejuicio, hacías uso una y otra vez de nuestra paciencia, cuando alguien se enojaba, dejabas caer las orejotas al suelo junto a la cola, los ojos pícaros se teñían de ternura, como pidiendo perdón... y ese alguien (casi siempre yo) ...que iba a retarte, terminaba el sermón con un cariñoso tirón de tu larga cola, (demasiado larga para tan poco perro) y en vez de regañarte por tus travesuras, se le alargaba las manos en caricias nuevas... ¿te acuerdas, cuando contento girabas, corriéndote la cola, o quizás una pata?, ¿o cuándo llegabas de la calle” con un trozo de pan duro entre los dientes…?”Robado, quién sabe a quién?
Era domingo cuando, enloquecido, siguiendo tu instinto macho, nos peleaste la puerta, por estar cerrada... Y al minúsculo descuido, desapareciste... esta vez para siempre... Pasaron un montón de años, no sé cuántos, pero aún hoy extraño, tu hocico húmedo en mis manos, la ágil respuesta a la invitación a acompañarme, la vagancia atorrante, conocedora de todos los atajos...
“Manco o Amarillo” como quieras llamarte, fuiste único en mi recuerdo, para vos no existe el olvido.