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Alma en unas palabras

La mujer leyó el papel que tenía ante sí, sabía, de algún modo, que esa lectura iba a condicionar algo importante en su vida, su disposición ante los demás, sabía que aquel papel que se le antojaba pequeño, descuidado, de letra casi indescifrable iba a suponer el comienzo de una actitud. Le temblaban las manos al empezar a leerlo, le temblaba el corazón pero sus ojos no pudieron evitar centrarse en la lectura, como si lo leido fuera a ser el resumen de toda una vida.

Al terminar de leer en silencio, su mente, más rápida que su corazón se antepuso en su mirada.
Varios ojos se clavaron en ella, no sabía cómo enfrentar tal circunstancia.
De su cabeza, de pronto, salió un consejo intuido: deja que sea él el que te indique lo que quiere escuchar realmente.

Y tras ese pensamiento de repente aquella mujer escuchó una voz:
- ¿verdad que son buenas noticias?, le dijo el hombre, sé que son buenas noticias, repitío en voz baja. ¿verdad que no hay nada para inquietarse?
La mujer le escuchaba, en silencio, con una gesto de infinito cariño que aguantaba por dentro de unas ansiosas lágrimas que no permitía asomar a su ojos.
Claro, acertó a decir tras unos segundos de vacilación, a partir de ahora todo va a ir bien, lo importante es que tú te encuentres con ese gran ánimo. Esa actitud que demuestras ante la vida es muy positiva, has debido de pasarlo muy mal, y has sido muy valiente y sufrido, ya verás como poco a poco te irás encontrando mejor, ya lo verás.
El, se le quedó mirando, de su rostro una extraña luz de afecto mezclado con una extensa esperanza pareció inundarle el semblante. Se levantó del sillón de aquella habitación y le dio un gran abrazo.
Luego volviéndose a los demás el hombre les dijo, ¿véis? ya se pasó el susto, ya estoy bien, ya no tenéis de qué preocuparos. Ahora sólo necesito coger fuerzas y todo volverá a ser como antes, todo volverá a ser como antes.
Mientras aquella mujer con gesto frío volvió a guardar en el sobre aquel papel, las personas que le escuchaban comenzaron a abrazarle, a darle ánimos y a esperanzarle, todo fue armonía, cariño, calidez de momentos.
Al despedirse dos apretados besos en su cara fueron la forma de rubricar tan agradable instante.

Cuando todos se hubieron ido, aquella mujer se despidió del hombre disculpándose por tener que atender unos asuntos y unas compras pues se le hacía tarde. En realidad tan solo necesitaba huir, alejarse, quería borrar de su pensamiento unas malditas palabras, esas palabras que habían quedado ahogadas en su garganta.

Pero ya a punto de marcharse, de repente el hombre retuvo con firmeza su mano: gracias, le dijo con un tono asentado y sereno, ¡gracias!, repitió con la voz encendida y completamente entregada.

¿Puedo hacerte una pregunta? le dijo entonces la mujer con la voz un poco quebrada. Dime, contestó él. ¿porqué me has elegido a mi para leer ese informe médico? ¿porqué sólo lo he leido yo? ¿porqué yo para contarlo?
Porque tú eres la única persona que al hablar. siempre piensa antes en los demás, dijo él con firme convencimiento. No quiero preocupar a nadie y sólo tú podías ayudarme a conseguirlo.

Mientras ella se guardaba con asombro tan cercanas palabras se despidió con un gran abrazo de él y cerró la puerta de aquella habitación sin poder evitar sentir cómo una lágrima, una sola lágrima, le nacía por dentro de las sienes y le estallaba de impotencia en los ojos.

Y ya lejos de allí, mientras conducía hacia su casa, se dio cuenta de que tenía mucho tiempo para pensar. y pensó y pensando, lo pensó todo y alcanzó con ello a comprender algo importante:

comprendió que la verdad es tan solo una circunstancia más de esta vida, que a veces no hay porqué forzar a nadie al entendimiento de una realidad que no necesita escuchar, porque realmente no le aporta nada ver cambiada su vida por escuchar una circunstancia y que es mejor silenciar la verdad si las personas que han de escucharla no están preparadas para asumirla.

Aunque en su vida aquella mujer alguna vez se había visto forzada a hacer tal cosa, a mentir a cambio de nada, era la primera vez que comprendía que esta vez, había hecho lo correcto. Porque nadie tiene derecho a arrebatarle a nadie su creencia en su propia ilusión, Nadie tiene derecho a romper con realidades su confianza, su positividad, su intento de seguir siendo, sabiendo que solo el tiempo es dueño de su verdad, solo el tiempo encajará las palabras adecuadas.

Aquella mujer entendió tanto que en realidad lo entendió todo. Y aunque fuera tarde, tal vez muy tarde, se sintió bien por haber callado y así, en soledad y por un noble motivo, soltó en llanto toda la verdad de unas palabras que nunca contará. Y lloró por haber entendido un insignificante y descuidado papel.

Aunque en el fondo de su corazón repleto de emocionadas lágrimas, desearía no haber tenido que entender nada.

Pero sabe que él confió en ella por su forma tan humana de leer y trasmitirle a los demás la única verdad que surge en el alma de unas palabras.

-
La verdad tiene su tiempo para ser escuchada, el resto no son mentiras, son pausas.
Datos del Cuento
  • Categoría: Educativos
  • Media: 5.17
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Comentarios


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1 comentarios. Página 1 de 1
Celedonio de la Higuera
invitado-Celedonio de la Higuera 10-01-2007 00:00:00

Querida amiga: Una vez más me has atrapado con tu excelente relato. Te felicito. Un abrazo.

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