Cuando veo a cualquier persona, lo primero que hago es asustarme y me pongo a la defensiva. Me muero de miedo cuando un extraño se acerca, siento que fuera a hacerme daño.
No siempre fue así. Todo comenzó cuando me solté de la mano del abuelo mientras paseabamos una noche por el circo...
Recuerdo que lloraba mucho, tanto que creí ver al cielo y a la gente llorando a mi alrededor, al menos es así como lo recuerdo... Esa noche deambulé por todos lados, y, ya cansado de pisar la oscuridad de las calles y sentir el duro frío de la soledad lleno de ojos y cuerpos apurados, perdidos, busqué un rincón para descansar.
Llegando a una esquina, ya lejos del circo, divisé una casa con las luces apagadas y un farol que iluminaba su exterior. Me acerqué y en su entrada había una banca, una ruma de papeles y un gato negro que con ojos luminosos me observaba cautelosamente.
Cuando estuve a unos pasos de la banca el gato se esfumó a través de la oscuridad de la calle. Me senté y luego me eché. Antes, cogí la ruma de periódicos y cubrí todo mi cuerpo que tiritaba de frío. Echado, clavé mis ojos en la pared negra de la noche, lloré en silencio y me dormí.
No recuerdo cuantas veces he abierto los ojos ni las veces en que he despertado, pero siempre es diferente... Todo cambia, continuamente... Una mañana eres un niño asustado; otra, un estudiante lleno de sueños de gloria; otro, un padre lleno de hijos y pasiones clavadas en el pecho; un trabajador medianamente eficiente; un anciano que ya no busca respuestas como un niño...
Y ahora, aquí estoy. Echado sobre un catre viejo, en un pequeño cuarto con poca luz, con las cucarachas paseándose por los platos sucios de comida, con los ronquidos de un perro que no recuerdo su nombre... Y afuera, en la calle, la gente que circula como hormigas con los rostros pintados por las emociones selladas por la civilización...
En fin, me encuentro en un lugar de continuos despertares, pero aún no encuentro la mano de mi abuelo en aquel lugar tan lindo y luminoso llamado circo...
JOE 23/06/04