- Nada - Me dijo el Cholo.
Y yo con la mirada le pedÃa que la esperara, que faltaba poco para que su mujer llegara; pero él, displicente y amargado, dio media vuelta a su pesado cuerpo y se largó sin despedirse de mi con su periódico bajo el brazo por las grises calles de la ciudad.
No pasaron ni veinte minutos cuando su mujer llegó al taller preguntando por él. Le conté que no hacÃa mucho que se habÃa marchado, y sin decir hacia donde.
- ¿No ha dejado nada para m� – me preguntó.
- Nada... - respondÃ.
Se dio media vuelta y salió… La seguà con la vista a través de la ventana y en la puerta de entrada al taller la esperaban cinco criaturas, mal vestidos todos, con los rostros marcados del desamparo, con los verduscos mocos que les chorreaban como si fueran velas derritiéndose... ParecÃan agotados, como venidos desde muy lejos y a pie. ParecÃan ser casi de la misma edad. Aunque aún niños parecÃan tener el alma de gente mayor, gente mal vivida, gastada. Después que miraron y escucharon a su madre, se marcharon como si no tuvieran norte… lento, como si cargaran una cruz, un muerto obligado... triste, hasta que el gris de las calles se los tragó, dejándome el sentimiento agrio de la injusticia.
Cerré el taller y no sabÃa si ir a mi casa o visitar a unos amigos ya sea para conversar, o para mirarles las caras... Decidà buscarlos. Raudo caminé hacia el Bar del barrio en donde siempre acostumbraban reunirse. Cuando llegué, los vi sentados en una mesa maloliente, iluminada con una brumosa luz amarilla. No habÃa casi nadie en este antiguo y sucio local. Estaba el dueño, un par de ayudantes, mis amigos y uno que otro borrachÃn que entraban y salÃan al ver que no habÃa nadie a quien gorrear... Detrás de una radio que botaba los boleros tristes de Felipe Pinglo, se escuchaba el sorbido de los vasos de licor y el exhalar e inhalar el humo de los cigarros.
- Hola… - me dijo uno de ellos - Siéntate, que acá está el Cholo, y parece que la maldita suerte está de su lado.
Ciertamente, allà estaba, y no sé por qué no le dije nada, pero lo vi diferente, como si fuera un poseso, era otro... Jugaban a las cartas y en la mesa habÃa una rumita de billetes arrugados, colillas de cigarros y el humo que parecÃa un fantasma que los acorralaba...Le pregunté al cholo cómo se sentÃa.
- Nada... – me respondió
Todos celebraron la respuesta con una escandalosa risa. Uno de ellos se acercó a mi oÃdo y me contó que el cholo le estaba arrancando todo el billete de su semana de trabajo. Me paré indignado, y asqueado al ver a esta mierda de cholo que, insensible, hacÃa de su vida un relleno de basura, y ya apestaba… Sin despedirme de nadie, me paré y me largué a mi casa.
Al dÃa siguiente esperé al cholo que llegara al taller, pero no llegó...
Y que iba a llegar si en el periódico que me llegó muy temprano salió su foto en las páginas de policiales. Si, allà estaba él, mutilado por un sin número de cuchilladas en la garganta, en el cuello, y con la cara aplastada como si fuera un plástico derretido de color rojo y carne. DecÃa en el periódico que fue una mujer quien lo asesinó, y que cuando le preguntaron el por qué lo habÃa hecho; élla respondió:
- Nada... nada, nada, nada...
Joe 27/12/03