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Yo he escogido mi camino. Voy a la razón. Tal vez me sea imposible, pero voy.
Partí con otros por el camino pedregoso, estrecho, empinado y seco, resta que resta pisadas hacia el fracaso.
Aún sigo yendo.
Antes compartiendo el cigarrillo era más corto y ameno. Ahora mi sombra y yo lo andamos solos. Yo voy fumando, ella no. Y de rato en rato nos damos algo de charla los dos.
Dice que me equivoco, que esta senda no se elige, que nos va a castigar Dios, y que mire en mi equipaje si cargué bien de pañuelos para secar el sudor. Eso va y me dice ella, tan flaca, ligerita y descansada. Mi sombra no lleva nada.
Voy a la razón como se va a la deriva sin gobierno ni fuerzas, como se va a un punto cardinal muerto de risa, al que siempre estás llegando pero no se acerca nunca.
Superando un cerro se presenta un llano y luego el desierto, la montaña, el monte, un mar, la playa, el valle, un cortado, una geografía toda que seguir andando.
Yendo a la razón mi sombra opina que en un peregrinar tan largo, debiera estar preparado para cuando venga el día en que se acabe el tabaco.
Y es que en el camino a la razón, si el caminante mira un momento sus pies, verá que que se va y se vuelve, se gana y pierde, se avanza y retrocede, como si cada pie fuese a un lugar distinto.
Ya que te empecinas, habrá que seguir, dice mi sombra sin entenderlo.