En la época de la Edad Media los gatos eran vistos como demonios y brujas disfrazadas en los cuerpos de los gatos. Éstos gatos mataban a la gente para que no los delataran. El alcalde de cierto pueblo en Inglaterra ya estaba harto de los gatos, de tanta muerte y de las brujas.
Una noche de luna llena él y gente de la corte se juntaron en una casa abandonada. Era fría y vieja. La madera del piso y del techo estaba podrida y se destruía a cada paso que dabas. La luz de la luna se filtraba en la madera del techo.
Alguna gente decía que, en ciertas noches los gatos se juntaban en esa casa para hablar con otras brujas y el mismo diablo. Algunas personas que entraban en esa casa jamás volvían a salir…
—Cree que debamos hablar aquí señor alcalde— dijo una jueza. Su apariencia era misteriosa. Llevaba puestos unos lentes de sol, no llevaba zapatos y su estatura era más pequeña que las demás mujeres de la corte— los gatos podrían venir en cualquier momento y…
—Calla. Es mejor no alzar la voz. Recuerda que esto es un secreto. ¿O quieres que los gatos vengan y te devoren como lo hicieron con tu familia?
La mujer no habló. Mientras discutían, no muy lejos, los gatos se acercaban muy cautelosamente a la casa. Eran gatos negros con ojos amarillos y brillaban cuando la luna brillaba con toda intensidad.
—Ésos gatos son muy listos, no se dejarían matar fácilmente, tal vez si les damos comida con veneno…
—¡No! Yo creo que es mejor…
—¿Qué? No me vayas ha decir que tu idea es mejor, siempre dices eso.
—Calla… no escuchan, parecen maullidos, están muy cerca de aquí. Salgamos. Tal vez no nos vean y podamos salir con vida.
Uno por uno salieron de la casa. Cuando salieron notaron que la casa era más fría y corría un viento más frío aún. Afuera de la casa hacía calor y soplaba una ligera brisa.
De pronto se escucharon ligeras pisadas. Pisadas que casi no se escuchaban. Esas pisadas provenían de todas direcciones: este norte…
Estaban rodeando a la gente.
El viento soplaba con más fuerza. Movía con fuerza las ramas de los árboles y éstas tapaban la luz de la luna. Los pasos dejaron de escucharse. El viento dejó de soplar y la luz de la luna dejó de esconderse detrás de las ramas de los árboles. La jueza gritó muy fuerte.
—¿Qué pasa, por qué gritas?— dijo el alcalde.
—Miles… de… ojos— dijo— nos están rodeando los gatos.
—Recuerda el plan… recuerda el plan.— dijo el alcalde. Todos sacaron piedras.
Grandes, filosas… eran para echárselas a los gatos. Antes de que hicieran algo, los gatos empezaron a maullar. Primero en murmullos, luego a gritos. Miles de maullidos inundaron el bosque.
El alcalde y toda la gente empezó a sangra. Todos menos la jueza. Se quitó los lentes que tenía puestos abrió los ojos y brillaban tan intensamente que la de los gatos. en medio de la inmensa oscuridad empezó a salirle pelo, colmillos, bigotes…
A la mañana siguiente…
—La jueza me lo advirtió, querida hermana— decía una mujer—, pero no le hice caso. Ahora no sé que le pasó a mi esposo.
—El alcalde está bien, al igual que… ¡Ah!— gritó la hermana. Adelante de ella había charcos de sangre y una pequeña carta— ¿Qué dice, Carmen?
Carmen recogió la hoja, la desdobló y leyó en voz alta.
Querida Carmen:
Tu esposo, el alcalde es un terco, al igual que tú. Yo te advertí que no fueran al Bosque de las Brujas ¡y no me hiciste caso! Nunca se lo dijiste a tu esposo. Tu esposo no pudo matarnos y, si estuviera vivo, se le haría imposible matarnos por que no sabe si somos brujas de verdad o gente inocente.
Tú ya no me volverás a ver, al igual que a toda la gente de la corte. Si una noche de luna escuchas unos maullidos (a decir verdad, ¡muchos, miles de maullidos!) sabrás que es tu fin. ¿Por qué hacemos esto? Eso es algo que yo sé y a ti te toca averiguar.
Atte:
La jueza.
P.D. perdona y mi letra, es que apenas aprendí a escribir y con las garras tan largas y los pocos dedos que tengo (¡tres! Los gatos tenemos tres dedos) es difícil escribir.
oye la historia tiene sentido y todo , pero la posdata esta demas , ya se entendia...