-!Martín, ¿es que no me oyes?. Ven aquí, hijo, que es la hora del estudio.
-Pero, papá, si me he sacado el curso con unas calificaciones buenísimas.
-Hijo, no me repliques. Ya te tengo dicho que ser el mejor no es suficiente.
El chico no tenía más de doce años. Se resignó y obedeció a su padre. Su cara mostraba el aspecto de un resignado perenne, como de anciano en pubertad. Desconocía su voluntad, pues la del señor don Marcos, de cuya simiente procedía, lo acaparaba todo. Por eso ni siquiera podía ser consciente de que a pesar de llevar más de una década respirando, había estado siempre muerto.
Esa era una maldición heredada. La práctica totalidad de sus antepasados habían ya nacido muertos, desde muchísimas generaciones, ocupando sin embargo sus cadáveres hasta edades avanzadas.
-Bien, te he preparado estos dos libros de química y quiero que los estudies. Coges los primeros capítulos y te los lees hoy. Mientras, te iré confeccionando unos ejercicios para luego.
Al chico se le enfermó un poco más la mirada, si esto era posible, por eso don Marcos que ya iba a marcharse, frenó en sus intenciones y le continuó aleccionando.
-No me pongas mala cara, que es por tu bien. Ya sabes lo importante que es la aplicación en el estudio. Debes aprovechar tu inteligencia para salir victorioso en la difícil lucha de la vida.
Mira, en el mundo hay gente desgraciada, que nace con escasas dotes y su destino es trabajar de un modo mecánico...
Martín sospechaba en esto un sinónimo de animal, mientras seguía escuchando.
...y hay gente con cerebro, con capacidad intelectual, cuyo fin es regir, curar, investigar, proyectar, activar en definitiva y hacer posible el progreso de la humanidad. Tú estás, como yo y mi padre y el padre de mi padre, entre éstos últimos.
Deberíamos agradecerle a Dios esta virtud con que nos regala y distingue, pero aun así no es fácil responder positivamente a tan altass espectativas. Se tiene que volcar la vida en ello con tesón , con perseverancia, sin racanearle esfuerzos.
Martín, cuando se fue su padre, hundió los codos en el pupitre, abrió el libro y comenzó su estudio: "El sodio, el potasio, el yodo, el cadmio, el mercurio, el zinc, el sulfuro, el sulfato, la leche..."
Era el mes de agosto, el más holgazán de todo el calendario. A Martín, la ventana que había a su izquierda, además de darle la luz correcta por el lado correcto, le obsequiaba con la vista de la calle. "Puta ventana".
Afuera se podían ver las pandillas de chavales, de los de pocas dotes, de los mecánicos, tirándoles piedras a los faroles y huyendo como centellas al hacer blanco.