¡Ay!, muerte, si supieras que te amamos, cuidamos y recordamos, que sabemos que tus pasos son tan tiernos como una noche frÃa, como una tarde que busca dormitar…
¡Ay!, muerte, si supieras que conozco tus secretos, que tu hermana sueño no deja de contarme; que no eres tan monstruosa, pues en un solo instante te haces parte mÃa... y de toda mi eternidad que oculto tras mi nombre verdadero…
¡Ay!, muerte, como agradecerte, entenderte y decirte que no te vayas lejos, que no somos dioses de arcilla, que nuestros pasos son las huellas que se borran en la escoria de tu hermana vida...
Dime hermana mÃa: ¿Serás el canto mas callado?, ¿Serás el más hermoso de mis sueños? ¿Serás la elegante fragancia de un cielo gris? ...
¡Ay!, ya sé que no me dejas ir muy lejos en la cuerda del tiempo, que mis hombros aun son fuertes bajo el yugo de tu aliento, que mis pies son los tuyos que me guÃan siempre firme hacia tu morada…
Pero, dime hermana mÃa: ¿Por qué te cubres bajo la más cruda máscara?, ¿Será que tus labios no desean herir los mÃos eternamente?...
Y si es asÃ, entonces…
¡Tú eres la flor más blanca de todo el paraÃso!...
Y tus espinas…
¡La caricia más soñada!
¡Ay!, tu nombre es muy pobre hermana mÃa, pues aun no encuentra una cálida mano amiga...
Surquillo, Enero del 2005.