Epocas lindas corrÃan en la estancia de aquel entonces. Las cosechas valÃan tanto como el ganado, y bien compensados se veÃan los esfuerzos al final del año.
Mi hermano y yo contábamos los dÃas que restaban para ir de vacaciones a nuestra tierra natal, y al tan anunciado casamiento de nuestra hermana mayor.
Silveira, el capatáz de campo, quedarÃa a cargo del establecimiento durante los dÃas que pensábamos ausentarnos. Éste era el prototipo de paisano uruguayo oriental, solitario, de poco diálogo y de salir al poblado solo a visitar a alguna dama de origen sospechozo. No tenÃa familia, ni tampoco se le conocÃa historia sentimental alguna. Se hacÃa respetar por los empleados y con el tiempo habÃa ganado nuestra confianza.
Era fin de año, y corrÃan los últimos dÃas de la siembra. Con Facundo hacÃamos esfuerzos dobles con tal de terminar antes y emprender el esperado viaje. También muchas expectativas tenÃamos en el promitente casamiento, puesto que sabÃamos que a él iban a concurrir muchas de las amigas de nuestras hermanas, y quizás podrÃamos llegar a conocer a alguna que nos mantenga ocupada la cabeza en los próximos largos dÃas de cosecha que tendrÃamos a nuestro regreso. Las expectativas daban letras a nuestras charlas en los atardeceres previos al viaje, en el inóspito paraje "dos arroyos".
Como querÃamos dejar la estancia en condiciones y prolija, damos la orden a Silveira de hacer limpiar el galpón y desechar todo objeto que dé mal aspecto a las instalaciones.
Ese dÃa mientras mi hermano leÃa unas publicaciones en el comedor de la casa, yo aprovechaba a regularizar papeles en el escritorio.
De repente, siento que Silveira se acerca a donde estaba Facundo y le pregunta..
- "¿Vió quién está en el galpón?"
- "Nó" contesta él con un tono enrarecido.
- "En el galpón está el Caburé" responde Silveira aseverando.
- "No sé nada" le vuelve a contestar Facundo como pidiéndole que le amplÃe su pregunta.
- "En el galpón hizo nido una lechuza Caburé" añadió Silveira.
A todo esto, yo desde la oficina no entendÃa bien la conversación que se sentÃa en tonos bajos.
- "Y, bueno Silveira, tendrÃa que sacar la lechuza del galpón antes que quiera poner sus huevos" replicó Facundo.
- "SÃ, pero le podrÃamos sacar sacar dos plumas, porque no sé si Ud. sabrá que las plumas del Caburé, son las plumas del amor"..
Bueno, se enloqueció Silveira, pensé desde mi oficina..
Facundo, intrigado por los comentarios del capatáz, se prendió en la curiosidad e inmediatamente salieron juntos rumbo a los galpones. Lo único que faltaba, que la solución mágica sea el arrancarle una pluma al pobre y desdichado Caburé..
Al rato aparecieron los dos con sus plumas. Lo habÃan agarrado al lechuzón, con guantes de cuero, y con la delicadeza con la que tratan a las vacas, le habÃan arrancado las dos mejores y más grandes plumas de la cola. ( ) ...
Los dÃas transcurrieron y en cuanto menos advertimos, ya estábamos en la ruta rumbo a las tan deseadas vacaciones.
Los reencuentros en nuestra provincia fueron, al igual que siempre, de interminables jornadas, con desahogos de nostalgias. La familia, los amigos y otros aditamentos inconscientemente hacÃan bulnerables cualquier fortaleza de persona.
No desaprovechamos ni un instante, y nuestras largas jornadas rurales se habÃan invertido por aquellos dÃas.
Finalmente llegó el casamiento, y la emoción de ver a nuestra hermana mayor vestida de blanco.
Pasó la fiesta, y me llegan los cuentos que Facundo habÃa conocido a una chica en el casamiento, y que estaba muy contento. Reiteradas veces salió con ella, hasta que llegó nuestra fecha de regreso. Él decidió prolongar por unos dÃas más su estadÃa; yo, sin excusas, indefectiblemente arranqué hacia nuestro domicilio real cinco dÃas pasado año nuevo.
Ya en actividad, añoraba su presencia.
Un buen dÃa recibà un llamado telefónico. Era Facundo, y me estaba anunciando su nueva relación de noviazgo. Me puse muy contento, pero a la vez no podÃa ocultar el impacto que me produjo la novedad. Inmediatamente me acordé del acoso al Caburé. Claro, era producto de la casualidad.
Pasaron dos semanas y Silveira, sin saber de las novedades de Facundo, me avisa que se habÃa arreglado con la cocinera del establecimiento, y que ahora pasarÃan a vivir juntos..
Nuevamente petrificado, y con la obligación de aceptar sus dichos, fuà testigo de las mudanzas entre los cuartos de Zulma y Silveira. Ya no era un echo casual; eran dos.
( ) ...
Al dÃa de hoy pasaron ya varios años, y mi hermano mayor se volvió a nuestra tierra natal. Quedé sólo, y a cargo de la explotación agropecuaria familiar.
A fin de éste año, fuà yo quien viajó de vacaciones a su casamiento..
Puedo asegurar que desde entonces encaro de otro modo a las creencias del campo, y hasta el dÃa de hoy no dejo de mirar los árboles de la estancia a la espera de encontrar algún nido del afamado animal.
The end.-