Salí temprano de casa. Mamá había viajado con papá, y la empleada estaba limpiando la casa que estaba tan sola como yo. Fui caminando hacia el parque para encontrarme con mis amigos. Cuando llegué no los encontré. Aun así decidí pasear por sus verdes campos en donde no había nada mas que el Sol, las flores, los árboles, los pájaros y un pequeño lago lleno de patos silvestres.
Me acerqué al lago y estaba tan tranquilo que pude verme reflejado. De pronto, vi que un viejo vagabundo se me acercaba por mi espalda. Asustado me paré y quise correr, pero mis piernas chocaron contra una piedra y rodé como una pelota por el verde pasto. Traté de levantarme y vi que ya el viejo estaba a mi lado. Me cogió de mis brazos y me levantó. Me llevó cargado hasta la falda de un árbol... no supe porqué sentí confianza en su cristalina mirada. Olía a pasto.
Le pregunté su nombre y él me preguntó el mío. “Me llamo Gigi” le dije. “Yo no tengo nombre, pero, puedes llamarme como quieras” me dijo. Me sentí tan bien con ese señor que le dije que lo llamaría Gabriel. Parece que a él le gustó ese nombre. Luego de frotarme la pierna con un poco de barro mezclado con unas hojas, el dolor en mi pierna desapareció... Me ayudó a levantarme y juntos los dos comenzamos a pasear por el lindo parque... Era extraño ver que Gabriel hablaba con las aves, los árboles, el pasto y hasta con el Sol y el cielo; parecía que todos le conocían muy bien. Cuando el Sol comenzó a ponerse, le dije que tenía que irme a mi casa, pero que al día siguiente volvería. El asintió con una apacible sonrisa.
Apenas desperté fui corriendo al parque a encontrarme con Gabriel, pero solo encontré a todos mis amigos... Jugamos hasta el medio día, y luego, todos se fueron hacia sus casas, yo decidí quedarme. Recordé que la primera vez que encontré a Gabriel estaba mirando el reflejo del lago y fui hacia allí.
No bien llegué le vi que estaba al otro lado del lago. “¡Gabriel!”, le llamé. El volteó el rostro y me saludó. “¡Ven aquí!”, le dije. Entonces vi como Gabriel comenzó a cruzar el lago sin hundirse, igualito a la escena de Jesús caminado por las aguas. No supe qué hacer: si irme corriendo, o quedarme mudo y quieto. Decidí irme corriendo, pero cuando estaba alejándome del lago me dije que yo era un estúpido, y me di la vuelta, pero, cuando llegué al lado, no volví a verlo...
Pasaron muchos años, y ya no soy un niño, pero aún recuerdo a Gabriel. Siempre me pregunto si no fue mi imaginación, o un milagro. Cuando le cuento a mi esposa y a mis hijos esta historia, se burlan de mí. Por eso decidí no hablar de esto con nadie. Salvo ahora que estoy escribiéndolo, y no sé si ustedes me van a creer. Aún así no importa, porque para uno que siente que es un como un niño, que tiene algo que le hace creer y sentir en lo maravilloso... Estas historias son hermosas y lindas de revivir.
Me pueden creer que cada vez que tengo problemas siempre le llamo, y aunque no pueda resolverlo, siempre me siento escuchado y apoyado... Y siempre, a escondidas, hablo en voz alta y digo: “¡Gracias Gabriel!”
MON 9/8/4