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Categoría: Historias Pasadas

"El Panadero"

Ya jefe!…Empiece a embolzar las galletas; Qué?…No han venido los empacadores?; No sé jefe… Ese… no es mi trabajo. Tuvo que cerrar su libro. Le pidió al panadero que le alcanzara el fardo de bolsas de empaque; y se dispuso a laborar. Pasaban las horas, y mientras embolsaba … pensaba: Diez galletas por bolsa, una, dos,…y diez, ahora las meto en su bolsa impresa, la sello y listo; una más… Esto, ya lo he hecho hace años… Estaba concentrado en aquel libro… Pero esto, es parte de mi vida…Es mi trabajo…Mi negocio.
Sus manos no eran tan diestras como antes, los años se la llevaron… de pronto salió el panadero y le dijo: Jefe apúrese! Necesito más latas vacías!… La masa nos gana!; el panadero se metió al taller, y él se quedó pensando; detuvo un momento su labor, y le entró un sentimiento, …Como una brisa fría de nostalgia; Si…, se dijo a sí mismo; recontinuó su labor, pero aún seguía pensando; y comenzó a recordar… Los tiempos pasados. Las imágenes se presentaban como si fueran fantasmas amigos, con colores vivos, frescos, con alegría; le llegaban a su Yo, y él sonreía; y de pronto aquellas imágenes lo transportaron a una parte hermosa en su vida; hacia su pasado….
Si, allí estaba él, en medio de aquella bulliciosa masa de gente, en el nucleo de aquella épica faena. Si. Aún escuchaba el clamor de aquel gentío, que desde la aurora, y todos en fila india, esperaban con impaciencia, el objetivo de su asistencia…El bendito Pan…
Que miras muchacho! Quiero cinco toletes! Yo! Diez franceses! Por favor mis hijos ya se van a su Colegio! Joven ya está el pan?…; él y cinco muchachos mas, atendían como vendedores, detrás del Mostrador. El “Italiano” (quien era el dueño) estaba en la Caja; lugar en donde recibía el dinero de la masa; Cinco toletes…Cuatro franceses….Diez petipanes…Un cuarto de jamón; el italiano apretaba el botón de la máquina registradora, sonaba un “Ring” y la caja expedía un cajón, que salía como un tren por sus rieles, y al parar, lo hacía bruscamente, haciendo saltar las monedas que descansaban en ella; se guardaba el dinero, y cuando cerraba el cajon salía un papelito; como si la máquina sacara la lengua y escupiera papeles; era el “ticket” en donde figuraba la cantidad de dinero recibido, el vuelto, y la cantidad del producto. El siguiente….; seguía atendiendo el italiano. Y de allí pasaban al mostrador; todo aquel gentío con papelitos, con caras de angustiadas, apuradas; con los ojos abiertos, brillantes; y todos con un solo fín…El Pan; se sentía importante, como una estrella. La masa conocía su nombre, ellos esperaban, angustiados, querían ser primeros. Momento por favor …Ya está por salir… Paciencia!, con autoridad exclamaba a la masa.
Un grupo de vendedores, pasaron por detrás del mostrador, cruzando el umbral… Y entraron al taller. El calor de aquel ambiente indicaba que estaban en otro espacio; más vivo, más trascendente. Observaba el trajín de los operarios que con largos palos de madera, parecían atacar, como lanceros, al infernal calor del Horno; entregando la vida a su faena; Saquen las latas!; era la voz inconfundible del Maestro Panadero; El horno no ayuda… Nos gana la masa maestro!; Busquen la esquina…Y jalen de dos en dos…Rápido!; como esclavos acataban su voz, que salía del rincón mas oscuro del taller; sentado, atento…observando como un ermitaño desde su caverna. Metían totalmente las palas por la boca del horno; y como alquimistas, sacaban lentamente, y con total satisfacción… El artístico trabajo del Horno…El Pan bendito. Mientras sacaban las latas, una estela de vapor, como el manto de un rey, caía con gracia al ambiente, flotando como nubes, y como serpientes profanaban sus narices, calmando sus ansiedades y temores. Luego, arrojaban los panes en canastones, y los sacaban afuera, echándolos en cajas de madera, ante la vista asombrada y silenciosa de todo el gentío, que esperaba inmóvil tras el mostrador. La masa poco a poco despertaba, y como un dragon de mil cabezas empezaba a clamar:Yo llegué primero!, Atiéndame joven!; Aquí mis panes!;Tome mi papel! Hagan su cola!. Era un espectaculo verlos; peleándose, empujándose, jadeándose, y solo encontraban sosiego al recibir sus bolsas repletas de pan; luego salían con caras satisfechas en dirección a sus casas. Todo aquel ajetreo de papelitos y bolsas de pan, duraba cerca de dos horas; después quedaba un gran silencio…interrumpida solo por el barrer, y las tibias conversaciones de los empleados, que poco a poco se despedían del dueño…Hasta el siguiente horario.
Mucha gente esperaba el pan desde antes que abrieran las puertas, haciendo colas desde el alba; se veía mujeres con polleras y canastas, sentadas en el suelo, conversando…esperando; los viejos vendedores con sus triciclos de reparto, los ancianos que sin muchas responsabilidades esperaban tomando un café caliente. Una vez que abrían las puertas del local, entraban todos como un tropel impaciente. Estaban “los mañosos”, que antes de hacer su cola, esperaban que alguna buena moza llegara; se colocaban detrás…y se apegaban suavemente, tratando de sentir el cuerpo caliente de la mujer; había veces en que tenían suerte, la mujer aceptaba la alusión, y salían parloteando, cada uno con su bolsa de pan; en otras, sucedía lo impensado…la mujer gritaba, y lo golpeaba a carterazos; “el mañoso” fugaba como un perro, con la cola entre las piernas. Luego estaban “los judíos”, que con una sonrisa aguda y filosa, incitaban a los vendedores: Olas querridus…no has sobradus algos por ahí, tengu perritus… Pobricitus…Hambre; Dame un pan mas…Si?; Te doy propinas, dames…Si?; algunos le hacían caso, pero otros lo acusaban al italiano. Toda vez que el dueño se acercaba, “el judío” lo saludaba con sumisión, y le sonreía, mostrando sus dientes de oro…Mientras el dueño lo miraba secamente; esperando que su partida. También llegaban “los locos” o “los drogadictos”, que entraban siempre que el dueño no estaba; Hola familia pe…Unos pastelitos pe, no he comido pe…Lo que sobre pe…Su volunta naa maa pe…; les daban las sobras, agradecían, y se iban al instante, dejando un pestilente humor, de muchos días, sin haber tocado agua y jabón; el italiano sabía de estos, y decía que es mejor darle las sobras, que botarlo a la basura; También venían “las sangronas”, que con gran coquetería, ganaban el cariño del vendedor mas crédulo; despachándola con gran voluntad, y casi siempre con alguna cortesía. El italiano, al enterarse que la sangrona estaba chupándole la panaderia por medio de un vendedor enamorado; llamó a otro de ellos, y le entregó una carta cerrada para el muchacho; dentro de ella había una nota, firmada con el nombre de la sangrona; le encargaba una torta para el fin de semana, por el día de su cumpleaños, y, estaba cordialmente invitado. Aquel día lo vieron vestido con su mejor traje; pidió permiso al dueño, y compró la mejor de las tortas; cuando salía con la torta; observaron que el italiano sonreía con malicia. Después de unas horas vieron que el muchacho regresaba con pedazos del torta por toda la cabeza, y con sus ropas maltratadas, con trozos de barro; todos preguntaron sorprendidos: Qué había pasado?; les contó que fué contento con su obsequio a la casa de la chica, tocó la puerta, y salió un hombre grandote; le dijo sonriente que traía una torta de regalo por el cumpleaños de la muchacha; al escucharlo, el hombre se hiso mas gigante, y puso una cara muy extraña; recibió la torta, y se la tiró por la cabeza; y después, le propinó una pateadura…Sin entender el porqué de aquella reacción, pregunto: Porqué me pega!; y el hombre le respondió: Porque soy el marido! Todos rieron por muchas semanas…Y en especial el italiano. La Sangrona no volvió aparecer por la panadería…; pero el vendedor enamorado siempre esperaba su llegada….
Cuando alguien faltaba al taller, el italiano como si fuera el amo de sus vidas, ordenaba: Tú!…Te quedas de amanecida!. Siempre le gustó aquellas oportunidades, pues se acercaba a lo mas íntimo de la panadería: El pan…Y sobre todo al Maestro. En el taller habían dos turnos; el primero empezaba a las seis de la mañana, y el segundo a las seis de la tarde; este último era el más pesado; pero había mas silencio para laborar; sobre todo, allí…Estaba el Maestro. A las cinco y media de la tarde, los operarios esperaban cambiados su llegada; mientras tanto se jugaban de manos, empujándose; conversaban de amoríos; probaban sus fortalezas, tratanddo de pasar el momento; cuando el maestro llegaba; todos se paraban como soldados alrededor de la mesa de trabajo, y en silencio esperaban casi sin respirar, todos con la vista a la entrada del taller…Buenas tardes maestro..; repetían uno a uno los operarios; Muchachos…Buenas!. Veían que siempre llegaba con su sombrero marrón y su traje azul, y un bolsón de ropa de faena; se sentaba en un rincón sobre una banca, y mudaba de ropa; se ponía un pantalón de yute (hecha de sacos de harina), una gastada camiseta blanca de algodón, unos tiesos y rotozos zapatos negros, y una bolsa de plástico sobre su cabeza. Salía y lo miraban…Suficiente…Calmo, y Humildemente valioso; no miraba a nadie, caminaba dando vueltas y luego cerca a ellos paraba, la luz de un foco mostraba claramente a un hombre de sesenta años, con escasos cabellos negros, y lacios; su cara ovalada, grave, mostraba madurez; un cuerpo gastado, fuerte, sobresalía una prominente barriga; su piel lampiña, amarilla y porosa, hacía verse como el último dinosaurio; el movimiento seguro de sus pasos, mostraba vigor…y salud; era provinciano, su hablar… la de un hombre de gran dicción, con una voz honda y acústica; sus ojos saltones, negros, intensos y brillantes, mostraban gran conocimiento de la naturaleza humana; Harina!; todos obedientes iban al depósito; cargaban los sacos de harina y los tiraban al costado de la maquinaria…El viejo se acercaba, y tocaba la panza de cada saco, como un doctor; Está húmeda…Métanlo despacio…Echen agua fría!; prendían la máquina amasadora, y echaban suavemente saco por saco, echando al mismo tiempo: agua fría; ante el cuidado del maestro; Levadura!; poco a poco, colocaban los demás ingredientes a la amasadora; Media hora!… A velocidad lenta!; unos atendían el proceso de la máquina, y los otros empezaban a engrasar las latas…, todo en el tiempo pedido;el maestro se paraba, y siempre hablandole a la noche clamaba: Compuerta!…Antes que nos gane!; traían la compuerta, que era una mezcla de: harina con agua y sal, que había reposado ocho horas, y la echababan sobre la primera mezcla; Lento!…Diez minutos!… Y a la mesa!; al decir esto, el viejo se alejaba, buscaba el rincón mas oscuro del taller, y reposaba sobre una banca. Lo llamaba a él, y casi susurrando decía: Mi bo-te-lli-ta….; le daba un guiño de ojos, y sonreía; y él buscaba la botella (ron con coca cola) para el viejo; Engrasen las latas y prendan el Horno!…Todo en dos horas…Que la masa respire! Mientras engrasaban las latas, veían que el viejo comenzaba a tomar, al compas del canto (a capela) de un bolero, también gustaba recitar bellas poesias de amor; algunas veces lloraba de emoción, recordaba a su maestro; contaba que fue el mejor, y él, su alumno. Tenía mucha razón, el italiano era hijo del maestro del viejo…y la panadería tenía reputación de ser: una de las mejores; el pan que botaba era único. Muchos empresarios de diferentes panaderías, buscaban al viejo para contratarlo por un sueldo superior; nunca aceptaba, se sentía comodo..y respetado en la nuestra; No hay nada como estar en tu hogar…Cerca de las cosas que siempre has amado…; acostumbraba a decirles.
Si había en la noche, un acto que robaba su total atención, era el momento en que prendían el Horno. El soplete, era una pistola con forma de cañón, que se llenaba con kerosene; y con una vela de papel lo prendían, iluminando la tenue oscuridad del taller; animando las paredes de sombras caprichosas, provocando sentimientos fantasmales; el silencio, transformaba la combustión del soplete, en el gruñido de un dragón, mostrando sus lenguas de fuego… Poco a poco se abría la boca del horno, que dormía en total oscuridad; el fuego del soplete revelaba sus entrañas, cientos y cientos de ladrillos, en un area de veinte metros cuadrados, con la forma de un iglu; Solemne…Paciente, esperando su alimento, el calor, y después su faena; aquel momento le producía un sentimiento bendito…
A eso de las dos de la mañana el viejo se levantaba, y caminaba alrededor de los chicos; veía sus cuerpos brillantes, sudorosos, producto de aquel inmenso esfuerzo; lo hacía para que no caigan en el sueño, que ese, era el principal enemigo de los panaderos; tenían que estar atentos, sin pestañear; si lo hacían…quedaban esclavos de la modorra y el cansancio…; A cortar la masa…Mesa engrasada!; al instante sacaban los kilos y kilos de masa, colocándola sobre la mesa; mientras unos sacaban la masa, otros con una cuña la trozaban, las boleaban de kilo en kilo, y la apiñaban en la cortadora, y esta botaba treinta trocitos de masa; de allí, las colocaban en latas engrasadas; y las dejaban reposar en las repisas de madera, que estaban empotradas en las altas y viejas paredes del taller. El maestro miraba, y si veía que los chicos estaban concentrados, cogía tres pedazos de cartón, los colocaba debajo de la mesa de trabajo, y se echaba, aparentemente a domir; parecía mentira, pero aquel viejo, dormía como los gallos, con un ojo cerrado y el otro abierto; apenas uno de los chicos comenzaba a relajarse; Ya carajo!…Afuera esos muertos!…Después de que los trocitos de masa estaban en su punto, el viejo sin abrir los ojos ordenaba: Abrir el horno!… Y de dos en dos…Latas al horno!; todos iban como niños saltando con las palas de madera de seis metros de largo; metiendo y metiendo las latas con masitas adentro horno; que con la boca abierta esperaba sus cucharadas de masa, cocinándolas, transformandolas, en…El pan… Cuando el viejo veía que demoraban, cogía su pala, y de ocho en ocho, metía las latas, ante las caras asombradas de los operarios; Ya carajo!…Que me miran!…Sigan metiendo!...El horno tiene hambre…; era un maestro de verdad…no solo en su destreza, sino en la forma de motivar a sus muchachos…Con sus acciones enseñaba que las cosas en la vida, hay que hacerlas siempre bien…sinó, es preferible no hacer nada….
El viejo era todo un personaje; aparte de ser un gran panadero, gran poeta; era un gran mujeriego; cada fin de semana llegaban temprano sus mujeres, a pedir dinero por sus hijos; había veces en que lo buscaban sus propios hijos; jamás se escondía, si no tenía plata…es que en verdad, no tenía; pero a cambio, les daba mercadería: pan, jamón, queso, leche y…algunos pasteles que cogía, y que el dueño descontaba; les daba un beso en la frente, y los chicos se iban contentos. Si, era un verdadero padre, jamás le fallaba a sus hijos. Los domingos por la tarde lo esperaba una de sus mujeres, todos decían que era su preferida; daba gusto verlo, con su viejo traje azul, y su sombrero marrón; y …una mujer amante colgada de su brazo…Si, era todo un verdadero hombre…
Un día muy temprano, en el momento punta de venta; cuando despachaban las bolsas con pan a la masa; entró una mujer muy guapa, de rostro joven y grandes ojos negros, cubría su cabello con una pañueleta blanca; estaba bien despachada de carnes, y tapada con un shall negro de lino, y en sus brazos cargaba un bebé; todos se quedaron mirandola; el gentío la dejó avanzar hasta el mostrador; la masa murmuraba: Tiene Bebé…; la mujer miró a los vendedores, y preguntó: Está el maestro?; todos se sorprendieron, incluyendo la masa; entraron al taller y le contaron; el viejo salio al mostrador, y cuando la vió, la saludo con una sonrisa: Hola morena!…Que pasa?; Qué!… Qué pasa!… Aquí tienes lo que pasa!…Ten a tu hijo!; la mujer ante el estupor general, tiró al bebé en sus brazos; y sin decir adiós se fue, ante la vista y desconcierto de todo; se hiso silencio; todos lo miraban, y él con total soltura, solo miraba a la criatura, y dijo: Carajo…Es igualito a mi!; y entró al taller con su hijo, y lo metió en una caja de carton; pidió a uno de los chicos una botella limpia, un chupón, y leche caliente; luego siguió dirigiendo el taller, sin dejar de darle la leche a su criatura… Era en verdad, un verdadero padre…
Había veces en que el dueño, maltrataba a los empleados; el maestro sin decir nada, se cambiaba y se iba; cuando preguntaban a donde se iba; el viejo respondía: Ya me canse de ver al mismo burro!; pasaban los días, y buscaban otro maestro, pero el público sentía la diferencia del pan, por lo que siempre lo volvían a llamar; y él siempre regresaba…Como si nada hubiese pasado; una vez los muchachos le preguntaron el porqué lo hacía; No es bueno trabajar tanto…Hay veces en que no hay que hacer nada, mas que vagar… La gente es infeliz, porque solo sabe trabajar…No quiero ser esclavo del trabajo…Prefiero vagar…y vivir..
También era un gran bebedor, cuando no llegaba a su hora, el dueño lo mandaba a buscar; todos conocían su casa, …y sus casas; iban de casa en casa, y si no lo encontraban, iban al bar, y allí lo encontraban; borracho, cantando con un grupo de criollos; se despedía de los musicos, y salía rumbo al taller; nunca faltaba. Aunque borracho…Trabajaba mas alegre…Conversaba con todos, contaba sus anecdotas, sus mujeres, sus hijos, y cantaba sus poemas…; los muchachos sin dejar de trabajar…pedían sus consejos; y él se los daba, con la sabiduría que da la vida, a un hombre maduro, que acepta su vida, su destino, y todo lo que ella le brinda. Uno de los consejos que le dió, fue un vez en que sentía que ganaba poco, y le contó que deseaba abrir un negocio pequeño; ser dueño de su tiempo, trabajar para sí mismo; el viejo lo miró y le dijo: Has siempre las cosas bien…pero, no trates de ser un hombre de éxito, busca de ser un hombre de valor…
Un día gris tuvo un mal presentimiento, el viejo no llegaba al trabajo; como siempre lo fueron a buscar, y para desgracia general, no lo encontraron…La producción no podía parar; así que él, tomó la iniciativa; le dijo al dueño que se hacía responsable; con algo de suerte y la colaboración de todos, el pan pudo salir. Aquel día, y aún sin dormir, lo fue a buscar, y cuando llegó a una de sus casas, una de sus mujeres llorando le contó, que al maestro, un carro lo había atropellado, y que se encontraba muy delicado…
Al día siguiente, a la salida del trabajo, fue al hospital a visitarlo; le llevó un ramo de flores, y cuando entró al cuarto de su maestro, lo vió echado en una cama blanca, con un brazo y los pies enyesados, y un tubo delgado de plástico que entraba a su estómago, sostenido de una barra de aluminio; Hola maestro…le traje un obsequio; el viejo lo miró extrañado y le dijo: Que pasa…Acaso voy a morir?…Ya sabes …traeme mi bo-te-lli-ta; como siempre le guiñó el ojo, y le pidió que lo dejase solo, pues se sentía muy cansado.
Lo dejó pero se prometío volverlo a visitar; cuando llegó al día siguiente, no lo encontró, preguntó a otro paciente por su maestro, pero nadie supo que decirle; preguntó a una enfermera; y ella respondio que el señor de aquel cuarto, había fallecido la noche anterior de un infarto al corazón…Murió cuando estaba descansando…en paz.
El día del entierro, la panadería cerró sus puertas, en señal de duelo; todos los empleados, menos el italiano fueron al velorio; lo que mas les llamó la atención fue ver que el viejo no tenía cuatro mujeres, sino, cerca de ocho; todas con hijos de todos los tamaños; algunos ya eran bastantes mayores…y otros eran aún unos bebitos; todos lloraban la muerte de su amado padre…Él esperó a que todos se fueran de la sala, y cuando se aseguró de que no hubiera nadie, sacó del bolsillo una botella de ron…y la metió dentro del cajón de su Maestro, rezó, y se despidió de él…
La panadería cambió desde que el Maestro murió, pareciera que con él, se fue el espíritu que existía en él. El italiano contrató a un joven maestro de instituto; este aconsejó comprar nuevas máquinas, pues las que tenían estaban obsoletas. El dueño aceptó el consejo, y aún mas, contrató un administrador. Si bien la panadería se modernizó, y la producción salía mas rápido; nació entre todos los empleados, nuevos sentimientos; la envidia, el celo, la competencia, y la desconfianza, entraron en el espiritu de cada uno de los empleados. Hasta que hubo un día, en que el nuevo administrador, le llamó gravemente la atención, humillándolo delante de todos los empleados, …y a él no le quedó otra camino que renunciar. Aquello era el propósito del nuevo administrador; sacar a todo el personal antiguo, y colocar sangre fresca…sin ideas antiguas. Todo siguió igual, exepto que el público cambió; ya no venían los mañosos, ni la paisanas con polleras, ni los borrachos, ni las sangronas, ni habia ningun calor de hermandad entre el nuevo personal, algo se había ido…, había solo trabajo…y eficiencia…
Para él los primeros días, después de renunciar, fueron muy dificiles, no sabía que hacer; se sintió deprimido, y fué al cementerio a visitar a su maestro, dejó en su nicho una botella de ron, y comenzó a rezar; le pidió a Dios que lo iluminara, pues no sabía que hacer con su vida. Al día siguiente se encontró con un amigo de la panadería, que al igual que él, había renunciado; este le aconsejó trabajar juntos, alquilando por horas un taller, y lo que produjeran, lo venderían por las calles, tocando puerta por puerta. Eso hicieron, y después de un gran esfuerzo, compraron un triciclo de venta; así avanzaron, hasta conseguir tres triciclos mas; después de algunos años, cada uno juntó su capital; su amigo decidió irse a su tierra, comprar un terreno, y dedicarse a la agricultura; él decidió abrir su propia panadería. Los dos amigos se despidieron y se desearon suerte en sus propios caminos.
Consiguió comprarse un hornito, alquiló un local; y así, empezó a trabajar por su cuenta; con los años aprendió a ser persona, dueño y compañero; nunca olvidó visitar a su Maestro, dejándole siempre su botella de ron, agradeciendole sus sabios consejos, que guardaba en su corazón.
Miró su reloj y eran las ocho de la noche, su empleado panadero se habia ido; sin darse cuenta, pensando en su pasado, había terminado de embolsar las galletas, y quedaron listas para el reparto del día. Miró a la calle, los carros pasaban con los faros prendidos, caminó hacia la entrada de su local, miró el cielo, y estaba con luna llena, respiró profundo, y sintió que la vida era hermosa. Cerró su panadería, y antes de sali llamó a su casa, para comprar lo que faltase en su hogar. Cogió su libro, prendió su carro, y salió rumbo a su casa…su familia lo esperaba…
Datos del Cuento
  • Autor: joe
  • Código: 825
  • Fecha: 17-12-2002
  • Valoración:
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Comentarios


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2 comentarios. Página 1 de 1
lilianita la brujita escritora
invitado-lilianita la brujita escritora 28-03-2004 00:00:00

disfrute mucho leyendo este completo cuento...es algo largo pero no tiene desperdicio.felicitaciones.

José Luis Sánchez
invitado-José Luis Sánchez 31-05-2003 00:00:00

Joe: Te felicito por este cuento. Me gusta tu estilo porque es ligero, preciso creando las imagánes y colocolando los su sucesos en el tiempo sin complicar la trama. El panadero además de hacer buenas galletas y pan también sabía escoger a sus mujeres y hacerles bien el amor...

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