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Categoría: Hechos Reales

*Sábado: dormir temprano

Entre las muchas y extrañas costumbres de Manuel no se le habían registrado salida alguna hacía antros bulliciosos que algún astuto negociante optó por llamar discoteca.

Moría un sábado más y las horas del reloj no parecían detenerse para Manuel, que angustiado veía como se iba un fin de semana.
Esa noche estaba decidido a romper su rutina adolescente. Se puso de pie y apago su viejo televisor con antena de conejo, dejo a medias una mala película para darse un rápido baño, y luego escogió, entre lo menos viejo que guardaba en el closet, la ropa que vestiría esa rara noche. Encontró un punto medio entre lo formal y lo escandaloso, luego busco los pocos pero suficientes centavos que escondía en la caja de unas zapatillas y roció sobre su cuerpo el perfume para niños que aún usa, Manuel cree que los perfumes para caballeros tienen demasiado alcohol que lo irrita, por cierto, además dice que todas las marcas tienen el mismo aroma. Teniendo la seguridad que pocas veces siente salió, no sin antes, dejar una nota en el refrigerador para su madre.

Penso que podría ahorrar dinero y tiempo si tomaba un microbús para llegar a su destino, diez minutos después supo que estaba equivocado. Mierda, como apesta, penso mientras luchaba con el seguro de una ventana que no se podría abrir. Tuvo que contener su ira y a pesar de ello soportar al gordo descomunal que se había sentado a su lado y acaparaba gran parte del asiento. Tardo media hora en llegar, caminando le hubiera costado sólo quince minutos de su tiempo. Cambió su cara frustrada cuando al fin vio las mil luces multicolores que lo mareaban pero que a la vez le fascinaba. Camino un poco para acostumbrarse al ambiente, tardo en aclimatarse entre tanto barullo, eligió sentarse en una banca para descansar y respirar el poco aire puro que aún quedaba por ahí. Mientras miraba los extraños nombres de los lugares, noto que alguien más estaba sentado en la misma banca. Era alguien con piernas mal depiladas, zapatos demasiados chicos para un pie que pasa las cuarenta pulgadas y la voz tan forzada para creer que es una dulce dama, ¿Adivinaron?, ¡si!, era un travestí. Manuel nunca pensó que sus piernas fueran tan veloces. Superado el incidente transexual, Manuel decidió regresar al lugar. Tuvo la idea de que el local que atraía más cantidad de gente sería el mejor, así que bajo esa lógica hizo una enorme fila para entrar a un local que prometía, según sus anuncios, cerveza gratis hasta la media noche. Tuvieron que despertar un par de veces a Manuel para que avanzará, eran ya la una de la madrugada y no lograba entrar a ningún local. Molesto salió de la fila y fue a buscar a otro lugar con menos gente y más luces. Encontró un sitio que le pareció bonito y con un justo precio. Pago su derecho de entrada y fue directo al baño para lavarse el rostro, a ver si conseguía quitarse un poco el sueño. Al regresar eligió sentarse junto a la barra, observó a las parejas que bailaban y a las almas solitarias que como él, habían salido sólo para no aburrirse con las películas en casa. Pidió dos cervezas: una la tomaba sin prisa y la otra la puso cerca de él, quería aparentar que no venía solo. Escucho una canción que sabía de memoria y mientras la tarareaba un ¡hola!, lo devolvió a sus casillas. Era una chica que a simple vista parecía agradable, sólo a simple vista. Me llamó María, le dijo y ofreció hacerle compañía. Manuel descubrió algo muy importante esa noche: nunca conversar con una persona que habla demasiado, se corre dos riesgos o sabe mucho o no sabe nada, el caso de María era el segundo. Luego de negarse por tercera vez a bailar, Manuel accedió a prestar su integridad para el mejor de los ridículos, porque él aprendió tantas cosas en su infancia y adolescencia que olvido una que hoy lo salvaría del apuro: bailar. Por un momento Manuel pensó que se habría librado de la segura vergüenza porque no veía a María por ningún sitio, pero un diminuto grito le anunció que María estaba a medio metro bajo él. Cielos, penso, podría causarle un tremendo daño si llegará a pisarle los pies. Tan distraído bailaba Manuel contando los segundos que tardaba cada luz de los focos en encender, que un descuido basto para que María aprovechará sus ganas de besar al primer idiota que se le cruzará. Manuel quedo frío pensando que si algún policía se presentará en ese lugar y viera su incomoda posición, de seguro lo llevarían detenido por presunto abuso infantil. Luego de arrancar los labios de María de los suyos, porque parecían pegados, Manuel, muy cortes la invito a la barra a seguir bebiendo y conversar sobre el penoso incidente. Manuel fue claro desde un principio: mira María, en otro planeta matarían por besarte pero yo no puedo porque besas horrible, por un instante pense que me ibas a devorar. Té aconsejaría que dejes de pintarte la cara así que la próxima vez alguna criatura podría confundirte por payaso, además debes devolverle el color natural a tu cabello, él que daño te ha hecho para que lo tiñas a ese rojo ramera. Harías bien en dejar de usar esos tacos tan altos que casi parecen zancos. Deberías reclamarle al que te vendió ese polo tan atrevido, pues olvido darte la parte que cubre tu ombligo y que puede disimular, bien, ese alojamiento para el colesterol que llevas en la barriga y una cosa más María, si quieres te doy mi teléfono, porque malo no soy, pero eso si, hazme un favor, llámame en otra vida, donde estoy seguro, seré lechuza.

Al terminar de hablar ese pequeño discurso frente al espejo del baño, Manuel salió presuroso del local, a los lejos vio que María miraba a todos lados, lo estaba buscando. Que me busque en mi próxima reencarnación, penso y salió riendo del local.

Estaba a punto de regresar a casa pero una diminuta falda llamó demasiado su atención y lo mejor lo estaba llamando con un guiñe de ojo pícaro, Manuel supo que era una invitación. Se acerco a la atrevida chica que se escondía detrás de un auto. Su nombre era Lola (¡vaya nombre!) quien rápidamente lo tomo de la mano y lo beso con tanta furia que él confundió con amor. Cegado por un lejano sentimiento siguió a la chica a un, también, lejano lugar. Entraron a una casucha alejada de la civilización y mientras él esperaba en una silla de madera las falsas promesas de amor de Lola, escucho murmuros detrás de las paredes: “bien hecho Lola, ya cayo otra presa”; Manuel no sabía que significaba eso, pero sospechaba que nada bueno era.

Han pasado dos años y Manuel sigue siendo el mismo de siempre, sólo que ahora odia salir los sábados, especialmente los sábados por la noche... yo no se porque.
Datos del Cuento
  • Categoría: Hechos Reales
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