Era una tarde cualquiera, tenÃa esa apatÃa de sentirme como una hormiga perdida en un resquicio de cucarachas y, por eso, paraba escondido tras el disfraz de una cucaracha… Quizás exagero, y lo que quiero expresar es que soy un inútil para el mundo, y que vivo escondido en mi mundo interior tras el disfraz de una cucaracha… aunque, serÃa mejor compararme a un niño extraviado en el cuerpo de una persona mayor, existiendo entre personas útiles al mundo. Es un ejemplo más limpio, digno y moderado.
Salà sin saber a donde ir, y me largué a vagar... Contaba con quince años, y me gustaba pasear por las calles sin ninguna idea preconcebida del lugar al que iba, simplemente me dejaba ir, arrastrándome por la intuición… Esta vez llegué a un callejón, aún era de dÃa, sin embargo, la calleja parecÃa abandonada, sucia, con las puertas cerradas y sin abrir por mucho tiempo. De pronto, escuché el susurrar de extrañas voces, y, por el tono, parecÃan ancianos, gente enferma, delincuentes… Era un lugar miserable. Pero hubo algo en aquel lugar que me cosió al piso como si tuviera raÃces, inmovilizándome… Escuché una voz que pareció salir del fondo del infierno, que decÃa: “Espera…†“¡Que más podÃa hacer…!â€, me dije. De repente, vi salir de los rincones del callejón a personas cubiertas de negro, como cucarachas, espectros, acercándoseme, y deteniéndose a unos metros de mÃ. Me miraron. Y sentà la fuerza de sus oscuras miradas atrayéndome, y percibiendo que ya no era dueño de mà voluntad. Mis piernas, empezaron a moverse, libres… como si los hilos de la acción fueran agitados por los oscuros ojos de aquellas sombras.
Pasó a paso, me acerqué. Cuando estuve frente a ellos, los miré fijamente, no tenÃan ojos, ni labios ni rostro, todos eran como un hueco negro en forma de siluetas humanas. Cuando grité con todas mis fuerzas pidiendo auxilio, advertà que ellos salÃan de sus mantos, metiéndose - como si mi boca fuera una aspiradora - dentro de mÃ… Luego, caà desmayado.
Cuando recobré el conocimiento, estaba tirado en el callejón. Comencé a tocar mi cuerpo para sentirlo. Me levanté y me alejé del pasaje. Corrà como un alienado en medio de las calles hasta llegar a mi hogar… Cuando entré a mi casa, mis padres estaban listos para cenar, me aguardaban. Los saludé y les pedà perdón por mi tardanza; les conté que habÃa visitado a la hermana de mamá, pero que no la habÃa encontrado. Mi madre me preguntó por los primos… No supe qué responder para ocultar mi mentira, cuando sentà un jadeo dentro de mÃ, un aire frÃo que ocupaba mi ser, hablándole a mi madre que la prima menor estaba enferma, y que cuando se retornaba a la casa vio que la tÃa llegaba con un doctor, que regresó para saber cómo seguÃa la prima, averiguando que no era algo grave, que más bien el tÃo estaba muy mal de los riñones, que en su trabajo de albañil, habÃa caÃdo de los andamios, golpeándose las caderas, afectando todos sus riñones… Mi madre, al escuchar la voz que salÃa de mÃ, se paró, cogió el teléfono y, preocupada, llamó a la tÃa.
Cuando la frÃa presencia se ocultó en mi mundo interior, subà hacia mi cuarto y antes de entrar, sentà una fuerza que me empujaba hacia la oficina de mi padre… Cuando entré, lo saludé y, él, sorprendido de mi presencia, trató de esconder unas cartas, y de mis labios salió una voz, que no era yo, aconsejándole ocultar mejor aquellas escritos a mamá, que no es bueno guardar cartas de amor de otra mujer en la casa de su esposa, mi padre agradeció… Mi cuerpo se acercó hacia él, y le dijo: “Necesito unas monedas, padre…â€. Accedió, y le dio un billete importante.
Mientras caminaba hacia mi cuarto, sentà que aquella presencia en mÃ, nuevamente se sumergÃa en la oscuridad de mi interior. Toda la noche no pude dormir, pues vi entre sueños que todos los personajes del callejón, me hacÃa su memorial… Unos fueron guerreros, otros asesinos, niñas violadas, ancianas amantes del misterio, eran tantos que, no lo pude soportar… Desperté sudando, me levanté a buscar un vaso de agua cuando en la entrada de mi cuarto encontré una jarra llena de agua… “¿Coincidencia?â€, me pregunté. Lo cierto era que, fui atendido por algo... “¿Serán mis sirvientes, o, yo sirviente de ellos en este templo llamado cuerpo humano?â€, me revolvÃa preguntándome sin encontrar respuesta, ni escuchaba un suspiro de mi pozo interior, que sabÃa, estaba relleno de seres extraños…
Lo tomé con calma los primeros dÃas, pero noté que la gente con que me cruzaba me observaba como si fuera un demente. Por ello, decidà volver al callejón. Cuando llegué, rompà la puerta de una de las casas y entré. Subà las viejas escaleras, llenas de trapos, telarañas, cucarachas y bichos… Pero, no encontré nada, tan solo un inmenso gato negro que, con ojos brillantes me observaba. Se acercó y comenzó a ronronearme. Todo apestaba, y decidà salir… “El callejón parece un cementerioâ€, me dije. Volvà a mi casa, y cuando entré a mi cuarto vi que el gato negro estaba sentado al borde de la ventana, mirándome con esos ojos luminosos. De repente, las voces internas comenzaron a calmar: “Señor, señor, señorâ€â€¦, mientras el gato, siempre mirándome, movÃa satisfecha la cola como una serpiente pegada a su cuerpo. Noté que escuchaba la voz de mi interior, mientras lamÃa su cuerpo, sin soltarme los ojos…
Salà de mi casa buscando amparo, una iglesia, algo que me ayudase de esta locura… Encontré un templo no lejos de mi casa, con las puertas entre abiertas. Entré y caminé con cuidado. IncreÃblemente, todas las voces de mi interior comenzaron a clamar: “Señor, señor, señor…†Mi cabeza estallaba. Corrà hacia el estrado en donde estaba la imagen de Nuestro Señor, y volvà a escuchar las voces interiores: “Señor, señor, señor…â€. De pronto, sentà que tras de mà habÃan muchas personas. Volteé y vi que todo el salón estaba repleto de personas muy serias, con curas y monjas, todos vestidos de negro, repitiendo: “Señor, señor, señor…â€. Me sentà más tranquilo al percibir la devoción que los seres interiores tenÃan hacia Nuestro Señor. Y cuando volteé a mirar la imagen divina, con asombro y terror, vi al enorme gato negro mirándome con sus inmensos ojos brillantes…
Lima, 14/12/04