HabÃa una vez un pais mágico, tan mágico y tan extraordinario era aquel pais que todos sus habitantes no necesitaban llevar dinero encima, bastaban unas grandes piedras de colores que almacenaban en su casa y con ellas podrÃan cambiar sus pertenencias, adquirir comida, bienes, todo lo que imaginaban podÃan tenerlo entregando a cambio esas piedras de colores.
Sucedió que un dÃa llegaron a ese paÃs, gentes extrañas, en vez de piedras de lindos colores llevan en grandes sacos muchas hojas de gran tamaño, un tamaño descomunal y de muchos colores. Nadie habÃa visto algo igual. Enseguida se apresuraron a cambiar sus grandes piedras por esas gigantescas hojas de tal manera que con muy poco tiempo, hojas y piedras se habÃa convertido en nueva forma de pago, de adquisición de bienes.
Pero como en todos los lugares en los que la avaricia humana reina, muchos tenÃan muchas piedras en su haber, otros se vanagloriaban de poseer abundates y enormes hojas mientras que otros otros apenas lograban tener una sola piedr o una sola hoja para cambiarlos por comida y poder subsisitir una temporada.
Un buen dÃa un pequeño niño llegó al paÃs, en sus manos no llevaba nada..., al verlo tan desnudo todos le dieron la espalda, este es pobre, se decÃan entre todos, no trae piedras, tampoco hojas, nada tiene para poderlo cambiar, no le auguramos mucho futuro entre nosotros, dijeron las gentes siendo poco compasivas.
Pero aquel niño, sin nada en sus manos se acercó a aquellos hombres y les ofreció:
- yo puedo convertir todas vuestras piedras en un inmenso tesoro; asimismo iba donde otros y les decÃa: vuestras hojas de colores puden llegar a ser la más enorme de las riquezas. Ambos le miraban perplejos sin atreverse a pronunciar palabra, hasta que uno se atrevió a decir: si yo te doy todas mis piedras ¿puedes hacer de verdad que se conviertan en un gran tesoro?
Claro respondió el pequeño ilusionado, dame todas tus piedras y al punto tendrás un enorme tesoro ante ti. El hombre, confiado y sobre todo con el pensamiento cubierto de intensa ambición por poseer aún más corrió a su casa, cargó todas sus piedras en un transporte y se las entregó a aquel pequeño ser. El niño poniendose delante de todas esas piedras que abultaban mucho más que él, dijo unas palabras mágicas: porque sÃ, porque no, porque lo pido con el corazón, que todas las piedras... se multipliquen por dos!!.
Y tras esas emocionadas palabras todas la piedras de repente comenzaron a resquebrajarse y partise en trozos más pequeños que, a su vez, volvÃa a dividirse y asà sucesivamente hatas que ante los ojos de los presentes no quedó nada más que una fina arena de muchos colores. El hombre se quedó perplejo mirando cómo todas aquellas grandes rocas se habÃan quedado pulverizadas y reducidas a... nada.
Pero... ¿qué has hecho? gritó enfadado ¿y mis piedras? ¿y mi tesoro???
El pequeño sin inmutarse le dijo: pues aquà está... he desgranado tus piedras en pequeños trozos... asà tienes muchas más ¿es que no lo ves?
¡Esto es arena! contestó de malos modos el hombre, ¡no hay ningún tesoro!!!
Yo creà que para ti era un tesoro tener muchÃsimos trocitos de esas piedras que tanto te gustaban..., yo es que...
¡Qué locura!!... ¡has arruinado mi vida!! ¿qué va a ser ahora de mi? no tengo nada para cambiar, seré la burla de gente, ¡¡soy pobre!!... y diciendo estas palabras se alejó antes de abalanzarse contra el niño y que su enfado llegara a mayores.
El niño, sorprendido y viendo que habÃa causado una pena a aquel hombre cuando realmente creÃa iba a proporcionarle mayor dicha, se dirigió entonces hacia otro lugar en donde otros hombres, ajenos a esa historia, manejaban y comerciaban con muchas grandes hojas de colores.
Yo podrÃa hacer que todas vuestras hojas se convirtieran en un gran tesoro!!, exclamo de nuevo confiado.
Los hombre le miraron con recelo pero, tras unos dudosos instantes, uno, el más atrevido le dijo: si yo te entrego todas mis hojas de color ¿puedes hacer que se conviertan en riquezas?
SÃ, claro, afirmó el niño con rotundidad y el hombre mirando al niño, viendo lo poquita cosa que era y que nada perdÃa por intentarlo acudió a su casa y cargó en un camión el gran montón de hojas que guardaba celosamente en su habitación más diáfana y las puso frente al pequeño.
El niño muy serio dijo las palabras mágicas: porque sÃ, porque no, porque lo pido con el corazón, que todas estas hojas... se multipliquen por dos!!.
Y en ese instante millones de trocitos de hoja que se iban multiplicando, desdoblándose, volviéndose a multiplicar, se arremolinaron junto a los presentes formando una pequeña montaña de hojarasca de vivos colores...
Pero ¿qué has hecho maldito?, gritó el hombre... mis hojas, ¡mis preciosas hojas de color!!, ¿dónde están? ¿en que las has convertido insensato? ay, que va a ser ahora de miiii...
El hombre con los ojos salidos de sus órbitas no acertó a pronunciar más palabras y viendo la cara de confusión del niño se alejó dando voces y maldiciendo a todos los que allà estaban.
El niño se quedó muy triste; no comprendo... decÃa con incertidumbre, yo pensaba que le harÃa ilusión tener muchas más de esas hojas, yo solo he multiplicado lo que tenÃa, creà que esa riqueza le harÃa ilusión.
Entonces, estando cabizabajo, se le acerco una niña, que habÃa estado viendo todo lo que sucedÃa y le dijo al niño: he pensado que tal vez... tú podrÃas ayudarme en algo.
¿en qué?, dijo el niño, ya ves que enfado a la gente y no sirvo para alegrar a nadie, más bien enfurezco, no sé qué utilidad podrÃa tener alguien como yo para ti.
Quiero que me acompañes a mi casa, hay allà hay lago que quiero enseñarte, que quiero que veas.
El niño sin comprender bien accedió a acompañar a la niña, puesto que ésta insistÃa afanosamente tirando de la chaqueta de él y no parecÃa que fuera a ceder en su empeño de salirse con la suya.
Al llegar a su casa, la niña corrió a su habitación, mira! le gritó desde las escaleras, ven!, sube a mi cuarto. Tengo aquà algo, dijo la niña sseñalando hacia su cama y... ¡me gustarÃa que lo convirtieras en un tesoro!, dijo con inocente voz. Y pronunciando esas palabras sacó de una pequeña caja que guardaba bajo su cama un montón de migas de pan y las puso junto al niño. He tardado mucho tiempo en reunirlas, parecen poca cosa pero yo sé ahora que solo tú puedes darles valor. Al punto, el niño, comprendiendo, pronunció sus mágicas palabras: porque sÃ, porque no, porque lo pido con el corazón, que todas estas migas... se multipliquen por dos!!.
Y comenzaron a multiplicarse por toda la habitación aquellas migas de pan de tal forma y manera que formaban ya una gran montaña de migas de pan que la niña guardó con sumo cuidado en grandes botes para luego elaborar con ello mezclándolo con harina y huevos una gran masa para pasteles y rebozados y pures y todo aquello que sus manos y su imaginación podÃan concebir como sanos alimentos. La niña se puso muy contenta y dándole un sonoro beso al niño, le dijo, ¡gracias!!, me has ayudado mucho, ahora mi familia ya no pasará hambre nunca más. Y dicho esto invitó al niño a quedarse y degustar con ellos todo aquel... valioso tesoro.
Los demás habitantes al ver que en aquella casa siempre habÃa abundancia de pan, comenzaron a cambiar otro tipo de alimentos con ellos, dándoles garbanzos a cambio de sus migas que convertian en polvo de pan para rebozar sus alimentos o entregándoles patatas a cambio de pasteles de pan que eran la delicia de quienes los probaban por la delicadeza y buen hacer de las manos que tenÃa aquella niña.
Y fue asÃ, como los habitantes de aquel mágico y maravilloso lugar comenzaron a comprender que ni las piedras ni las hojas al multiplicarse tenÃan algún valor pero poder disponer siempre de alimentos y poder multiplicar aquéllos que escaseaban gracias a las mágicas palabras de un niño... era un valioso tesoro que todos podÃan disfrutar con generosidad y amor.
----------------------------------------------
Nota de autor:
Las cosas grandes son inútiles, las cosas inútiles, multiplicadas por dos, son aún más inútiles.
Las cosas pequeñas guardadas con ilusión han de conservarse con paciencia aunque parezcan inútiles, porque con magia pueden un dÃa convertirse en un valioso tesoro que compartir. Solo los niños, entienden de cosas pequeñas y de magia.