Era una tarde calurosa de verano, y Randy decidió ir a comprar unos cromos de los X-Men. Por el camino pasó por delante de la librerÃa de la calle Edison, esa que abrieron cuando su abuelo aún era un muchacho.
Sólo habÃa entrado una vez, cuando buscaba un libro para su padre, pero los libros que habÃa visto eran tan diferentes, tan "especiales" que se prometió a sà mismo que debÃa volver.
El señor Taylor, un anciano amable que habÃa combatido en Francia contra los nazis, le recibió cordialmente y le sugirió los libros de aventuras e historias policÃacas de los años 50. Randy parecÃa un perrillo nervioso delante de decenas de huesos sólo para él. Al cabo de un rato el señor Taylor le condujo hasta una estanterÃa un poco apartada y sacó un cuaderno de tapas rojas de entre un par de libros.
- ¿Qué es eso, señor Taylor? - quiso saber el muchacho - No tiene pinta de libro.
- Y no lo es, Randy. Se trata de un cuaderno especial, que compré en una librerÃa de Alemania, la cual según tengo entendido lo adquirió de un comerciante turco.
- ¿Por qué es especial? ¿Te hace las multiplicaciones solito? - bromeó el niño.
- Jeje, no, pero no andas mal encaminado. Escucha bien, hijo. Este cuaderno tiene un don, cualquier cosa que dibujes en él se hara realidad. Si dibujas, digamos, un coche de bomberos, al instante tendrás uno en la puerta de tu casa.
- ¡Caracoles! ¿Y es para m� Gracias, señor Taylor.
- Recuerda, no se lo dejes a nadie, ni lo pierdas. Si cayera en malas manos, nadie sabe qué podrÃa ocurrir.
- Tendré cuidado, señor Taylor, se lo prometo.
El anciano hizo el saludo militar con cara sonriente, y el muchacho le respondió enérgicamente. Después regresó a casa.
Esa noche, Randy no pudo dormir. Pensó en lo que podÃa dibujar en el cuaderno sin que resultara peligroso. Decidió que darÃa una sorpresa a sus padres y a su hermano Jim regalándoles algunas "cosillas". La sorpresa de éstos a la mañana siguiente fue monumental, al ver un coche nuevo delante del jardÃn, o la mesa puesta con deliciosos platos y refrescos.
Su madre quiso saber inmediatamente qué es lo que estaba pasando, asà que Randy tuvo que dar a conocer su pequeño secreto.
- Se lo devolverás al señor Taylor ahora mismo, jovencito - ordenó su padre - Las cosas se consiguen trabajando duro, no dibujando en un cuaderno escolar.
Randy era un chico inteligente y honesto, y si habÃa vivido hasta entonces sin el cuaderno podrÃa seguir asÃ, de modo que obedeció. Pero cuando fue a echar mano de él descubrió que habÃa desaparecido.
- Mamá, papá, no está, lo habÃa dejado sobre la encimera de la cocina - de pronto un escalofrÃo le recorrió la espalda - ¡Lo ha cogido Jim!
- No es cierto, tu hermano está haciendo los deberes en su cuarto - alegó la madre - Randall Joseph Parker, dime dónde está ese cuaderno.
Randy no contestó. Corrió a la habitación de su hermano; éste habÃa salido por la ventana.
- No quiero imaginarme la cara que pondrán los chicos cuando lo vean - iba pensando Jim mientras pedaleaba calle abajo - ¡Seguramente dirán que dibuje una chica desnuda, bah! ¡Pervertidos! ¡Yo quiero un tanque!¡Y un robot gigante para machacar a los que se rÃen de mà en la escuela!
Soltó una pequeña carcajada. Se sentÃa el amo del mundo.
- ¿Dónde dices que está tu hermano? - preguntó el padre de Randy sin apartar la vista del volante de su Buick.
- En el callejón que hay detrás de la tienda de discos. Desde ahà se ve bastante bien la pantalla del cine al aire libre.
- Umm, ya hablaremos de eso, pero ahora démonos prisa antes de que cometa alguna locura.
Pisó el acelerador y poco después llegó a la dirección indicada. En efecto, Jim estaba allÃ, con otros chicos a los que Randy ya conocÃa de haberlos visto levantando las faldas a las chicas del colegio.
Jim tenÃa un bolÃgrafo en la mano y bromeaba sobre lo que podÃa hacer para demostrarles que el cuaderno funcionaba.
- Jim, no lo hagas - gritó su padre desde el otro lado del callejón.
El muchacho esbozó una pÃcara sonrisa y empezó a dibujar algo.
Randy y su padre corrieron hacia él, y éste le arrancó bruscamente el cuaderno de las manos. Miró el dibujo; era Jim volando sobre las nubes.
De pronto, el muchacho pegó un salto y se quedó suspendido en el aire.
- No te enfades, papá, ¡tú habrÃas hecho lo mismo! Déjame que disfrute un poco, volveré para la cena, ¡adiós!
Y sin decir más desapareció por encima de las azoteas.
Continuará.