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Desde que tengo uso de razón las historias de bosques encantados han condimentando las noches de reuniones familiares, hablar de espÃritus chocarreros y seres extraterrestres era el tema de sobremesa constante en mi familia, para mà no era atractivo, de hecho los encontraba aburridos y tediosos. Precisamente retomando un poco el tema acerca de los bosques encantados, quisiera ahondar un poco en esto.
HabÃa tenido años practicando la cacerÃa, desde temprana edad desarrollé un gusto especial por esta actividad, mi padre me inculcó el amor a esto; durante años visitábamos el bosque de Eastpoint, en Virginia; la costumbre de regresar a casa con la cena guardada en el maletero continúo inclusive después de su muerte.
Cada domingo por la mañana me internaba en la zona permitida para cazar, mis victimas recurrentes para la cena eran liebres silvestres, a veces me daba el lujo de cazar algún ciervo, nunca me alejaba del radio establecido para mis actividades.
El domingo veintisiete de agosto de mil novecientos noventa y nueve sucedió este hecho en cuestión, perseguÃa a una pequeña liebre que ágilmente escapó a uno de mis tiros, la seguà por caminos que no advertÃ, me perdà tras de ella como Alicia persiguiendo al conejo blanco, la habÃa perdido de vista, solo oÃa las ramas crujir y moverse a mi alrededor, levantaba mi rifle de caza calibre 22 esperando que mi victima saltara  de su escondite, cuando de entre la maleza salió una creatura con mi presa colgando de sus fauces.
No serÃa fácil describir a la bestia, pero lo intentaré; la creatura medÃa cerca de un metro de altura parado sobre sus cuatro patas, su cuerpo estaba cubierto por un pelaje marrón a excepción de su rostro que lucÃa libre de pelo, su cara era una abominación inimaginable, tenÃa facciones parecidas a las de un mandril, sobre su cara se dibujaban múltiples arrugas propias de un ser que realiza gestos constantes, de su boca nacÃan una hilera superior e inferior de dientes ámbar afilados, de sus labios escurrÃa baba mezclada con sangre, y sus ojos eran dos cavidades obscuras ligeramente alumbradas por un par de flamas rojas que brillaban en ellas. Nuestras miradas chocaron mutuamente, me sentà dominado por esa mirada de odio, la bestia empezaba a gruñir quedamente.
El miedo se apoderaba de mis sentidos, estaba paralizado ante la especie inédita, mi pulso empezó a temblar, lo pude comprobar cuando lo fije en la telúrica mira de mi rifle. Lentamente el monstruo bajaba la cabeza para soltar a la liebre muerta sobre el suelo. Sus patas toscas y gruesas daban el primer paso hacia mÃ, me sentÃa aterrado, emità un pequeño chillido mientras mi cuerpo se estremecÃa al sentirme ahora como la presa.
Cuando la bestia empezaba a tomar velocidad en su pasos, solté un disparo que se impactó en su mejilla izquierda, una explosión de sangre salpicaba los troncos de los árboles, a continuación un lastimero alarido emanaba de su hocico, el sonido me hizo soltar el rifle y cubrir mis oÃdos con ambas manos, me doble del dolor.
Con el rabillo del ojo observaba el ahora más desfigurado rostro de la bestia, se revolvÃa en su dolor, con las pocas fuerzas que de seguro experimentaba, el monstruo se perdÃa entre el verde del bosque dejando un rastro de sangre negra y espesa en el camino, los gritos de dolor se iban alejando mientras yo despegaba lentamente las palmas de las manos de mis orejas, con rapidez tomé el rifle del suelo mientras acomodaba las ideas en mi mente, pese al miedo que la bestia infringÃa en mÃ, decidà ir tras él ahora que estaba herido, serÃa mi trofeo y ganarÃa fama al descubrir una nueva y aterradora especie.
Seguà el camino errante del monstruo, plantas aplastadas, manchas de sangre obscura, huellas de sus garras en el tierra húmeda era delatoras de su paso, el no escucharlo me tranquilizaba un poco, pues podrÃa estar muerta, pero a la vez me erizaba la piel el pensar que estaba al acecho.
Los nuevos caminos lúgubres del bosque era desconocidos por mÃ, era como si el Eastpoint hubiera cambiado de un momento a otro, los arboles tomaban formas humanas, los nudos de sus troncos parecÃan ojos que vigilaban mi persecución, sentà miedo de mirarlos, cuando una piedra de tamaño considerable me tumbó al suelo alfombrado de hojas secas.
Al observar al objeto que me llevó al suelo, advertà de la blancura del mismo, enfoqué más mi vista y reaccioné con un alarido que hizo a las aves salir volando de las copas de los árboles, un cráneo cuarteado era el objeto que me habÃa tirado.
Pronto pude ver que en derredor habÃa más osamentas, estaba adentrándome al territorio de mi vÃctima, que al parecer, compartÃa la misma afición que yo, la cacerÃa.
Decidà recoger mis pasos, era muy peligroso, mi respiración se agitaba con fuerza, ahora sentÃa mi vida en acecho, esa parte desconocida del bosque era una pintura infernal, nada en ella mostraba lo hermoso de la naturaleza, era un espectáculo gris con olor a muerte, me preguntaba cómo salir de ese pasaje tétrico, mi única respuesta fue el débil gruñir del demonio herido, estaba tirado sobre la vegetación, su rostro de mandril estaba destrozado, de ella caÃan coágulos de sangre, uno de sus ojos estaba pagado, era solo una mancha negra, respiraba con dificultad, estaba finalmente a mi merced, me acerqué un poco más a su moribunda existencia y aprecié con mayor atención su horrible fisionomÃa; no podrÃa calificar a la bestia como algún animal existente, era una extraña especie que provocaba pavor, era inevitable arrugar mi rostro mientras la analizaba.
Cuando decidà poner fin a su dolor, las hojas de muchas plantas pertenecientes a la flora del bosque comenzaron a agitarse, algo se revolvÃa entre ellas, de la oscuridad del bosque se posaron sobre mi muchos pares de flamas brillantes que me observaban con recelo, como esperando a ver si era capaz de matar a uno de sus semejantes.
Decidà retroceder lentamente y de espaldas, alejarme del monstruo herido, asà avance lentamente hasta perder de vista a la criatura y a sus posibles protectores, caminé durante horas sin mirar atrás, hundido en mis pensamientos, esperando no ser atacado cobardemente por la espalda y cuando la noche caÃa fue que pude abandonar la zona lúgubre del bosque, no supe cómo, solo caminé en lÃnea recta y sin reparar en el camino me di cuenta que ya estaba en la zona del bosque conocida para mÃ.
Esa noche no fue necesario llevar mi cena a la casa, no tuve apetito por dÃas, el sueño también me abandonaba, no podÃa siquiera apagar las luces, pues la oscuridad me recordaba el espacio más obscuro del bosque en donde muchos pares de flamas observaban mis movimientos, esperando matar a uno de sus semejantes, esperando cobrarse tarde o temprano mi afrenta.
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