Amalia y su hermana entraron, a partir de entonces en una nueva situación. Está claro que una es la esperanza de la otra. Te puedes imaginar que en un rincón perdido tienes que sentirte apoyado por la única persona que hay contigo. Pero ¿Qué pasa cuando eso no es asÃ? ¿Qué hacer cuando tienes la impresión de que tu única compañera es una loca? Pues bien, esta era la nueva situación. Ahora Antonia desconfiaba de Amalia, pensaba que su hermana estaba loca. No se encontraba a gusto con ella. No podÃa soportar sus continuos llantos, su silencio acusador, su sentimiento de culpa permanente... pero tampoco querÃa dejarla sola. No confiaba en ella.
Pero si nos fijamos en Amalia nos encontramos con algo parecido. Amalia estaba convencida de que su hermana era una desquiciada. Era monstruoso recordar como habÃa ido convirtiendo al que fue su padre en pequeños trozos de carne, y todavÃa más aterrador con qué frialdad se lo habÃa comido. Junto a ella tenÃa la sensación de estar al lado de una demente, capaz de cualquier cosa. Pero tampoco podÃa soportar la incertidumbre de saber qué hacÃa cuando estaba sola.
Amalia habÃa tramado ya cual pudiera ser el desenlace de esta terrible situación. Faltaban ya pocos dÃas para ir al cruce y esperar al molinero que les llevaba la harina. IrÃan las dos juntas, porque ya sabes que no se separaban una de la otra por desconfianza. Amalia aprovecharÃa para contarle al molinero todo lo que habÃa pasado y le pedirÃa que se la llevara de allÃ. Si tenÃa que pudrirse en la cárcel resultarÃa mejor que morirse lentamente en Almócita, junto a su hermana. Si todos la tendrÃan que odiar serÃa más llevadero el odio que el terror constante que estaba viviendo.
Por la noche reinaba el silencio en Almócita. Silencio sobrecogedor para Amalia, porque le recordaba la soledad tan desesperante que estaba viviendo. Tardaba mucho en dormirse y las horas le parecÃan eternas. HabÃa noches que las habÃa pasado enteras en blanco esperando a que amaneciera, y parecÃa que nunca iba a llegar el dÃa. Pero ya hacÃa varios dÃas que dormÃa algo. Tal vez la habÃa tranquilizado la idea de escapar de allà de una vez.
Una de estas terribles noches se quedó dormida y soñó con Manuel. La miraba con odio y la insultaba:
- Maldita zorra. Ahora está claro que tu madre enfermó por tu culpa. No sólo eres una egoÃsta, eres también una asesina. Tu hermana y tú hicisteis que muriera mi pobre Angélica y ahora habéis terminado conmigo. Pero Dios hará justicia de estos crÃmenes. Recuerda sus mandamientos: “honrarás a tu padre y a tu madreâ€. Vosotras lo habéis quebrantado por las dos partes.
Se despertó horrorizada. Su pulso temblaba y estaba llorando. Tuvo que hacer un esfuerzo para convencerse de que todo era un sueño. Estaba empezando a tranquilizarse cuando algo le heló la sangre: en el que habÃa sido dormitorio de su padre se escuchaban los ronquidos de siempre. De pronto parecÃa que nada hubiera cambiado. Pero eso no podÃa ser porque su padre estaba muerto.
Miró cómo su hermana dormÃa tranquilamente. Estaba muerta de miedo. Los ronquidos se escuchaban con toda claridad. Le habrÃa gustado tener valor para ir a comprobar que allà no habÃa nadie pero no lo tenÃa. Tampoco era capaz de despertar a su hermana. Asà que pasó toda la noche en blanco, como ya estaba acostumbrada pero esta vez oyendo los ronquidos que la atormentaron tanto tiempo y que ahora la llenaban de terror. Si cualquier otra noche le habÃa parecido interminable, esta noche mucho más. Los ronquidos se le iban metiendo en el sentido y parecÃan inundar toda la casa. Amalia, intentaba concentrarse en otra cosa, pensar en algo agradable, en la libertad que alcanzarÃa cuando se fuera a la ciudad... pero esos ronquidos estaban a punto de terminar con ella para siempre. ¿SerÃa que se estaba volviendo loca? No era de extrañar porque toda su existencia era una auténtica locura.
Por fin llegó el dÃa. Amalia tenÃa mucha prisa por ir a buscar la harina. Antonia notaba que su hermana estaba muy nerviosa pero no le resultaba extraño. Estaba convencida de que se habÃa vuelto loca. Lo único que esperaba era que cada dÃa estuviera más desquiciada.
Volvieron a andar el camino por aquella vereda. Para Amalia esta vez el camino tenÃa un color especial. Lo estaba sintiendo como el camino hacia la libertad. SentÃa por dentro una extraña felicidad. Iba mirando cada paso que daba como si nunca más fuera a volver a pisar por ahÃ.
Llegaron al cruce de los caminos mucho antes de lo habitual. Amalia habÃa tenido una prisa fuera de lo común. Tuvieron que esperar un rato largo hasta que por fin vieron aparecer al molinero en su vieja furgoneta. Al llegar donde ellas estaban paró el vehÃculo y salió por la puerta. Antonia se acercó a él y hablaron tranquilamente de las cosas que pasaban en el mundo del que ellas vivÃan desconectadas. Amalia en cambio se habÃa quedado muda, inmóvil sin atreverse a acercarse a él.
- ¿Qué te pasa Amalia? ¿No vienes a saludar a este hombre?
Amalia era incapaz de reaccionar. Porque su mente le estaba gastando una mala jugada. Ella no estaba viendo al molinero. Estaba viendo a su padre. Cerraba los ojos y volvÃa a abrirlos pero nada cambiaba. El hombre que ella veÃa era Manuel en persona. TenÃa la cordura suficiente para comprender que era un engaño de su mente. Pero eso no impedÃa que se sintiera inundada por el pánico. En un momento aquel hombre la miró. En su mirada ella estaba viendo los reproches de siempre: mataste de sufrimientos a tu madre y después a tu padre. El temblor se apoderó de ella.
El regreso hasta Almócita fue desolador. Amalia volvÃa a andar por aquella vereda de la que se habÃa ido despidiendo todo el camino. De nuevo volverÃa a su prisión y a su locura. Un futuro negro empezaba a apoderarse de su vida. Un futuro de locura, de ronquidos siniestros y de visiones de ultratumba, acompañada de su hermana en la que no confiaba. ¿Cuánto tiempo podrÃa soportar algo asÃ?
...... que a los espanoles con operacion triunfo. Estoy deseando que lo acabes pero a la vez quiero que continue.Escribe la continuacion rapido!!!!!!! y no me tengas en ascuas. un abrazo.