CAPITULO 1
Me aproximé al rÃo San Lorenzo a la altura de San Nicolás. La mañana era tibia; el sol,.... el sol parecÃa confundirse en la suprema altitud amarillando rojizas e incipientes nubes. Mis nervios los sentÃa a flor de piel. Entonces bajé a su orilla con la idea de interrogarle, de pedirle cuentas por mis fracasos, de obligarle que me explicara su infinito vagar oteando el cielo y su sabia serenidad me calmó, como siempre lo hacÃa, cuando en mi barrio me encontraba frente al rÃo Mapocho, mi alma enmudecida y mis sentimientos esparcidos en sus aguas, deshojando margaritas y...................tirándole piedras, sÃ.......piedras..
Me habÃa levantado de mal humor, me encontraba sin trabajo y los "materiales afanes" denominados "proyectos internacionales" y, que desde tanto tiempo, venÃamos desarrollando y perfeccionando con ahinco y codo a codo con mi amigo César, no daban los resultados esperados. Deseaba ardientemente que cambiara este desasosiego económico, casi cotidiano, y que desde hace algunos años parecÃa pegarse a mi piel. Sin embargo, siempre la postergada ilusión venÃa a morir los viernes de cada semana para luego renacer, con renovado énfasis e inusitado interés, el lunes siguiente. Yo no querÃa volver, como sucedió en los primeros años, a los aseos ni a la cocina de ningún hotel o restorán, no por menosprecio, ya que en estos menesteres, bastante aprendidos, he conocido gentes de una calidad que calienta el alma, sino porque, simplemente, no me gusta el oficio. Entre tanto, seguÃa acariciando los mÃnimos sueños de hombre enamorado queriendo ofrecer a mi compañera y a nuestra semilla, la justa recompensa a tanta lucha y a tanto afán comunes desplegados sin egoÃsmos y por tantos años ya (18). Estas inquietudes y estas esperanzas abortadas y postergadas infinitamente, rendÃan mi alma irascible.
Mi dejo de tristeza infinita, producto de acontecimientos que parecÃan ajenos en mi vida «podÃa ocurrirles a todos, jamás a mà » y de carácter sentimental, mezclado a esa horrible sensación que provoca el recibir un cheque de la asistencia social para la mÃnima subsistencia, parecÃa incrustarse en mi ser. Por momentos, sentà la angustia aprisionar mi alma.
El primer esbozo de Sagitario* (mis primeras poesÃas) vio la luz en momentos no ajenos a estos acontecimientos. Lo dedique, con toda sinceridad, a la niña que, algunos años atrás, desafiando toda oposición, incluso las más tenaces, decidió un dÃa compartir su vida uniéndola a la mÃa, de manera franca y feliz. Niña que amé, amo y seguiré amando, probablemente, la vida durante; incluso, creo, más allá de todo raciocinio,............... más allá del amor.
Aries* (este cuento) seguirÃa acompañando mi soledad y siendo espejo de mis sentimientos. VendrÃan, casi paralelamente, "Balance" cuyo signo zodiacal equivalente en español es "Libra" y "El Castillo de Pi" que se quiere o pretende un cuento macabro, que nunca terminé. EscribÃa con ansias de encontrar, en tanto recuerdo, un motivo que justificara su partida, decisión tan radical tomada un dÃa cualquiera por mi compañera, luego de casi veinte años de vida común. Los dÃas se volvieron sombrÃos, las noches negras e interminables y yo miraba con estupor el rincón de mis errores. Juro que no encontré respuesta a mi dolor ¡Algún fantasma estará jugando con su generosidad.? ¿Como poder ayudarle? y ayudarme. ¿Acaso la enfermó la angustia de vivir lejos de su patria y lejos de los "suyos"?. Según mi modo de ver las cosas, los suyos somos nosotros, sus 3 hijos y yo, lo demás fue lo suyo en un ayer ya vivido, o tal vez, nunca lo fue y es éso lo que ella reclama. ¿O es el invierno envidioso de mefÃticos y alcahuetas que se quedaron enredados en sus propios venenos, que tratan de impedirle la felicidad que ellos no podrán ya alcanzar?
Desde algunos años, su único anhelo fue el de encontrarse en Chile, sobre todo en épocas tan emotivas y melancólicas como los son la Pascua y el Año Nuevo. Asà lo hizo los 5 últimos años que estuvimos juntos. Desconcertados quedábamos, en un aeropuerto desnudo, los niños y yo.
¿Busca, en un afán desesperado, el cariño o la aprobación de su madre? ¿Busca a encontrarse?, ¿Vive horrorizada acaso con la imagen de Elianne; con los bultos fantasmagóricos de Cauquenes; la angustia, la enfermedad de Marugenia, o es la falta de una juventud llena de promesas? ¿a descubierto su propia poesÃa, que no es la que yo le ofrezco? ¿O la diabólica envidia de LicÃn, una de sus hermanas, que en repetidas ocasiones y en innumerables cartas, la invitó a marcharse, sin más.
Simulando un viaje astral, viajé al fondo de mi conciencia y quise visitar mis errores. Comprendà otras lágrimas y otras frustraciones y corrà a repararlas y desperté sobresaltado y el corazón contrito. El tiempo se habÃa ido y lo que hice pena un dÃa, quiso que de juez vestido condenara mi propio olvido. Me declaré culpable y pedà perdón....
Sagitario, que nació por y en su ausencia, fue algo asà como el querer sujetarme al pasado, recordando la dulzura de la vida, en donde la ilusión y la esperanza que como dioses de la hermosa juventud, pueden abrirnos de nuevo las puertas de esa misma perdida ilusión. QuerÃa encontrar argumentos que aquietaran, sobre todo, la angustia de mis hijos y sobre todo mi propia angustia.
Y es asà que, como la imagen que viene del cielo, la ternura angelical y el cariño cristalino e infinito de una hermosa princesita, que se me apareció, desde la otra orilla de mis cuentos, transformaron mi calvario y abrieron puertas, en mi corazón, como un milagro de Dios o un calendario de perlas, que mi entendimiento temió haber clausurado.
Con esta ternura principesca, me abracé, entonces, a un pasado transformado en presente misterioso y llamé a gritos a mis amigos que dormÃan en pretéritos ensueños y súbitamente me encontré en brazos de Fresia Parga, de Sergio Jeréz, de Herminia, de Adriana Velóz, de Alejandro Tudela, de mi adorada Gabrielita y de mi inspectora Yolanda y quise andar más lejos todavÃa y se presentó a mis ojos, Leonor y se encendió mi sangre. Enloquecido de esos recuerdos de fuego, seguà evocando desordenadamente las sombras de mi pasado y vi aparecer Anita vestida de copihues rojos que adornaban su corazón y entregándome, delante de la luna, hermosÃsimos copihues blancos traÃdos desde su Ñielol para adornar mi alma.
Volvà a cogerme de tu mano Ernestina y caminamos las primeras veredas liceanas, yo henchido el corazón, prendido a la más hermosa de las niñas del instituto, tú con tu pelo de seda, tu suavidad y tu gracia de cristales azucarados que endulzaron, con sus juegos, mis abecedarios.
RecorrÃ, también, los tangos de Dámaso, sus inagotables fantasÃas y sus poemas. Dámaso fue un poeta corporal, vivió sus poesÃas llevando el gusto de la hembra en la sangre. Estoy seguro, que en el más allá, sigue enamorando princesas celestes y procreando fantasÃas sublimes. Recordé en silencio y con nostalgia, con alegrÃa y con emoción, con infinita ternura; el amor más intenso y puro de mi juventud, Pilar. ...Su misterio tan celestial se dibuja en los cristales de mi angustia, y cada vez que hoy pienso en ella se humedece mi rostro.
Me vi jugando en tus columpios, hermosÃsima Eliana, en las tardes de mi barrio, allá por el Carrascal, sintiendo aún tu aroma recogido en los lacónicos segundos de nuestro único baile. Entretanto, Morales trabajando cinturones radiofónicos, gozaba con mis historias tan encendidas, de amores primaverales, él también estaba enamorado. De pronto me quedé aprisionado en una esquina del recuerdo, escarbando desesperado la ternura de un amor desenfrenado, que en una noche de Ipanema, una niña brasilera, allá en el corazón de un Portugal sudamericano, me entregó su amor con inusitado frenesÃ.
No pude dejar el recuerdo sin, de nuevo, acariciar tus ojos verdes Carmencita. ValparaÃso pintó sus cerros y me ofreció sus escaleras cósmicas para llegar al cielo definitivo junto a ti, y, cual gitano errante, continué la senda de mi camino, sin olvidarte y sintiendo, repetidamente, como quema la piel de tu mano, en mi mano.
Aparecieron en el bronce de mi memoria, mi "doñacu" Pedro, Domingo, Carlitos, el chino Kiyoshi, el Lucho Olivares. Prendidos a mi ojal, Eduardo y Anita; Ramiro y Alicia. AllÃ, donde la noche llega de pronto vistiendo ropones de sombra y la mañana aparece pintando de sol las faldas de los cerros, apareció Doña Orfelina, Pilar, Enrique, Gloria y Patricia, que dejaron marcas de imborrable cariño en mi corazón.
No olvidé tu beso MarÃa Elena ni vuestros suspiros, inolvidables Angélicas.
Sin decirme su nombre casi, ValparaÃso me tendió sus brazos infinitos y me amó toda una noche. A la mañana siguiente, trataba de despertar en el mercado, saboreando una embrujante sopa marina y en el ojal un ramo de ajà verde, embriagado aún por el ronquido del mar y el embrujo del aroma marino de una mujer porteña y de los exquisitos platos criollos.
En Santiago, Cuchita, en una casa triste, como un lamento de noche, me regaló toda su ternura en un concierto de flores que difÃcilmente se marchitarán.
Con que ansias recorrà mi infancia y volvÃ, por la magia de mi angustia, a encumbrar mis chonchas al cielo, a jugar al jovencito del biógrafo semanal, montando alazanes ciclópeos, que en cercano pasado sirvieron para barrer los secretos de mi patio y las primeras veredas de mi vida. Iba galopando montañas desérticas, persiguiendo verdaderas acuarelas indÃgenas, no con ánimos perversos, más bien para untarme de sus colores, que como mariposas de luces, pintarrajeaban mis abismos.
Volvà a mis futbolÃsticas pichangas, defendiendo los colores del "Estrella Azul" del "Pitágoras" del "Kid Moreau" y siempre en sueños de niño me veÃa como protagonista del más fabuloso de los goles, que de haber sido realidad, pondrÃan envidioso, al mismÃsimo Pelé.
Mágicas baldosas de mis primeros bailes, las primeras manos entrelazadas entre promesas eternas y las primeras palabras de amor susurradas al oÃdo. Adornaban los manteles, serpentinas de ilusiones y en la mano de la vida, el humo de mis cigarros amarillando mis dedos.
Volvà a acariciar tu mirada, pequeña y revivà con infinita emoción los jardines, las ilusiones, las estrellas, los océanos, la cosmicidad del aire que respirábamos y que recorrimos juntos.
Todos estos recuerdos de mi arcoiris, desfilaron como jardines bañados de sol y de esmeraldas dejando mi alma, en profunda paz.
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¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,
ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos.
Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,
es por el esfuerzo de reirme tanto...
Juana de Ibarbouru
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CAPITULO 2
Soy soñador y romántico. Desde joven, me enamoré del amor, de su misterio y sus dulces decires, (mis amigos en cambio, simplemente, se enamorarÃan de sus novias) tiernos y delicados, tal vez por ese temperamento algo tÃmido y brutal, que inclinaba mi espÃritu a escribir mis sentimientos más que a expresarlos con sinceridad y en presencia de ojos candorosos que, en aquellos tiempos, como rezan evangelios, parecÃan mirarme desde todas las montañas.
Por esta razón, probablemente, muchos de mis amigos acudieron a mà para responder o iniciar precoces romances, con inflamadas cartas de amor, que nacÃan de no sé que divina y sentimental inspiración.
Debo confesar que siempre tuve miedo de la «responsabilidad» que el amor engendraba, parecÃa más de acuerdo, en aquella época, -hoy, todavÃa- con la idea el amor libre. Tú que lees lo que escribo, sé que también te sedujo la idea. ¿Verdad?
La conocà a comienzos de una época en que muchos hombres y mujeres de mi pueblo soñaban con la esperanza de poder cambiar el sistema polÃtico que frenaba desde siempre sus merecidos sueños.
Varios desórdenes marcaban la lucha cotidiana por la vida. Paradojalmente un candidato socialista llegaba al poder por vÃa democrátrica.
El compañero, como se hizo llamar, quiso, llegando al sillón de los presidentes, poner un poco de orden en cuanto a la repartición de las riquezas generadas en el paÃs y que hasta ese entonces, favorecÃan sólo a una casta previlegiada de gentes sin escrúpulos y protegidas por leyes y reglamentos hechos por y para ellos, desde hacÃa ya demasiadas décadas.
Una vez en el poder, trabajó incansablemente para incorporar a la sociedad, por medio del trabajo y la justicia social, a todo un grupo de gentes que, habiendo nacido en el territorio, no habÃan sido jamás considerados, como seres humanos o como chilenos a parte entera.
Respetuoso de la Constitución y la leyes, y utilizando los mismos esquemas de la burguesÃa tradicional, quiso implantar un socialismo al estilo nuestro, al estilo chileno. Un socialismo criollo, por la misma vÃa democrática como llegó al poder, y que él defendió la vida durante, con celo parlamentario. Es asà que en septiembre de 1970, inauguraba su clÃnica en plena Moneda. El júbilo y la fiesta que celebró tan notable acontecimiento, duró por muchos dÃas. El velorio comenzaba a celebrarse en el barrio alto de la ciudad. También se daba la alerta en Washington.
Remecer un poco la administración arcaica y facista de regÃmenes, vergonzosamente acomodados para los ricos, fue su primera gran tarea y preocupación.
Las primeras medidas, harÃan remecer los cimientos de la oligarquÃa chilena y el de los intereses capitalistas extranjeros, por la adopción de leyes como la de la reforma agraria y la de la nacionalización de las principales riquezas naturales del paÃs, hasta ese momento en manos de capitales extranjeros.
Cabe destacar aquÃ, que se trata de capitales extranjeros, cuyo único propósito fue el retirar beneficios escandalosamente superiores con respecto de las inversiones de base, necesarias a la explotación, sobre todo en lo que refiere a materias primas. . El caso del cobre, quedó demostrado con cifras. Denunció y señaló a los cuatro vientos los beneficios excesivos con que se benefiaciaron desde siempre. Asà la nacionalización, contó con el apoyo unánime y, probablemente, lleno de hipocrecÃa de la derecha. La inteligente gestión de Allende no les dejó alternativa.
Nacionalizó también los bancos, poniendo a disposición de los trabajadores los créditos necesarios para asegurar el desarrollo económico del paÃs y controlar la economÃa, en su nuevo despertar.
Ordenó a los patrones cancelar las deudas con el Servicio de Seguro Social, entidad ésta última que era la previsión de los trabajadores, cuyas leyes muy pocos respetaban.
Muy pronto, la derecha económica comenzarÃa a tender sus redes del terror y fuimos testigos de las primeras formas de huelgas patronales o seudo patronales. Los mercuriales lo hicieron creando un desabastecimiento artificial, que quedó demostrado abiertamente luego del golpe de estado por la súbita aparición de mercaderÃas y de alimentos, y dando paso al caos y al mercado negro. Agregado a la irresponsabilidad de seudo burgueses y a la ignorancia de un pueblo que despertaba a la vida. El desencanto y el terror, preconizado por los bandidos derechistas y sustentado por la polÃtica y el dinerillo de Estados Unidos, comenzaba a extenderse por todo el paÃs.
Su amor por los hombres, por su patria y por la justicia, más que por si mismo, irÃa a enfrentarlo, tres años más tarde, contra las más cruel de las dictaduras militares del continente. MorirÃa con la valentÃa de aquellos próceres que adornaron nuestra historia, dejando siempre una lección de coraje. Sus últimas palabras, pronunciadas con la entereza de los valientes, vendrÃan a emular aquà aquel ¡Al abordaje! del héroe de Iquique, que contrarrestaba enormemente con la cobardÃa de generales intronizados por intereses foráneos y también intereses de "chilenos", mal nacidos, que anteponÃan la patria a sus egoÃsmos personales.
Mi sangre galopaba entre fuegos, los postergados de mi pueblo emergÃan del infierno y por fin podÃan leer, escribir, contarse cuentos. Yo, ….yo me habÃa enamorado de nuevo, diez años después que la niña que se habÃa adueñado de mis sueños, celebrará su boda y matara mis fantasÃas. En Sagitario varios de mis ensayos estarán recordándola. AsÃ, decidà ser el protagonista de mis propios cuentos.
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Señalo mi voluntad de resistir con lo que sea,
a costa de mi vida, para que quede la lección que coloque ante la ignominia y la historia
a los que tienen la fuerza y no la razón.
Salvador Allende
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CAPITULO 3
Mi alma, que habÃa permanecido encerrada en calabozos de piedra, helados y húmedos, reconfortada a veces por ternuras lacónicas, se encontró, 10 años más tarde, como por misterioso encanto, enredado en adorables sueños con una misteriosa cauquenina que apareció, como las estrellas, en mi espacio nocturno.
La conocà mirándola a los ojos. Por una de esas hermosas casualidades de la vida, me encontré en casa de uno de sus compañeros de curso, dÃa de cumpleaños. Observarla, conversar y luego bailar, me ligaron inmediatamente a ella. Para mÃ, fue un flechazo, cupido, cupidito y cupidón. Me quedé con la impresión de haberla conocido toda mi vida. Desde ese momento sus quehaceres ocuparon todos mis sentidos.
Desde un comienzo, nuestro romance no fue más atrevido que el de hermosos paseos, que adornábamos, de vez en cuando, con ricos pastelitos de San Bernardo o frescas frutas cogidas en el camino de cualquier paseo, riéndonos de todos aquellos que se oponÃan dolorosamente a que fuéramos o intentáramos ser felices.
Yo trabajaba, como administrador, al servicio de Don Gabo, Ingeniero Consultante para una industria manufacturera de perfiles de aluminio. Don Gabo se convertirÃa, con el correr de los años que trabajé con él, en un hombre, simplemente magnÃfico. Nos entendimos desde un principio, caso sumamente extraño, ya que yo era un tipo, no diré complicado, pero que me gustó siempre ser considerado de acuerdo a la capacidad y la calidad del trabajo que yo entregaba. El asà lo comprendió y terminé considerándole como un segundo padre. Don Gabo, un dÃa, partió con sus aluminios, sus vidrios y sus ilusiones, a instalarle ventanas al cielo.
Mientras ella seguÃa soñando fantasÃas liceanas, mi corazón, que bien parecÃa cicatrizar de la enorme herida de mi primer amor, quiso adueñarse de inmediato de su encanto. Poco a poco nos fuimos acercando, un dÃa mi velero llegó a su puerto y a partir de allà navegamos juntos, mi velero siguió sus vientos.
Este amor, fue por momentos, pasional, casi flamÃgero, atrevido, sensual aunque siempre la razón y el buen juicio calmó nuestros incendios. Tuvimos mucho respeto, el uno del otro, por nuestro naciente amor. Mi apego a ella dio nacimiento a una oposición feroz, sin embargo, resistimos, pocos apreciaban mi persona que fue tildada de comunista, por la simpatÃa que despertaba para mà el programa del Doctor Allende. De "comunistas" catalogaba la oposición facista, a todos aquellos que querÃamos un poco de justicia, sobre todo, para los trabajadores, hombres y mujeres de nuestro pueblo. A pesar de todo, se impuso y triunfó nuestro amor.
Fue el mÃo un enamoramiento idÃlico, pues se afirmó mi voluntad y supe desde que la conocÃ, que debÃa luchar hasta conquistar su corazón ya que me convencà que era la única que merecÃa mi amor.
Ella me colmó de alegrÃa ofreciéndome toda su delicada juventud, sin mezquinar, ni un suspiro de sà misma. Compartimos sueños de niños y jugamos al amor siempre con ansias renovadas y envueltos en placeres caracólicos. Fue asà que jugando, y casi sin testigos, nos juramos amor "eterno" en una Iglesia de Santiago, allá por ese mismo fatÃdico septiembre del año 1973. Año y mes del golpe militar más cruento de la historia de los pueblos de América.
Con sencillez, casi con humildad, - ¿premonición?-celebramos el momento. Nos sentimos felices y aunque no hubo regalos, la repentina decisión dejaba atónitos parte importante de ambas familias. Desaparecà de mi trabajo sin advertir a Don Gabriel, y partimos a ValparaÃso a comenzar a vivir, ¡Por fin! el amor desenfrenado, el amor prohibido, ¡Que felicidad!. Ribaldo y Gabrielita debieron remplazarme en el trabajo.
Luego de una primera noche de tierno amor en un lujoso hotel de Santiago, nos dirijimos a ValparaÃso y alojamos en el prohibitivo Lancaster. Desembarcamos nuestro equipaje envuelto en papel de diarios. En ese momento esas cosas no tenÃan importancia, era más importante el momento que estábamos viviendo, éramos más importantes nosotros mismos.
Corrimos por una playa casi desierta, jugando como niños. Nos pertenecÃamos, podÃamos hacer el amor sin temor al castigo ni a llegar tarde, no tenÃamos que darle cuenta a nadie de lo que hacÃamos o querÃamos hacer. No importarÃa nunca más el tener que regresar a casa con el pelo recién lavado. PodÃamos descubrirnos, acariciarnos, decirnos cuanto secreto guardado de infancia hubiéramos escondido. Éramos felices. Ella me regalaba besos, yo le regalaba besos.
Un año más tarde vendrÃa a compartir nuestra existencia, el primer fruto de ese amor, tan prohibido aún para muchos, Alejandra. Huella de una pasión casi clandestina, pero tan sincera y pura, casi inocente, Alejandra hacÃa su aparición rompiendo, anticipadamente, y de una soberbia patada, su bolsita de agua. Mi compañera serÃa sometida a su primera intervención ya que Alejandra vino al mundo por operación cesárea. Hoy Alejita, que es asà que yo la llamo, está en los veinte años. Mi hija parece buscar en los confines de sus sueños, respuestas más apropiadas a sus anhelos. Sagitario vino más tarde, a diferencia de Alejita, Sagitario es hijo de mis recuerdos, de mi soledad y de mis tristezas, lo es también, de mis emociones y por qué no, de mis nuevas esperanzas. Tristezas que nublarÃan mi vida y la harÃan melancólica, veinte años después. Esperanzas, que me harÃan descubrir en el céfiro de nuevas emociones, el aroma de otra primavera. Alejita, es la primera hija de mi amor, Sagitario, el primer hijo de mi dolor.
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Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Juana Inés de la Cruz
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Continuará
Ahora que he leido muchos relatos y poemas tuyos, puedo decir que esta historia de tu vida debi leerla antes de todo. Ahora entiendo muchos escritos tuyos. No soy ni me creo experta como OTROS, pero si se que me tienes enganchada con Aries. Eso es lo que hace un buen escritor, enganchar y hacer a los lectores devorar los libros. Eso haces. PARA MI ERES EL MEJOR ESCRITOR Y POETA DE ESTA PÀGINA Y DE OTRAS TAMBIÈN, TU SABES.