En los albores del medievo, una comunidad galesa de hechiceros, herederos de los antiguos druidas, conoció su apogeo y decadencia, cuando sus miembros optaron por emplear sus conocimientos de magia negra para fines lucrativos y poco honestos. Pero uno de ellos, llamado Selam Forgal, se desvinculó de aquella funesta congregación y buscó la ayuda de la justicia.
Por su honradez fue perdonado de haber pertenecido a aquélla, pero el resto de hechiceros fueron decapitados públicamente.
Sin embargo, antes de que Forgal acudiera a las autoridades, sospechando su traición pronunciaron un ancestral hechizo por el que volvÃa a la vida el Grimaun, una criatura de la mitologÃa celta. Si ellos morÃan, el Grimaun debÃa encargarse de aniquilar a sus verdugos, incluido Forgal, y sus familias.
Tres dÃas después de la muerte de los hechiceros, un granjero apareció muerto en su huerta, con signos de extremada violencia. Otro dÃa una muchacha que paseaba por el campo al atardecer vio caminar a unos árboles.
Las habladurÃas se extendieron por la comarca rápidamente, mientras las primeras vÃctimas del Grimaun o de su influencia (a su paso los árboles cobraban vida, y no sólo estos, también las estatuas, los espantapájaros y cualquier cosa que tuviera un mÃnimo parecido con un ser humano), salÃan a la luz.
Forgal, que sospechaba quién era el autor de aquellos crÃmenes, meditó sobre la leyenda del Grimaun y cómo le mataron seiscientos treinta y nueve años atrás.
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Una lluvia torrencial martilleaba sobre los campos y los tejados de los graneros. Forgal y su familia caminaban a través de la cortina de agua hacia un prado cercano. HabÃan permanecido ocultos en un pueblo del lÃmite del condado, pero ahora regresaban en el séptimo dÃa desde la aparición del Grimaun para enfrentarse a él.
Pasaron junto a un granero con las puertas de par en par y cadáveres desmembrados entre los fardos de paja. Se apresuraron para evitar más muertes y llegaron a un maizal que rodeaba la mayor parte del prado al que pretendÃan ir.
Forgal advirtió que no habÃa espantapájaros, cuando todos los campesinos del lugar ponÃan uno para ahuyentar a los cuervos. Escudriñó el campo, y quiso creer que se habÃa caÃdo, pero sabÃa que el Grimaun le habÃa dado vida.
Oyeron pasos detrás. Forgal se volvió y descubrió un hombre de mediana edad, que huÃa probablemente. De repente una figura delgada y ocre surgió del maizal y se abalanzó sobre el hombre. La esposa de Forgal lanzó un grito de terror. Allà estaba el espantapájaros. Corrieron con los ojos enjugados en lágrimas, y por fin llegaron al prado.
A lo lejos se alzaba la primera lÃnea de casas de la aldea, y detrás el campanario de la iglesia.
Forgal le pidió a su esposa que se ocultase en un bosquecillo próximo, y él se quedó con sus dos hijas para atraer a la criatura. Dibujó un cÃrculo con tiza blanca y alrededor escribió un conjuro de purificación. Luego entró en él con las niñas, y aguardó.
No tardó en oÃrse el rugido del Grimaun. La criatura salió a campo abierto procedente de las desiertas calles de la aldea y vio el suculento manjar que le esperaba en el prado. Como bestia prácticamente irracional, no sospechó que se tratara de una estratagema, asà que se acercó lentamente bajo la lluvia, cada vez menos intensa, y se detuvo a pocos metros del cÃrculo, que aunque la lluvia lo habÃa borrado, su magia permanecÃa latente.
La criatura intentó coger a Forgal con sus poderosas garras, pero se estrelló contra un muro invisible. Furioso, lanzó un alarido espeluznante. En lugar de intentarlo de nuevo, echó a correr alrededor del prado. A medida que pasaba junto a los árboles, éstos arrancaban sus raÃces y empezaban a caminar. Su esposa quedó horrorizada y se refugió bajo un pequeño puente de piedra que cruzaba el bosque.
Forgal temió por ella, y se maldijo a sà mismo por no haber previsto aquello.
Mientras tanto, el Grimaun y sus soldados de madera arremetieron contra el cÃrculo invisible, pero no lograron penetrarlo. En aquel momento la lluvia cesó casi del todo y un bello arco iris se proyectó en el aire.
El joven miró al cielo. Las nubes se separaban poco a poco, permitiendo al sol colarse entre ellas. Las criaturas atacaron una vez más, aún con mayor furia. Pasaron unos instantes, y entonces el campo se iluminó con una tenue luz anaranjada. El Grimaun corrió a la aldea para ponerse a salvo del sol, pero a medio camino explotó en mil pedazos. En ese preciso instante los árboles, carentes ya de magia, cayeron al suelo estrepitosamente. Al fin, después de tanto horror, la aldea de la colina se habÃa librado de la maldición.