Detrás del vidrio, con la nariz deformada por la presión, miraba por la ventana. Con dolor entendía que la nieve no estaba en esa tardenoche en que el invierno llegó sin prisa y sin apuro. La radio confirmaba que la inminente caída de nieve bloquearía a diestra y siniestra todo rastro exterior. Pero el tiempo pasa y no puedo regresar de la infancia ni volver al instante en que ya todo me dejó de sorprender. Mucho menos esperar que todo siga su curso.
Permanecí apretujado contra esa esquina bien cerca de la estufa. Ni el reloj ni el sueño pudieron distraerme. Solamente una lágrima que fue naciendo de a poco y que agonizaba por mi rostro, hizo que comprendiera que jamás vería nevar y que el vidrio al que permanecí pegado era sólo un cuadro, y que sin el bastón ni la ayuda de nadie ya no podría moverme. Que esa ilusión de la radio desenchufada era sólo uno más de los absurdos anhelos de un viejo triste y solitario encerrado en un olvidado confín.
A pesar del calor, hay un frío que se cuela por alguna rendija invisible que me hiela hasta los huesos, siento que mi piel se vuelve sensible y temblorosa. El reloj sigue marcando y ya nada ni nadie me puede salvar. Hay en el aire una rara sensación, pesada, lúgubre y hasta sentimental. Me recuerda al blanco de la luna, o tal vez al negro oscuro de una noche sin estrellas.
Sé que ya falta poco… es como una sombra que me viene a buscar; un delirio que jamás pude olvidar, ni siquiera engañar. Pero no importa demasiado en este momento.
Dejo caer el bastón al suelo. A duras penas me pongo de pie. Y con las últimas fuerzas de mi vida, rompo la tela del cuadro para poder ver más allá de lo que siempre pude ver. La luz… me dejo llevar. Y hay nieve, mucha nieve. Está fría, dura, es hiriente. No es como la había soñado.
Quisiera volver ahora, pero estoy cansado, cansado hasta para vivir.