Todo empezó en las vacaciones de Pascua, cuando yo me fui con los del catecismo en una casa muy vieja, llena de artilugios antiguos para el campo. La verdad es que yo me la imaginaba de otra forma. Al lado de nuestra casa había un convento de monjas, ellas no nos dejaban hacer nada ¡que rollo!, por la zona que estábamos, había un montón de casas abandonadas y más viejas que la nuestra. Cada casa tenía su historia de miedo, y en el resto todo eran naranjos, ¡no nos dejaban tocar las naranjas! Ni las del suelo ni las del árbol, las del árbol lo entiendo pero las del suelo… y por último siguiendo todo el camino hasta llegar al fondo, había como una montaña que a veces íbamos por ahí.
Al llegar con el autobús, dejamos las maletas en nuestra habitación. Como podéis creer no dormíamos todos juntos, los chicos en una habitación y las chicas en otra.
La nuestra, no era muy grande, pero solo había una puerta que se podía cerrar con llave, los monitores siempre la cerraban para que no pudiéramos entrar, la de los chicos era bastante más grande que la nuestra, pero en cambio tenía dos entradas, una con puerta y otra sin puerta. Es decir, que podíamos entrar cuando nos apeteciera pero deprisa porque a ellos no les gustaba.
Una vez las maletas ya estaban en su sitio, los monitores hicieron un juego para poder conocernos, aunque yo conocía a muchos, pero al menos conocí a más. El juego consiste en lo siguiente:
En que un niño diga un nombre, y el que está de pie con la revista tiene que pegar al que lo ha dicho antes de que se siente en el sito de la persona a la que se lo ha preguntado.
Nos pasamos todo el día con los gatos que tenían las monjas, y nos acostamos muy cansadas. Como las colonias solo duraban tres días y dos noches, al día siguiente aprovechamos todo el tiempo a tope.
Primero almorzamos, luego los monitores nos hicieron un juego que fue:
Teníamos que estar en grupo y buscar cartulinas, en cada una había un nombre de la Biblia y pegarlo en una cartulina muy grande donde ponía nuestro grupo. Cuando cogiamos uno y los monitores lo veían nos hacían una pregunta, si la contestábamos bien nos dejaban continuar, cuando lo hacíamos mal nos cogían la cartulina. Mi grupo y yo ya estábamos hartos de que nos quitaran las cartulinas, así que les hacíamos la pelota, “tu ya nos has preguntado” “déjanos pasar, venga que ya nos han quitado un montón de cartulinas”. Había veces que nos dejaban ir y otras no, pero lo que importa es que al final perdimos, tanto esfuerzo para nada, pero es que no perdimos siendo casi los ganadores; fuimos los últimos ¡que lástima!
Por la noche hicimos un juego que se trataba de ir con las linternas en busca de dos “malos”, que eran dos monitores. Ellos, si nos tocaban, nos hacíamos “malos”, pero si nosotros les tocábamos antes habíamos ganado. Como os podéis imaginar, nosotros como éramos más les ganamos.
Al volver a la casa vimos que las luces estaban encendidas y al mismo tiempo parpadeaban. Todos asustados de lo que podía estar pasando entramos en la casa, hasta llegar a la habitación de las chicas. Vimos que los muebles estaban todos tirados por el suelo, las maletas por ahí y por allá, las camas todas desechas y las literas todas movidas.
Bajamos enseguida al comedor, algunos niños lloraban y yo estaba muy asustada, casi a punto de llorar. Los niños que lloraban los monitores los llevaban a fuera a tomar el aire y se pasaban un rato hablando hasta que les pasara.
De repente, de la habitación de los chicos que conectaba con el comedor, alguien tiró unas pocas mochilas. No sabíamos quien era, pero lo que si sabíamos es que arriba no había nadie.
Dos monitores y cuatro niños, yo uno de ellos, subimos arriba para ver quien había, pero no había nadie. Bajamos a decirlo y una monitora se puso a vomitar.
Ahora más asustados que nunca nos pusimos a hablar con los niños que teníamos al lado. No se sabe como la puerta se abrió, un monitor fue a ver quien había pero no había nadie. Lo que a mi más me intrigaba era que los niños que habían llorado, no estaban asustados.
De la puerta que se había quedado abierta entró un hombre todo enmascarado. Todos asustadísimos, nos quedamos impresionados. Pero los niños que habían llorado no perecía que lo estaban.
El hombre se sentó en un banco que había y se quitó la máscara. Resultó ser Ramón, el hermano de una monitora. Los monitores nos confesaron:
-Era todo una broma- dijo uno- la broma del último día.
-La monitora que se ha puesto a vomitar, le hemos dado unas pastillas que causan ese efecto- continuó otro.
Al final descubrí que los niños que se habían puesto a llorar, cuando los habían sacado fuera, para que no tuvieran miedo les dijeron la verdad de ese misterio.
Al día siguiente vinieron los padres a buscarnos y nos fuimos a casa.
FIN
Saludos Paula Senar Es una historia muy buena, una experiencia muy divertida a mis ojos, me gusto leerlo, te felicito, has escrito bien, ya que a tu edad lo has sabido hacer, te felicito. Angelus...