Se paro frente a su tela y finalmente suspiró; Donatello había trabajado arduamente durante noches y días, sin descanso, sabiendo que la inspiración debe ser aprovechada al máximo cuando llega. Todo su arte fue plasmado en su obra, esa que nace de la libre expresión y del trabajo en soledad; era tanto el orgullo que sentía por ella que no veía la hora de mostrarla a quien sin pedirlo, él había sentido que la necesitaba; y sin mediar palabra, por su simple forma de ser y querer dar, la había realizado.
El sol comenzó a vislumbrarse en el horizonte, y a pesar de su cansancio, tomó su tela y se dirigió raudo a entregarla a su dueño, aquel que Donetello había elegido para suplir la necesidad que este padecía. Al llegar a la puerta de aquella casa pensó para sí sobre el horario. ¿Es que sería muy temprano? Y se dijo, “Jamás es temprano para admirar el arte”.
Con suavidad golpeó la puerta y esperó; esta se abrió y un ama de llaves le preguntó que necesitaba; a lo que Donatelo le explicó que traía una cuadro para su señor; dicho esto la señora le hizo pasar y tras pedirle que esperara se retiró; al cabo de unos minutos apareció el Señor. Donatello con su humildad de siempre le explicó:
- “Traigo para usted esta mi obra, que llenará de felicidad su visión cada vez se pare frente a ella”
Pero el señor, sabedor de su poder y cruel en sus apreciaciones dijo:
- “Esto no es un Picasso, mucho menos un Durero; ¡Esto, sólo es un garabato!”
- “Pero Señor, la gente, mis discípulos, quienes la han visto, le han admirado; sus comentarios fueron halagadores”
- “Quizás la plebe; quienes desconocen del verdadero arte. Yo sí he visitado grandes salones y cientos de presentaciones, pero esto no se aproxima al buen gusto de un verdadero artista”
Con gran congoja y dolor, Donatello, tomo su obra maestra y retornó sobre sus pasos. Los silencios de su soledad nuevamente se cernieron sobre su cuerpo, no sobre su espíritu, a pesar de tan brutales palabras, él se sabía bueno en lo suyo; y aprovechó su viaje de regreso para calmar su cuerpo e insuflarle el valor para continuar.
Ya en su humilde morada, depositó su lienzo nuevamente sobre su atril; no quiso borrar el dibujo anterior; sobre la misma tela y con igual amor y dedicación, comenzó a esbozar líneas muy simétricas y una gran circunferencia. Nuevamente pasaron días y noches, que para Donatello sólo eran fugaces instantes.
Finalmente, y como aquella primera vez, suspiró al terminar su dibujo; esta vez, un gran ojo, único, pero finamente dibujado hasta el último detalle, tan preciso y exacto que cualquiera diría que era real; y en un nuevo amanecer se dirigió nuevamente a la casa del Señor. Esta vez el ama de llaves no formuló pregunta, sólo se limitó a hacerle entrar; pero los minutos fueron muchos más que los de la primera espera; hasta que la figura del Señor se recortó contra el marco de la puerta. Donatello, entonces en silencio, extendió sus manos ofreciendo su cuadro; pero ahora el Señor tras un gesto de asombro dijo:
- “Excelente, bellísimo, único; que exactitud. ¡Es increíble!”.
- “Señor. ¿Realmente le agrada mi obra? Sólo es el dibujo de un ojo”
- “No me refiero sólo a ese ojo dibujado tan perfectamente, si no, a la bella imagen de mujer que se refleja en el; es bellísima y podría llegar a enamorarme de ella”
- “Señor, yo no dibujé ninguna mujer reflejada en ese ojo; lo que usted ve, sólo es la imagen de mi primer cuadro, aquel que traje para suplir su dolor por la pérdida de su amada”
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