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Era el único lugar donde podía sentirse en paz. El resto era ruido que se metía por sus oídos y lo taladraba por dentro, un aluvión de agua que intentaba arrasar con él y llevárselo a un pozo sin fondo. Afuera el mundo se debatía entre la vida y la muerte, y él no sabía por cuál de los bandos optar. Dentro, todo el miedo parecía disiparse y sobre las paredes las arañas tejían voces plácidas, que le ataban el cuerpo a un vaho que él creía se asemejaba al vientre materno, del que ya no tenía recuerdos.
La biblioteca era fresca en verano y en invierno olía a queroseno por las estufas que rodeaban los corredores. Los libros, todos eran para él, no había reglas y detrás del mostrador la bibliotecaria siempre estaba sonriéndole y recomendándole lecturas que llenaban sus tardes. La tarde en la que el niño descubrió ese lugar supo que la vida ya no sería tan terrible; comprendió que no importaba cuánto sufrimiento hubiera fuera, siempre tendría ese refugio esperándole.
Por eso, cuando esa mañana se levantó y su madre le dijo que la inmensa biblioteca del pueblo había ardido durante la noche no lo creyó; esa fue la única vez que faltó al colegio, tenía que verlo con sus propios ojos. El edificio, antes blanco y luminoso había sido invadido por las sombras, los cristales estaban renegridos y gran parte del ala donde él solía sentarse a leer había quedado completamente a la intemperie. Muchos libros perecieron en el incendio, muchos de ellos que el niño desconocía.
Pasaron los meses, todo fue recuperando su vida normal, pero el niño nunca volvió a ser el mismo ni a descansar en paz. Cada mañana se levantaba con el pálpito de que nuevamente muchos de sus amigos habían pasado a mejor vida. Desde entonces cada vez fueron más usuales sus faltas al colegio y consumía su tiempo entre aquellas paredes: leyendo vorazmente para guardar aquellas historias, convencido de que si era capaz de leerlo todo, ningún incendio podría llevarse la vida que moraba en esas páginas.
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