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El nuevo cole

Aquella mañana, cuando Alba se despertó, notó como si un millón de hormigas se pasearan por su estómago. Abrió los ojos de par en par y saltó de la cama. ¡Estaba muy nerviosa porque empezaba en un nuevo colegio! 

Durante el desayuno, apenas pronunció palabra alguna. Solo podía imaginar cómo sería su nuevo cole, sus nuevos compañeros, si los niños y las niñas serían cariñosos con ella, si le gustaría su aula, si la comida estaría rica…

– Vámonos ya o llegarás tarde el primer día.

Alba se calzó, agarró un estuche y una agenda y salió por la puerta.

Al entrar en el colegio la invadió una sensación muy extraña: todo era desconocido para ella y el edificio le pareció inmenso, casi aterrador. Muchos de los niños que iban hacia sus aulas en ese momento la miraron con curiosidad. Pero ninguno le dijo nada. A Alba le parecieron pequeños monstruitos que se reían de forma horripilante.

Fue la directora de su nuevo cole la que le indicó a Alba cuál sería su aula. Como era su primer día, la acompañó y se la presentó a la clase. Los niños la miraban con ojos penetrantes. Alba estaba muy asustada. Temía equivocarse, fallar, y que se rieran de ella.

Cuando la directora se marchó, Alba se sentó. No sabía por dónde empezar. No conocía a nadie. No recordaba absolutamente nada: ni de lengua, ni de matemáticas… era como si todo lo aprendido se hubiera borrado de su mente. Pensaba que este nuevo cole era muchísimo peor que su antiguo cole.

A la hora del recreo Alba no salió al patio. Se quedó en clase repasando sus tareas y ojeando los libros de texto. ¡No quería juntarse con nadie! Le daba mucha vergüenza. Pensaba que sus nuevos compañeros empezarían a hacerle preguntas y Alba no tenía ganas de hablar. ¡Solo tenía ganas de gritar y de salir corriendo de ese lugar!

Por fin, tras una jornada que a Alba le pareció una eternidad, sonó el timbre. No le gustaba nada su nuevo cole: los niños le parecían seres monstruosos, aterradores. También la directora, quien le había dado un montón de instrucciones que no comprendía.

Una vez en casa, se dispuso a tumbarse en el sofá y relajarse, olvidarse de lo odioso que había sido su primer día de cole. Tan solo tenía ganas de dormir, de desaparecer… Entonces sonó el teléfono.

– Hola, mamá…

– ¿Qué tal tu primer día, hija…?

– Muy mal. ¡Ha sido horrible! ¡Mañana no quiero volver! ¡Ni pasado! ¡No quiero ir al cole nunca más!

– Pero Alba, eso no es posible. Sabes que hay que ir al colegio…

– ¡No quiero, mamá!

– ¡Alba! ¡Hay que ir, y punto!

– Pero mamá, no lo entiendo… ¿por qué tengo que ir al colegio?

– ¿Que por qué? ¿De verdad me estás preguntando eso? Tienes que ir al cole porque tienes 40 años y eres la maestra.

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