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Leyenda de los crímenes de Don Juan Manuel de Solórzano

La leyenda procede de la época virreinal de la Ciudad de México. Ubicada en la Calle de Uruguay no 94, Col. Centro se encuentra la edificación que alguna vez fue la casa de Don Juan Manuel de Solórzano, un rico hacendado sin herederos y con una esposa muy joven y bella. Este hombre mandó llamar a un sobrino suyo que residía en España con la intención de que le ayudase a administra su fortuna.



Pero las cosas no resultaron como él había pensado, pronto sintió celos de este joven bien parecido que pasaba los días enteros muy cercano a su esposa. Tanta fue su coraje y confusión, que recurrió a los servicios de una hechicera para concretar un pacto con el Diablo. Éste, a cambio de la obediencia absoluta de su alma, le prometió la venganza.



Para llevarla a cabo, debía salir de su casa con un puñal justo a la medianoche, y matar al primer hombre que encontrase, ya que el poder demoníaco pondría a su sobrino frente a la puerta.



Don Juan Manuel hizo lo que el Diablo le indicara y a la noche siguiente dio muerte a un hombre en la calles de Ciudad de México. Pero luego se dio cuenta de que el Diablo le había engañado, ya que el muerto no era su sobrino. Desesperado por haber causado la muerte de un inocente y por temor a lo que se asesinato pudiera provocar en su reputación, se colgó.



Desde esa noche, Don Juan Manuel suele rondar las calles de la ciudad en busca de su sobrino, exigiendo al Diablo que cumpla con su parte del pacto.



Se dice que las personas que son halladas muertas de una puñalada en las calles son víctimas de la ira nunca satisfecha de Don Juan Manuel.



Actualmente el lugar donde el hombre hábito, se renta para fiestas y eventos sociales, por si alguien quiere incluir en su celebración una posible presencia del más allá.



El usurero del baratillo



El hombre fue muy conocido en la Plaza del Baratillo. Allí vivió todavía en tiempos de la Revolución de 1910. Solo se le veía un par de veces al día, cuando el hambre le obligaba a bajar la escalera de su casa. Las horas restantes del día el zaguán permanecía hermético. Rápidamente cambiaba unos centavos por atole y tamales o por nopales y tortillas, según la hora, no cruzaba palabra con nadie, y volvía inmediatamente a su encierro.



Era un hombre demacrado, de mirada extraviada, blanco, estatura regular, bigote y piocha que dejaban ver evidentemente un rostro sin afeitarse. Vestía pantalón negro y camisa que fue blanca en otros tiempos. Tenía tanto dinero que por haber acumulado tan inmensa cantidad de monedas de oro perdió la razón. Desde un ropero llevaba las talegas a su casa y allí las depositaba. El ruido que producían las monedas al chocar era toda su obsesión. Se dice que ese tesoro lo consiguió por prestar con muy altos intereses.



Prestaba su dinero en oro y ponía como condición que se le devolviera en oro. Una ocasión tropezó con un hombre más listo que él, quien logró sacarle a plazo corto como dos mil pesos con el 25 por ciento, pagaderos en ocho días, pero en lugar de liquidar la deuda, huyó llevándose el dinero. Fue esta la causa definitiva de su locura. Desde ese día para el usurero no hubo más obsesión que contar su dinero y chapotear con sus manos repletas de monedas, que dejaba escurrir para escuchar cómo sonaba al golpear unas con otras.



Se dice que el hombre murió rodeado de algunas de sus tan amadas monedas de oro, pero desde entonces los vecinos lo ven casi todas las noches, y las familias que han vivido en esa casa oyen sus pasos en las escaleras que suben o bajan, también se escucha el tintineo de las monedas.



Es el usurero del Baratillo que cuenta su tesoro, tesoro que, como hasta ahora nadie lo ha encontrado, se asegura que sigue escondido en varios sitios de la casa, pues en medio de su gran avaricia pensaba que de ese modo jamás podrían encontrarlo.


Datos del Cuento
  • Categoría: Terror
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