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Aquella mañana, en las costas del Océano Índico, algo comenzó a ir mal. Era muy extraño: el mar comenzó a retirarse de la tierra, dejando al descubierto playas gigantes. Los pájaros cantaban de un modo diferente y los elefantes, comenzaron a huir tierra adentro. Los habitantes estaban muy asombrados: nunca antes habían visto cómo el mar desaparecía. Tampoco habían visto a los animales tan nerviosos. Y se quedaron mirando.
Pero en una isla en medio del Pacífico, la tribu de los jarawa no quiso esperar. El jefe de la tribu dio una orden clara y rotunda a los habitantes de la isla de Andamán.
– ¡Rápido! ¡Debemos subir a la montaña!
Todos los jarawa le hicieron caso de inmediato. Tenían muy claro que un gran peligro se avecinaba. Agarraron a sus hijos y huyeron tierra adentro.
Los habitantes de otros lugares del Índico continuaban mirando asombrados la huida del mar. Hasta que éste se detuvo. Entonces, una ola gigantesca, de 30 metros de altura, comenzó a acercarse rápidamente a la costa. Entonces llegó a la orilla…
El mar comenzó a engullir la tierra, arrastrando todo lo que encontraba a su paso, arrancando palmeras, tragándose a las personas… destrozándolo todo. ¡Se trataba de un tsunami! Un enorme maremoto había hecho que el mar se desbordara, provocando el caos.
– ¡El mar! ¡Nos traga el mar!
-¡Socorro!
– ¡Huyamos!
Cuando el agua se retiró, tan solo se oía el silencio. Un silencio largo, hueco, como de otro planeta. El paisaje se había transformado: todo era lodo, escombros, árboles caídos, casas derrumbadas. Muchas personas no lograron sobrevivir a la gran inundación y se ahogaron. ¡Se trataba de una terrible desgracia!
Pasaron tres días. La desolación era absoluta en las costas del Océano Índico. Los supervivientes intentaban reponerse a la catástrofe mientras la autoridades se esforzaban por restablecer el orden y buscar a las personas desaparecidas. Entonces alguien se acordó de los jarawa.
– ¡Seguramente no haya supervivientes! Ellos solos, en una pequeña isla. Si aquí el mar engulló gran parte de la costa, es probable que se haya tragado esa isla por completo -se lamentó uno de los responsables de la patrulla de rescate.
– ¡Debemos ir! -replicó su ayudante.
– Será inútil. ¡Si países tan importantes como La India o Tailandia, con tecnología, ¡con sismógrafos capaces de predecir tsunamis!, no han sido capaces de anticipar esta desgracia, ¿Crees que una tribu prehistórica lo habrá conseguido? Imposible -desistió el responsable.
– ¡Pero debemos comprobar cuál ha sido su suerte y prestar ayuda a los supervivientes! Si los hay… -insistió el ayudante.
Así que se pusieron en marcha. El equipo de rescate se montó en un helicóptero y voló hasta las islas Andamán. Pero cuando llegaron no encontraron a nadie. No había ni rastro de los jarawa. En ninguna playa. Era como si se los hubiera tragado el mar.
– Son una tribu de pescadores, viven muy cerca de la playa. Seguramente los sorprendió el tsunami y el agua los arrastró mar adentro. Vayámonos. No hay nada que hacer… -quiso rendirse el responsable de la patrulla de rescate.
– ¡No podemos rendirnos! Busquemos un poco más. Miremos en el interior de la isla -propuso el ayudante.
Los rescatadores sobrevolaron la isla. De pronto, el piloto divisó a un grupo de personas en lo alto de una montaña. ¡Eran los jarawa!
Después de tres días sin apenas comida ni agua, bajo un sol abrasador, los miembros de la tribu estaban desfallecidos. Pero estaban vivos. Todos. Desde el primero hasta el último.
– ¿Cómo lográsteis sobrevivir? ¡Es imposible! Las costas continentales han quedado arrasadas -preguntó, muy desconcertado, uno de los rescatadores.
El anciano jefe los miró fijamente. Guardó unos segundos de silencio y luego dijo:
– Mi mundo está en la selva. Tu mundo está ahí fuera. Los jarawa supimos que se avecinaba una desgracia porque escuchamos cantar a los pájaros.
– ¿A los pájaros? -se extrañó el rescatador.
– Los hombres como tú, que se llaman a sí mismos “civilizados”, han conseguido muchas cosas. El hombre “civilizado” ha conquistado tierras, personas, animales… ¡Incluso asegura haber viajado a las estrellas! A cambio, habéis dejado de fijaros en las cosas importantes. Ya no entendéis las palabras de la Madre Tierra. No sabéis interpretar las señales de los animales. Y hace mucho, mucho tiempo, que dejasteis de escuchar a los pájaros.
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