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Era imposible no sentir cierta sensación de intranquilidad. El ambiente en los suburbios de la ciudad estaba muy cargado. El miedo y el odio hacÃan irrespirable el aire, un aire intoxicado de recuerdos. Eran años oscuros, sin duda. Sobrevivir era el objetivo, por encima de todo. Ética y moral habÃan quedado atrás para la mayorÃa, desapareciendo junto al Antiguo Mundo. Violentas pintadas hechas con spray barato acompañaban a uno en su trayecto a través de los arrabales. Cierto olor a plástico impregnaba el ambiente, señal de hogueras cercanas. El frÃo era un silencioso enemigo, y más en esa zona de la urbe. Amasijos de hierro y chatarra adornaban y servÃan de cobijo a más de un habitante de los suburbios. En otra época fueron caros vehÃculos, propiedad de gente de etiqueta. Años de oro para algunos, de miseria para otros. Ésta última gobernaba enteramente la ciudad. Algunas personas huyeron presa del pánico, otros, la mayorÃa, murieron. Aún era posible encontrar individuos, carentes de sombra y carcomidos por recuerdos, vagar por el levantado asfalto.
Desde esa parte de la ciudad era posible contemplar los desmesurados edificios del centro, que abrazaban el cielo, un cielo que se tornó gris para siempre. Algunos, convertidos en ruinas, servÃan de cobijo a algunas familias. El tamaño del complejo y los recuerdos que evocaba el monótono cielo junto a los escombros provocaba vértigo al espectador. Las calles hacÃan recordar el fatÃdico dÃa.
Los pasos de Wendy rompÃan el silencio. El color rojizo de su pelo conjuntaba con las frases y nombres escritos en la pared. Estaba inquieta, afanosa. Deseosa de llegar a "el palacio", aligeró el paso. El descubrimiento hecho media hora antes en los bosques del sur, más allá del gueto, la dejó petrificada. Necesitaba soltarlo, de lo contrario explotarÃa. Tras unos instantes, por fin, se dibujó la figura de "el palacio".
Abandonada años atrás, tras el desastre, esta antigua fábrica fue habitada y remodelada por un grupo de personas. A la mayorÃa les habÃan sido arrebatados los seres queridos, la vida y la dignidad. Estos supervivientes habÃan encontrado en el gueto de las afueras un lugar en el que sentirse seguros, alejados de las extrañas criaturas subterráneas que la destrucción atrajo del subsuelo, alejados de la tiniebla, alejados, en definitiva, del centro de la ciudad. Si habÃa un lugar en el que poder volver a empezar, ese era "el palacio".
El tamaño hacÃa imponente a esta estructura y su oscura fachada hacÃa rememorar etapas industriales, de paredes sucias por la polución. Se accedÃa por un gran portón, que contaba con un gran número de cerraduras para evitar posibles saqueos. Innumerables ventanas, protegidas por verjas en los primeros pisos, acrecentaban el aspecto fabril a la fachada principal. En la parte superior se levantaba una torre, utilizada ahora para vigilar. El edificio además contaba con un gran patio. Unas vallas electrificadas protegÃan el perÃmetro.
- ¡Wendy, pequeña!
Saludó alegre el viejo Tom cuando vio a Wendy llegar. Tom era perro viejo. Nadie conocÃa su edad, pero era el más veterano. Antes de la invasión era profesor de filosofÃa. Lo perdió todo. Su barba y sus americanas de pana le delataban como amante de las letras y del pensamiento.
- ¡Tom, deprisa, avisa a los demás! No vas a creer lo que he visto en los bosques del sur, entre la maleza...
- ¿Qué coño hacÃas tú sola por esos lugares?
-¡Deja tus discursos paternalistas, viejo! ¿Dónde están?
- El grupo ha salido a buscar chatarra al centro de la ciudad. Estarán de vuelta antes del anochecer. No es seguro andar por ahà cuando se va la luz del sol…
-¡Mierda! Sentémonos y te contaré lo que he encontrado.
El viejo Tom comenzó a preparar la fogata para caldear la sala. Estaba ansioso por escuchar a la joven.
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