VivÃa en un pueblecito de Alemania una mujer madura llamada MarÃa, ella era cubana y al igual que muchos de sus compatriotas, un buen dÃa habÃa tenido que salir de la isla en busca de unos horizontes mejores.
De ascendencia española, siempre habÃa querido ser algo, un algo nada definido, pues en esta vida, aquello que deseamos siempre debe ser algo muy claro, no hace falta que esté o no a nuestro alcance, pues la ilusión es algo que nutre tanto al cuerpo como al espÃritu, pero siempre es necesario marcar una ruta antes de iniciar el camino, so pena de perdernos en el mismo de no hacerlo asÃ.
MarÃa soñaba con ser como el rey Midas, aquel fabuloso personaje cuya avaricia lo condenó a convertir en oro todo lo que tocaba, aunque en este caso, el dorado lo deseaba solo para ella, y no en forma de preciado metal, no, no eran afanes económicos los que movian a MarÃa, eran afanes sociales; MarÃa deseaba ser aquello que no veia reflejado en ningún espejo, ni siquiera en ese que es invisible a todos y en el que nos miramos cuando estamos a solas, ese que nos enseña el interior y no la parte externa de nuestro cuerpo, pues de estos último espejos, los convencionales, aquellos a los que todos nos asomamos de vez en cuando, MarÃa ya hacia tiempo que les habÃa declarado la guerra, pués lejos de devolverle aquella imagen con la que ella soñaba, MarÃa se encontraba con un cuerpo en el que el paso del tiempo iba haciendo su mella y los kilos inexorables iban llenando de felices redondeces... o no tan felices, pues MarÃa no era feliz.
MarÃa se habia forjado durante toda su vida un mundo paralelo en el que ella era la protagonista sin par de todo, ella era la perfecta esposa, la ideal amante, la escritora de gloria, le poetisa llena de gracia y sentimiento, ella era a sus ojos la perfección, tan solo sombreada por la cruda realidad de saber que en el fondo, no era nada de eso que anhelaba. AsÃ, una noche, convovo a sus orishas y les pidió todo aquello con lo que siempre habÃa soñado: reconocimiento social, belleza, sensibilidad, felicidad, todo, lo pidió todo, pero le faltó el ingrediente principal que se debe utilizar en estas lides, la humildad, pues debeis saber que MarÃa nunca habÃa sido persona humilde.
Asà que sus plegarias llegaron de la mano de Ochá hasta la casa de San Lázaro, el encargado de cumplir los deseos mortales y este, en un momento de picardÃa, como suelen tener todos los santos poderosos, se encarnó en el Rey Midas y una noche de lluvia se apareció a MarÃa:
-MarÃa, me envÃa Ochá a satisfacer tus deseos.
MarÃa se asustó al principio y no atinaba a comprender que pintaba el rey midas en todo aquello, asà que con cierta prevención, le preguntó:
-¿Y tu que pintas en todo esto, si tu tan solo eres un personaje de cuento que fue condenado a convertir en oro todo lo que tocaba?.
A lo cual, el Rey le contestó:
-Me envÃan para que midas muy bien tus deseos, con el fin de que no te ocurra lo mismo que a mi; asà que medita bien cual va a ser tu deseo, pues todo te vengo a conceder, pero deberás ser cauta y prudente al solicitr tal favor.
MarÃa, ya más calmada, meditó bien lo escuchado y en su infinita simpleza, no se le ocurrió más que pedir:
-Jamás quiero que me ocurra lo que te ocurrió a ti.
Dicho y hecho, el rey asintió y en nombre de San Lazaro, le concedió el deseo; MarÃa quedo contenta, pensando, que como de costumbre, se habÃa salido con la suya, MarÃa siempre pensaba que se salia con la suya.
Desde entonces, MarÃa todo lo que toca... lo convierte en puro excremento, las amistades, los romances, los escritos, los poemas, todo. Asà que desde su paraiso, San Lázaro se sonrÃe cada vez que piensa en MarÃa, pues esa noche en que se encontraba muy pÃcaro, le concedió su deseo y efectivamente, no mintió; le concedió aquello que MarÃa habÃa pedido, jamás le ocurrirÃa como al Rey Midas, jamás lo que tocara se convertirÃa en oro.
Desde entonces MarÃa disfruta de falsas amistades, de amantes que no la aman, de personas que no la aprecian, escribe inmundos libelos y su infelicidad... crece. Ahora ya es tarde, MarÃa envejece y ya no puede remediar lo pedido y asà se ve condenada hasta que abandone este mundo a no tener nada hermoso a su lado, pues todo lo que toca... huele.
Aquà hay un leve sabor a un Cristobal Colón despechado. A todos nos ha ocurrido...¿ qué podremos hacer ? Olvidar, no más, y quedarnos callados...digo yo.