Las anacondas aladas acorralaban poco a poco a la humana, Kraia, que intentaba desesperadamente buscar una salida. El caballo que ella habÃa encontrado en una pradera cercana relinchaba nervioso, y pisaba algunas tracondas. Kraia vió un destello en la montaña, y se sintió furiosa. Ella se dejaba acorralar por unos gusanos alados, mientras el ser más poderoso de Kandcuat, Asplyon (o Aspyon), la esperaba en aquella montaña. En cualquier momento la esencia podÃa apagarse, y Kraia no podÃa consentirlo. Cuando una traconda de un metro estaba apunto de hincarle el diente, Kraia montó en su caballo, que se irguió sobre dos patas, relinchó, y se puso a correr. La traconda alada de dos metros les siguió volando a una velocidad increÃble, mientras que los gusanos enanos les seguÃan reptando desde el suelo. El caballo corrÃa tremendamente rápido; igual que Spank, y era sorprendente, pero esta yegua tenÃa los mismos colores que su caballo. El caballo de Kraia corrÃa, y las tracondas también. Llegó a un punto, en que la serpiente alada gigante estuvo muy cerca. Su hocico rozaba el brazo a Kraia. Ella le intentó darle un puñetazo, y cuando tocó a la anaconda, la yegua dió un relincho y Kraia tuvo que desviar la mirada. Y de repente, sintió un dolor dolorosamente fuerte en el brazo. Era punzante, como si le hubieran clavado tajantemente dos navajas en el brazo. Sucedió en un segundo. El caballo de Kraia se paró en seco al borde de un barranco, varias tracondas enanas cayeron al vacio y la gigante voladora aterrizó en el suelo, justo enfrente de Kraia. Ella se miró el brazo derecho y vió que habÃan dos cortes negruzcos y profundos, en los que borboteaba la sangre abundantemente. Kraia se cogió el brazo con la mano izquierda para taparse la hemorragia. Otra vez, los reptiles siseantes les habÃa acorralado, y esta vez no habÃa escapatoria. El precipicio no era muy vertical, pero era profundo y de rocas punzantes. Varias tracondas murieron, quedando enganchadas en los pinchos rocosos. La yegua miraba el barranco con decisión. La traconda gigante, seguida de unas cien serpientes, le dirigió la palabra a Kraia --Nosotrass ssomos las guardianass de esste bossque. Esstos terrenos noss fueron confiadoss de la mano de Asstro. Eliminamos cualquier humano que se atreva a atacarnoss, y profanar nuesstros terrenoss... ssSsS - Kraia no sabÃa que decir. Soltó las riendas del caballo y se dispuso a bajar de la yegua para intentar hablar con las tracondas, pero el animal le empujó con el hocico, y saltó al barranco... Por unos segundos parecio que la yegua volara entre el cielo, que unas alas invisibles planearan aprovechando la brisa... Pero el caballo cayó fuertemente al precipicio del barranco. Por suerte, cayó en el borde; Entonces, se puso a bajar el profundo acantilado, sorteando agilmente las rocas puntiagudas. Bajaban con mucha velocidad a causa de lo vertical que era aquella rampa natural, pero la yegua no se detenÃa y avanzaba con valentÃa, sin mirar atrás, sin pararse. Kraia hechó una mirada a su alrededor por si la traconda alada los seguÃa; era cierto, pues el dragón de dos metros planeaba por encima del barranco, siguiéndolos a una velocidad menor, pero tampoco exagerada. Estaban a unos treinta metros del final del barranco, donde se extendÃa un frondoso bosque. La traconda ganaba terreno. Pero, de repente, un silbido cruzó el aire, clavándose en el dragón alado. Una flecha atravesó la fina membrana de sus alas. La traconda cayó al suelo, y unas afiladas rocas se clavaron en su costado. Esta no se volvió a mover más. La yegua, sin querer tropezó con una roca, a unos cinco metros del suelo, y Kraia salió disparada por el suelo. Rodaba por lo que quedaba de barranco. Fué a parar al regazo de una extraña criatura, que la tendió suavemente en el suelo, ahora cubierto de hierba. Kraia abrió un momento los ojos... distinguió un borrso rostro humano que le decÃa algo... pero sintió un dolor en la cabeza y cerró los parpados. Cuando Kraia despertó, era de noche. Estaba tendida en el suelo, protegida con una piel de lo que parecÃa ser oso. Enfrente suyo, un joven hacÃa una hoguera. Su caballo y la yegua de Kraia, pacÃan tranquilamente. El joven estaba tostando unos pescados clavados en un palo. Kraia, somnolienta, se acercó. El joven, al verla, se levantó y le dijo: -Ya te has despertado.. El golpe que te distes en la cabeza fué fuerte. ¿Como se te ocurre bajar por el acantilado? -Dijo el chico. - Escapaba de unas tracondas. -Replicó Kraia. Se sentó al lado del joven, cogió uno de los palos, pinchó un pez de los que habÃa en una piel sobre el suelo e imitó al joven, tostándolo junto al fuego. -¿Quién eres? -preguntó el joven. Kraia lo observó desde cerca. Sus ojos eran de un extraño color gris, y sus orejas acababan en punta. El pelo, moreno y largo, lo llevaba recogido en una trenza. Llevaba una liviana armadura. Kraia calculó que tendrÃa unos 18 años. - Soy Kraia Scroll, vengo de un tiempo del que no sabes y busco... -Se paró. -Busco... Un... una hierba medicinal que está en las montañas, porque mi padre se está muriendo y necesitamos esa flor, que solo crece en esas montañas. -¿En las montañas de la muerte?Kraia, en esas montañas no crece ni la más marchita ortiga. Pero, si te empeñas en buscar esa flor... -El joven se pusó los brazos cruzados en la cabeza, y se tumbó en la fresca hierba. Kraia no sabÃa nada de este extraño, por eso cogió su arco y sus flechas y le dio una ligera patada. Le apuntó con su arco. El joven parecÃa sorprendido. -¿quién eres? -Dijo Kraia. -¿vienes de parte de Astro, el perdedor? te aviso de que matando tracondas soy un as, y ahora que tengo tu arco, podrÃa volarte los sesos, robarte el caballo e irme en busca de Aspylon. DejarÃa que las tracondas te devoraran y asà les ganarÃa ventaja. Pero te advierto, si me tocas, la flecha se clavará en tu cabeza y no volverás a ver siquiera una traconda. -Soltó Kraia. El joven soltó una carcajada. -No temas, Kraia Scroll. Me llamo Arnoc, hijo de Neoc. Tan solo venÃa a eliminar unas cuantas Endeias porque están atacando a mi pueblo. Mi padre, me ha enviado. Si buscas al legendario Aspyon, puedo acompañarte. No se ni me importa quién sea ese tal Astro, pero si lo conozco, a judgar por lo que has dicho, le clavare la mejor de mis flechas en su malvada cabeza. -Kraia le devolvió el arco. El dÃa siguiente, emprendieron el camino. Pasaron bosques, praderas, llanuras... Arnoc le dio a Kraia una ligera espada, para que se defendiera. Una noche, los dos estaban acampando debajo de un árbol, y una Endeia les atacó. Era una criatura horripilante, con cuerpo de león y tres cabezas de dragón. Una escupÃa fuego, otra hielo y la restante ácido. MedÃan 4 metros. Arnoc sabÃa que su punto débil era el cuello. Con tres flechas, eliminó al mounstro. Finalmente, tras tres dÃas de camino, llegaron a las montañas de la muerte. Allà la eterna niebla habitaba la superficie. No se veÃa ni una marchita hierba, como dijo Arnoc. Cada dÃa, Kraia y Arnoc hablaban más. Incluso Kraia pensó que era guapo... Acamparon en la montaña, e hicieron una hoguera. Nunca se sabÃa si era dÃa o noche. La hoguera combatÃa con la niebla en un combate sin fin. Despejaba un poco, y les permitÃa ver a su alrededor. Aquella noche, unas figuras que se dibujaron en la niebla empezaron a acercarse. Kraia despertó a Arnoc. - Nómadas -replicó este. -Son los nómadas de la muerte. Sus nombres son los Mornuns. A veces vivos, otras veces muertos. Saca tu espada. - Un mornun apareció de entre la niebla. Kraia lo pudo ver. Era una figura negra, cubierta con una capa. MedÃa tres metros de alto, y su aspecto daba terror. -¡No los mires! -dijo Arnoc. Pero Kraia lo miraba aterrorizada. Entonces, el mornum sacó una de sus garras de entre los plieges de su capa, y cogió a Kraia. ¡No! -gritó Arnoc. En el momento que aquella figura iba a devorar a Kraia, Arnoc le hirió en el rostro con una de sus flechas. El mornun se fué, desapareció entre la niebla. Pero no era la flecha lo que le habÃa asustado, porque no le hizo ni el menor dolor, sinó una luz que provenÃa de una cueva cercana. Al siguiente dÃa, Kraia y Arnoc fueron a la cueva. Vieron una bola de energÃa, muy apagada. Se iba a apagar en aquel momento. Kraia lo tocó, y unas luces se apoderaron de su brazo, curando la herida de la traconda. Entonces, Kraia despertó en su casa. ¿HabÃa sido un sueño? No, porque una criatura que volaba, de unos tres metros le guiñó el ojo.
Lástima que éste género de cuentos tenga muy pocos seguidores, parece que la mitologÃa no es bien vista por estos predios, aún cuando ella misma en esencia es un interminable CUENTO. Felicitaciones Alana, por éste y cada uno de los trabajos que en éste genero has publicado. Cordial saludo, Alejandro.