Rosaleen vivÃa en Hithers Creek, al otro lado del pantano. Cuando tenÃa ocho años la guerra se desató y sus padres murieron. Ella fue llevada a un campo de prisioneros donde malvivió hasta que el ejército del norte liberó a los últimos esclavos del tirano James Cromwell.
Como no tenÃa parientes fue a parar a un orfanato del cual escapó dos meses después para alejarse de las terribles personas que lo gobernaban. Durante dÃas corrió por las tierras del este, temiendo a los bandidos y a las noches oscuras en el bosque; en el camino conoció a Timmy Jones, el hijo de un granjero loco que le odiaba y maltrataba. Timmy le contó que huÃa a la gran ciudad para buscar fortuna, y continuaron juntos el viejo sendero de las montañas. Era otoño y el sol tenue brillaba con la misma tonalidad que la de las marchitas hojas que cubrÃan el suelo. Los dÃas eran cortos y nubosos, y las noches frÃas y misteriosas. A finales de octubre llegaron a un valle coronado por una pequeña aldea abandonada. Una cabaña a unas decenas de metros vomitaba volutas de humo entre la espesa niebla. Los muchachos caminaron hacia la cabaña y llamaron a la puerta. Pero nadie contestó. De repente, oyeron un fuerte ululato a sus espaldas, como el de un animal embravecido. Se dieron la vuelta y descubrieron a una mujer enjuta y desfigurada, con los cabellos grises y desgreñados. El extraño personaje rebuscó entre sus ropas y sacó una herramienta metálica, parecida a un machete pero algo más largo. Los dos muchachos tuvieron un mal presentimiento y echaron a correr, pero la mujer lanzó el arma contra ellos y alcanzó al niño en la espalda. Rosaleen lanzó un grito ahogado pero siguió corriendo hasta un rÃo de agua helada que corrÃa entre bancos de fango. Atravesó la corriente como pudo, mientras oÃa la cruel voz de la mujer acercándose poco a poco. En la otra orilla continuó adelante sin volver la vista atrás, pero no sabÃa a dónde ir. A un lado del prado estaba la aldea, pero no era más que una ruina sin señales de vida; optó por subir a una colina y desde arriba vio que al otro lado habÃa un molino. Atrás ya no se oÃa a la mujer, asà que aminoró el paso y respiró hondo. La puerta del molino estaba abierta. Entró y tras echar un vistazo general decidió subir a una tarima de madera que habÃa al final de una escuálida escalera. Allà habÃa un viejo arcón, cuya cerradura tenÃa una combinación de cuatro cifras. Rosaleen tuvo una extraña sensación, y se alejó del cofre asustada. Se quedó mirándolo por unos instantes, y luego volvió a acercarse, lentamente. Movió los números, la cerradura emitió un chasquido y cedió. La niña se estremeció; aquello era muy extraño.
Dentro del cofre habÃa telas y objetos sin valor, pero también una especie de manto con capuchón.
Rosaleen lo tomó entre sus manos y admiró el fino bordado de oro y el suave terciopelo. Se levantó y se lo echó sobre los hombros; se abrochó los botones de plata y cubrió sus cabellos castaños con la gran caperuza. Súbitamente sintió una brisa tenue, y el rumor de un arroyo. Se dio cuenta de que ya no llevaba el manto, y que el sol brillaba en lo alto.