Claudia Cirelli y Miguel Angel Pousada mueren por amor
Por Mike Sinclair , Silvia Cirelli y Natalia Lanati.
PARA LECTORES DE LA PLATA, BERISSO Y ENSENADA
Resumen del relato:
Nunca podrá decirse que Claudia Cecilia omitió ningún medio lÃcito de zafarse de aquella obsesion de Amor, que la perseguÃa sin dejarle punto de reposo.
Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pÃcaro rapaz se subió a la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y por último en los bolsillos de la viajera. En cada punto donde Claudia se detenÃa, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decÃa con sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos.»
Entonces , Claudia que no se dormÃa, mandó construir altÃsima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas dÃa y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Claudia que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.
Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasÃas; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Claudia se pasó el dÃa respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxÃgeno.
Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor, Claudia comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Claudia, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencÃa, sino sólo obtener la victoria.
Claudia se conocÃa bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseÃa instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabÃa que era capaz de engatusar con maulas y zalamerÃas al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.
Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcÃsima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.
El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreÃdo como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.
Claudia le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y asà que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brÃo.
Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caÃa una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salÃa un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecÃan pétalos arrancados. Claudia notó ganas de llorar...
No habÃa remedio; tenÃa que asesinarle si querÃa vivir digna, respetada, libre..., no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oÃa, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.
Al fin, Claudia soltó a la vÃctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni se rebullÃa; estaba muerto, tan muerto como mi abuela.
Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendÃa a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimÃa gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedÃa...
El Amor a quien creÃa tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Claudia Cecilia, al asesinarle, se habÃa suicidado.
FIN
AUTORES: Mike Sinclair, Silvia Cirelli (la prima) y Natalia Lanati.
Gentileza: Diario Hoy en la noticia.
32 no 326 entre 3 y 4 - La Plata - Pcia de Buenos Aires -
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