La puerta verde de hierro permanece cerrada. Dejo la bicicleta apoyada en la acera y la abro. La sombra me sorprende y me deslumbra, la frescura me acaricia la cara, el aire puro me limpia el espÃritu y ver a Amalia rezando El Rosario me da fuerzas inmensas para desmenuzar el silencio. ¡Buenos dÃas tÃa! Ya volvemos a estar por aquÃ. Amalia asoma la vista por encima de las gafas y en un primer instante parece no conocerme. De repente se levanta y explota en besos y abrazos, siempre acompañados de un afectuoso: ¡Qué grande estás! Amalia tiene ochenta y seis años y hace uno que sufre una enfermedad que hace que pierda la memoria, pero siempre que vengo me recibe con el mismo entusiasmo, como si la parte de su cerebro donde reposan mis datos no estuviese afectada. Mi madre dice que se acuerda de mà porque mis datos duermen en su corazón.
Quedo unos instantes mirando al patio. Observo un columpio de madera que mi tÃo MartÃn hizo años atrás, el cual guarda muchos momentos de risas y alegrÃa, una higuera por la que se encaraman los gatos que mi tÃa acoge y un montón de trastos que mi tÃo reserva para inventar algún aparato de los que brotan de su imaginación. El paso del tiempo y el transcurso de la vida quedan reflejados para Amalia dentro de su patio. El invierno comienza cuando el pozo se hiela, la primavera estalla cuando las mimosas perfuman el ambiente, el verano nace cuando maduran los higos y el otoño aparece cuando las primeras hojas secas inundan el patio. En el tiempo que llevo admirando, a Amalia le ha dado tiempo de traer una bandeja llena de dulces a la mesa y meterme doscientos duros en el bolsillo. – ¡Que no necesito el dinero tÃa!- le digo siempre. Pero ella tozuda como una mula, se preocupa en que me tome una horchata en la plaza del pueblo con mis primos, y no hay manera de quitarle la idea de la cabeza. Mi tÃa tiene unos ojos muy pequeños y de color azul cielo, su piel es fina y blanca y su cara se asemeja a un papel arrugado. Su pelo es blanco como la cal, y lo lleva siempre recogido en un moño que le tira la cara, pero su sentido del humor no ha desaparecido en tanto tiempo de vida. Después de comerme media bandeja de dulces i de haber estado casi media tardo de palique le comunico amablemente a mi tÃa que debo marcharme y que ya hablaremos otro rato. Salgo a la calle, y la bicicleta resta inmóvil. La cojo y bordeando la cañada, que apenas levanta un palmo de agua, llego a casa de mi otra tÃa, Julia. Abro la puerta y veo a mi tÃa Julia, su hija Inés y su vecina Rosa mondando el azafrán. El aroma es extraordinario y la mezcla de colores morados y rojos intensos hace que ver el patio sea gozoso. Las tres me estrujan a abrazos y besos. ¿Quieres alguna cosa de comer?-me dice mi tÃa-. No que vengo que vengo de casa de la Amalia i me atiborrado de dulces, le digo yo sonriendo. A mi prima le importa un bledo lo que haya dicho. En seguida me trae un melocotón y un puñado de castañas. ¡Qué cabezones que sois entre todos los de la familia! ¿Eh?, les digo burlándome. Las tres rÃen. El patio de la Julia está cubierto por una parra que hace una sombra que se agradece, en el rincón contrario duermen un tractor y una motocicleta, ambos muy viejos ya. No dudo en comerme el melocotón bajo la parra mientras admiro el corral y las conejeras, que fabricó mi tÃo Antonio años atrás. Mi tÃo murió en La Guerra Civil a causa de una bomba que cayó en el campo, mientras él y un primo mÃo hacÃan la recolección de la almendra. Desde entonces, mÃa tÃa viste siempre de negro y reza cada noche por el alma de mi tÃo. Siempre que vengo a su casa mi tÃa me recita poesÃas que su madre le explicaba cuando era pequeña y o disfruto mucho escuchándola, porque pienso que la memoria no ha muerto en el cerebro de Julia y que los ojos le siguen brillando igual cada vez que la veo, escondiendo misterios y secretos que se llevará de la mano a la tumba. El sol comienza a desaparecer por el campanario de la iglesia, la cual cosa me obliga a despedirme cariñosamente de mi tÃa, mi prima y de la Rosa, la vecina de toda la vida de mi tÃa que me quiere tanto como ella. Cojo la bicicleta y pacÃficamente subo por el cerro de la olmeda, dibujando en las nubes con el aliento y desafiando al mundo con mi bicicleta.