Llevaba esperando más de una hora en la calle, y empezaba a sentir un dolor hormigueante en las piernas, y el frÃo enrojecÃa su nariz como una borrachina que empina el codo a las diez de la mañana.
¡Dios, otro dÃa esperando como un espantapájaros en la calle!. Cinco minutos y me largo.
Otra vez. Otros cinco minutos. Y diez, y más. Los que hicieran falta, hasta que no pudiera más, y con voz atascada en la garganta por el frÃo pidiera un taxi y se fuera a su habitación más frÃa todavÃa, helada de tan solitaria, y decidiera, (como si no lo supiera ya de antemano), que al dÃa siguiente volverÃa a aquella esquina a congelarse, a contar los minutos y las horas, a empaparse de lluvia y a llorar con el viento pinchándole los ojos, a esperar.
Hoy sólo me paso por allÃ, no me voy a quedar pasmada helándome durante horas, me paso un ratito y ya está.
Un ratito que dura más de dos horas, y ella sigue esperando, contando cinco minutos y añadiendo cinco minutos más a cada cinco minutos, y ella sigue esperando.
Es casi de noche, me voy a morir de frÃo aquÃ.
Otros cinco minutos. En la habitación vacÃa llora sola, con la única esperanza del dÃa siguiente, de volver a su calle azotada por la lluvia y el viento, a contar minutos durante horas. No come nunca, no duerme, no habla con nadie, sólo espera el momento de la espera, y sólo ama a la esquina ventosa donde espera.
Moriré de frÃo, y ni siquiera me daré cuenta de que me muero.
Se asombra, se asusta porque ya no sabe hacer nada más, porque no le importa nada más que esperar, porque no teme al frÃo, si no a que el viento no le deje seguir esperando, a que su cuerpo no resista a la lluvia ni al sol abrasador, a que un dÃa no pueda salir de su habitación y se muera. ¿Cómo podrá ir a esperar si se muere?.
Cinco minutos más y me voy.
Es primavera, ha pasado por fin el invierno, pero, ¿cuántos inviernos más? Está cansada y su cuerpo maltratado le pesa, le pesa cada vez más, y hoy no puede mover los brazos para llamar un taxi para volver a su casa. Le pesan las manos, la cabeza, intenta andar y no puede avanzar, siente las piernas de piedra, pero también se da cuenta de que no tiene miedo. No más miedo. No más habitación frÃa y solitaria. No más ofrecer su carne débil al viento del invierno. Ahora su piel es frÃa y lisa como el mármol. Mira hacia abajo, sus pies ya no tocan el suelo, descansan sobre un pedestal, y en el pedestal lee un mensaje:
"El pueblo dedica esta estatua a La Esperanza, para que no nos abandone ni con lluvia ni con sol, no con viento ni con frÃo, ni en el más crudo invierno. Para que siga esperando".
Que buena historia y que perfectamente pintado el perfil de La Esperanza. Pase lo que pase siempre està en nuestros corazones, esperando sin moverse y es la que nos viene a salvar cada vez que la necesitamos. Nildage.