CAPITULO 4
El destino nos ofreció la oportunidad de viajar y de cambiar todo el paisaje a nuestros sueños. No lo pensamos y como niños « irresponsables », nos subimos al avión. Escribo irresponsables, entre comillas, porque debo confesar que nos sentimos casi empujados a decidirlo asÃ.
No podré olvidar el desencanto de mi padre, yo habÃa conquistado su amistad y empecé a conocerlo cuando caminaba ya mis veinticinco años. Comprendà toda la severidad conque me educó, y supe del cariño grande que en su corazón nos guardaba. Nos querÃa egoÃstamente, sólo para él.
Un dÃa recuerdo, nos discutimos, como generalmente lo hacÃamos, de cuestiones polÃticas. Me excitaba la idea de cambios profundos y la cercanÃa de la posibilidad de lograrlo. Mi padre, probablemente, alienado por una educación que obedeció a regÃmenes imperialistas, no era capaz de sentir palabras tales que: comunismo, marxismo, socialismo, siempre fueron para él sinónimos mefÃticos de mandingas, de aquelarres, de limbos, de infiernos, de purgatorios etc.... la discusión fue tan elevada, que salà casi furioso, no tanto con él, más bien de mi incapacidad de hacerlo comprender, y me mandé a la calle. No volvà en toda la noche y al dÃa siguiente, hacia el mediodÃa, vino a buscarme al trabajo, su cara estaba húmeda. Por primera vez vi desangrarse mi corazón. Nos abrazamos, me perdonó.
Mi madre, en cambio, sabe que el hombre debe forjarse su propio camino y aunque sentÃa que dejara el hogar, rezó, reza y seguirá rezando, por todos nosotros.
Antes de emprender tan largo viaje, nuestra vida habÃa sido nomádica, ya que estuvimos cambiando de residencia cada dos meses, arrancando siempre de los problemas, como lo hacen por no sé que misterio, los gitanos. Santiago, San Bernardo, Libertad, ConchalÃ, Merced, ¡Uf que ajetreo!
No serÃa muy diferente en Canadá.
Es allà que apareció ella en todo su esplendor y grandeza, siguió desafiando con voluntad heroica y leal amor las primeras barreras. Vendimos todo lo que con gran esfuerzo y alegrÃa habÃamos atesorado para formar nuestro nido y partimos.
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Comprendo que tus besos jamás han de ser mÃos,
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos y ardientes desvarÃos
bendigo tus desdenes, adoro tus desvÃos,
y en vez de amarte menos, te quiero mucho más.
Manuel Acuña
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CAPITULO 5
Mientras mi pueblo sufrÃa el asesinato de sus sueños, la tortura y la persecución polÃtica, convertÃan nuestra democracia en una dictadura facista y por añadidura militar prusiana. Una mano fantasmagórica e invisible, tal vez la misma de los sueños de mi pueblo, empezarÃa a empujar los nuestros por senderos de dolor y de tragedia. A pesar de todo, la sentà aferrarse a mà y confiarme sus temores, sus ilusiones y sus esperanzas, me convertÃ, sin duda, en su padre, en su amigo y en su amante, creo que jamás logré ser su verdadero esposo. Es asà que, siguiendo el vaivén de nuestro destino, fuimos impulsados o no, por incontrolables pequeños detalles, que nos empujaban inexorablemente a quitar nuestro suelo. Sin tener conciencia clara de lo que eso podrÃa significar más tarde, nos dispusimos a seguir soñando en un paÃs blanco y helado y, sobre todo, muy pero muy lejano.
Emprendimos el viaje con 900US$ en en bolsillo, Alejandra en los brazos y cargados de ilusiones, dejando atrás muchos recuerdos, felices unos y otros menos felices, dejando mucha tristeza en gentes, amigos y parientes y en otros incontestables muestras de alivio.
Ya en el avión, nos sentimos felices, tal vez por el ansia de conocer o de comenzar una vida completamente nueva. Poco a poco fueron desapareciendo de nuestra imagen, la emoción reflejada en el rostro de Doña MarÃa Cristina, el desconcierto de mi padre en su cara húmeda, de mi madre y los secretos de un aeropuerto silencioso dentro de su bulla de piedra, fué la Å“ltima fotografÃa de nuestra alma . Decolamos un dÃa de Agosto por allá por el año de 1975. Lo gracioso del viaje, vino a suceder en pleno vuelo. Hacia las 5 y media de la ma–ana, antes del desayuno, las azafatas reparten servilletas de papel calentadas al vapor y destinadas a mojarse la cara y aliviar ese horrible despertar de avión. No sé si serÃa el hambre, los nervios o todo junto, el hecho es que nos llevamos automáticamente, la mentada servilleta, a la boca, creyéndola bocadillo de prÃncipes.
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Esta vieja herida que me duele tanto,
me fatiga el alma de un largo ensoñar;
florece en el vicio, solloza en mi canto,
grita en las ciudades, aúlla en el mar.
Pedro Sienna
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CAPITULO 6
Nuestra llegada no fue menos interesante que nuestra partida, recuerdo los ajetreos de la inmigración y ese enorme aeropuerto de Mirabel, en donde no terminábamos nunca de llegar. Hermoso, limpio, ordenado. Nos enfrentamos entonces, a la gentileza enfermante de funcionarios y rápidamente estuvimos aceptados y pudimos ir a encontrarnos con mi hermano y su familia que fueron a esperarnos a la ciudad de Montreal.
El viaje, lo hicimos en auto hasta Québec, recuerdo fue bien cansador debido a que ya habÃamos relajado del largo viaje en avión, sin olvidar que viajábamos con Alejita, que en ése entonces contaba sólo once meses de existencia.
Por el puente Pierre Laporte que cruza el rÃo San Lorenzo, que hasta ese momento formaba parte sólo de nuestro saber cultural, hicimos nuestra entrada a la ciudad. Observamos, hundidos ya en la noche, el hermoso panorama de una ciudad que se duerme, Quebec.
¿Que otoños irÃamos a conocer en este paÃs?, los árboles con sus hojas parecen apropiarse de toda la gama de colores del universo. El espectáculo es inmensamente bello.
Nuestro amor crecÃa en la adversidad y la vida nos ofrecÃa sus primeros tropiezos. Cometà errores, sin embargo, nunca éstos pudieron ser mal intencionados. Es asà que más tarde, nos disfrazarÃamos de sirvientes y partirÃamos a entregar nuestra fuerza y alegrÃa por hoteles y otros lugares que, en principio, no formaban parte de nuestros primeros sueños, sueños tan sagrados. Era menester aprender hablar, a valerse por sà mismo.
Compré el primer cacharro, un chevrolet de los años 68, que se encontraba en un estado lamentable. Digo estado lamentable, ya que la sal que esparcen en la calle durante los meses de invierno y que sirve para facilitar la adherencia de los neumáticos al hielo que aparece en las calles y que es producto de la humedad y temperaturas muy inferiores a 0 grados, corroe el metal. Dos puertas de cuatro, no habÃa forma de abrirlas, el agua se infiltraba a raudales por sendos orificios en el piso del vehÃculo, habÃa que tener mucho cuidado con las pozas que se pudieran encontrar en el transcurso de una salida. Este cacharrito sirvió para los primeros ajetreos de la vida artÃstica, en suelo canadiense.
Iniciamos nuestros cursos de francés, sumergidos en un continente de seres humanos que provenÃan de varios rincones del mundo y es asà que tuvimos la suerte de conocer hombres y mujeres de Rumania, de Vietnam, de la India, de Estados Unidos, de Irlanda, de Inglaterra, de Suecia, enfin, tanto otros seres hermanos que, como nosotros, soñaban también con soñar. Fueron momentos agradables, por instantes bastantes emocionantes, intensos.
Conocimos asà la simplicidad de amigos americanos en la persona de Dale y Alain, la alegrÃa y la juventud de muchachos rumanos como Yaga, el calor de la amistad de una pareja india en la que recuerdo a Golnar, bellÃsima mujer india y que nos demostró enorme aprecio luego de nuestro paso por el Centro de formación para Inmigrantes (COFI). Nos apegamos a la amistad de coterráneos que como nosotros iniciaban dichos cursos. ConocÃmos a Leticia, Nivio y al bebé Andrés, a Consuelo Naredo a Doña Marta Velero, el inconfundible Hernán Méndez, alias Don Chuma, y su media naranja Maritere.
Por ese entonces, nos tocó celebrar el primer cumpleaños de Alejita. Adornaba la mesa una coca-cola, una pequeña tortita, una cerveza, dos tazas de café y los primos Carantonio, Tristán, Marcelo y amiguitos del lugar. Ti-Guy si me acuerdo del nombre de uno de ellos.
A pesar del comienzo del invierno y de las dificultades de una seuda adaptación, agregado al frÃo desconocido aún para nosotros, que por momentos parece cristalizarse en los pulmones, decidimos ponerle el hombro. Alejita entretanto, en una lengua mocha, asà llamarÃa más tarde, Marinés, la lengua francesa, esforzaba sus primeros balbuceamientos, mezcla de español y francés, que nos hacÃa reir. En un principio, habitamos un departamento en el sector llamado Villeneuve, y que fuimos llenando de los primeros cachureos comprados en centros comunitarios. Mi negra mantendrÃa estos cachibaches relucientes acariciándonos con su mirada su juventud y su esperanza.
Las primeras nieves y los primeros relámpagos, fueron la nueva música de fondo para nuestras vidas. Todo fue asombro, se nos agrandaron los almacenes, los supermercados y los centros de compras fueron el lugar de atracción en los primeros dÃas de un exilio voluntariamente obligatorio.
Poco a poco, la vida irÃa cambiando nuestra percepción de las cosas, atrás quedaban las colas, o las interminables diligencias para el más mÃsero trámite, se nos olvidaba el rol único tributario, el certificado de vacuna, el carnet de identidad, el Sermena, el compadre que conseguÃa los permisos para todo tipo de operaciones. Olvidamos la angustia de la salud, la transferencia del auto, etc.. sometiéndonos y sumergiéndonos, dulcemente, en los nuevos principios de vida en un paÃs desarrollado. Sólo más tarde vendrÃamos a darnos cuenta, y tal vez demasiado tarde, que la seguridad económica, y la facilidad de los trámites no es necesariamente lo más importante en la vida, que falta nos harÃa reir a carcajadas. Lo lograrÃamos 10 años después luego de nuestro primer viaje a Chile.
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¿A dónde voy? Lo ignoro.
Ni se lo que persigo
Por mà pudiera el barco
torcer su rumbo al Polo...
¿Apena la distancia?
¿La ausencia es un castigo?
Bien puede que asà sea
para el que viaja solo...,
¡pero tú estás conmigo!
VÃctor Domingo Silva
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Continuará.