Este cuento está dedicado para todos los sobrinos del mundo, y para el mÃo: Juan Pablo.
Para ti papi.
FANTASÃA
Aún recordaba los fuertes brazos que le cogieron y lo metieron en una bolsa, y, aunque tenÃa no más de un año, aún podÃa escuchar las olas de un mar, los cantos de las aves, el calor de una cenicienta arena… No bien contó con cuatro años se vio sometido en una extraña familia que si bien no eran malos, no se podÃa sentir contento ni en su lugar.
Fue al colegio pero nada pudo aprender. Su mente viajaba muy lejos y no deseaba pensar en nada más que el mar. Por más que sus padres intentaron que aprendiera un oficio, como contador, administrador, todo fue inútil. Sus maestros decÃan de él que era un caso perdido, que era un muchacho muy extraño. No gustaba tener amigos, preferÃa pasear por los bosques, mirar los animales, correr por las calles. VestÃa de pocas ropas, aunque fuera verano o invierno. Lo dicho, era un muchacho raro.
Al ver esto, sus padres optaron por meterlo a un sitio especial, pues además de estas manÃas, gustaba parar desnudo por toda la casa, y por las noches gustaba salir en cueros a bailar por los parques. Cuando no regresaba a su casa por varios dÃas, sus padres sabÃan muy bien en donde encontrarlo. Y ciertamente, si hubiera algo que calmara su ansiedad e inquietud, eso era el mar. Escuchaba el canto de las olas por horas y horas, sintiendo que era ello su lugar. ParecÃa a esas aves que esperan el llamado de vientos nuevos para viajar hacia otro lugar.
Si bien era un chico inofensivo, era extraño no escuchar que saliera algún sonido de sus labios que no sea el de cantar extrañas melodÃas, y clamar hermosos poemas como si fuera un ángel sin alas. Todo ello fue suficiente para que un dÃa lo llevaran a esas casas para muchachos especiales. Allà estuvo por muchos años. ParecÃa a esas aves enjauladas que se arrinconaban sobre el borde de su reja y miraban los cielos, como esperando el llamado de alguien…
Como cada mes, sus padres acostumbraban a visitarlo y llevarlo a pasear, pero esta vez, el muchacho pudo presentir, como los animales, un peligro tras las huellas de sus padres, por lo que se negó a acompañarles. Con pesar, aquel dÃa, sus padres retornaron a sus hogares, sintiendo muy adentro que todo cuanto hicieran fuera inútil. No bien llegaron a su casa, los padres del muchacho fueron asaltados por gente de mal vivir, robándoles no tan solo su dinero y sus joyas sino también sus propias vidas…
Ya solo, ya libre, aquel dÃa en que sepultaban a sus padres, los administradores del lugar en que vivÃa el muchacho lo llevaron al cementerio para que se despidiera de la tumba de sus padres. Y allà estaba, junto al resto de sus tÃos y primos, y abuelos, y de repente, el muchacho se despojó de todas sus ropas y comenzó a cantar aquellos extraños cantos y a declamar poemas profundos acerca de la vida, el mar, la naturaleza… Y apenas terminó, ante la sorpresa de todos sus parientes, partió a la carrera como un poseso y no se detuvo hasta llegar a las orillas de mar…
Era invierno, y el frÃo arreciaba junto a fuertes lluvias y tormentas, pero eso no impidió a que el muchacho se posara sobre las orillas del mar, como un ave, esperando, esperando el llamado de un nuevo vuelo... Y mientras el mar se hacia mas y mas bravo, el muchacho por fin sintió que los cielos se abrieron para él… Se paró tan cual largo era y sin pensar en nada mas que en su libertad, se tiró hacia las olas del mar y nadó y nadó sin detenerse, sin importarle que sus fuerzas en algún momento se acabarÃan y morirÃa ahogado… Pasaron dos, tres, cuatro horas y a la octava hora el muchacho, ya mar adentro y con las olas que le empujaban hacia el centro del océano, se puso a clamar a todos los vientos y las fuerzas del océano acerca de la vida, el amor, la muerte… De pronto, dos brillantes delfines le ofrecieron sus lomos con gran amistad, ayudándole a continuar su travesÃa hasta cruzar el centro del océano…
Pasaron dos, tres, cuatro dÃas y al séptimo dÃa, el muchacho y los delfines llegaron hacia una pequeña y escondida isla de arenas blancas… Sin dudar un instante, el muchacho nadó hasta llegar a las orillas de la isla y se puso a descansar ante los ojos de cientos de aves, y animales que parecÃan sorprenderse al ver aquel extraño ser…
Cuando despertó, ya era media noche. Se sintió observado. Vio que a través de la oscuridad, cientos de brillantes ojillos le miraban con gran curiosidad. El muchacho se paró y cantó en aquella extraña lengua todo lo que sentÃa en su interior, luego, se puso a declamar sus poemas al amor, a la vida, al mar, a la naturaleza… Y mientras lo hacÃa, vio que de las alturas de la única montaña que existÃa en la isla se encendÃan cientos de fogatas que lentamente se acercaban… Cuando notó que aquellas luminosidades le rodeaban, le observaban en total silencio en aquella oscuridad, lanzó un gritó, el mas hermoso y salvaje de todos sus bramidos, y luego, cayó desmallado en las maternales arenas de la isla…
Cuando abrió los ojos se vio rodeado por cientos de extraños personajes, mitad hombres, mitad caballos, seres fantasiosos que parecÃan conocerle desde siempre, mirándole con ojos llenos de amor e igualdad… De pronto, todos al unÃsono comenzaron a cantar la misma melodÃa que el muchacho entonara desde niño…
Surquillo, enero del 2005.