CAPITULO 7
Terminado los cursos de francés, ¡Qué diablos! habÃa que enfrentar lo desconocido y salir adelante. Con esa lengua mocha entonces, partimos a la búsqueda de trabajo. Mi primera noche de aseos me hizo llorar (9 de la noche hasta las 7 de la mañana del dÃa siguiente) y confieso que no tuve el coraje de volver la noche siguiente. Sin embargo, tuve que seguir haciendo aseos, esta vez sÃ, acompañado de otro grupo de chilenos, en su mayorÃa profesionales o con formaciones universitarias, de esa manera parecÃa menos terrible, pero no servÃa para aprender francés. Puedo decir con cierto « orgullo », que sà me tocó "pelar el ajo" cuando uno de mis amigos americanos, Alain, antes de terminar los cursos de francés y de manera a comenzar a familiarizarse en los ajetreos de trabajo, me llevó a trabajar en un restorán, en el que necesitaban personal para lavar la cristalerÃa. Un trabajito a tiempo parcial, que nos permitÃa ir entrando en el rodaje de la verdadera vida y que servirÃa para redondear un poco los fines de mes. No hay que olvidar que estábamos en el comienzo y que no podÃamos hacerle asco al trabajo, poco importaba la naturaleza de éste, lo importante era encontrar el coraje necesario y seguir empujando.
Me presenté un dÃa lunes a trabajar como de costumbre y luego de cenar, me encaminé a la cocina. Vista la poca cantidad de clientes que se presentó al lugar ese dÃa y conciente de nuestra precaria situación económica, el jefe cocinero no quiso enviarnos de regreso a casa y nos permitió trabajar un par de horas con el propósito de no perder nuestro tiempo y permitirnos ganar unos pesos. Es asà que una primera tarea, entonces, consistió en la de pelar papas. Para no exagerar diré que se trató de un saco de 50 kilos. Sentados en la escala que daba al sótano iniciamos la tarea, mi mente paseaba por aquellas góndolas vikingas o por veleros piratas de tanta leyenda y me parecÃa sentir la voz de mando de un manco, tuerto y zunco capitán que nos aterraba con órdenes cada vez más y más exigentes. Terminado este trabajo, que me permitió atravezar el mismÃsimo Cabo de Hornos, se me propuso el de pelar ajos. Al principio me pareció un trabajo simple, en cambio al cabo de cinco minutos y cuando las manos ya están impregnadas de ese lÃquido pegajoso que éste desprende y que el cuchillo ya no presta la misma utilidad del comienzo, seguà con mis manos, inocente al daño que se avecinaba. Luego de media hora de pelar ajos, a mano, mis dedos empezaron a hincharse y sentÃa la imperiosa necesidad de arrancarme las uñas para aliviar y poder soportar mejor el dolor provocado por el hecho de "pelar el ajo". Nunca le habÃa sacado la madre a unos pocos e inocentes ajos. A pertir de allà estos se convirtieron en « ajos de puta ».
Un dÃa cualquiera, nos aparecimos trabajando en uno de los hoteles más grandes de la ciudad, la negra de camarera, comiéndose lágrimas silenciosas cerró los ojos y despreciando su integridad fÃsica más que la emocional, trabajó, trabajó y trabajó sin descanso. A mà me tocó de aseador en la cocina. Tiempo más tarde este primer dÃa de trabajo en el hotel, me harÃa reÃr a carcajadas.
Recuerdo que, muy de madrugada me presenté en la cocina, ubicada en el segundo o tercer subterráneo del edificio, al jefe cocinero. Una vez aceptado, fuà enviado de inmediato al vestuario. La niña que me atendió, (chilena), parecÃa darse de cabezazos tratando de encontrar algo parecido a mi talla, sin agregar nada, me entregó un uniforme de ayudante de cocina a lo menos tres a cuatro números más que mi talla. Una vez vestido, o más bien disfrazado, tuve dificultad de atreverme a caminar la vida vestido de esa manera, sin embargo,¡que mierda ! me dà el coraje necesario y partà a mis nuevos quehaceres.
La máquina de escribir, las planillas de pago y aquellos ajetreos administrativos, que habÃan formado parte de mi vida, se iban quedando atrás, muy pero muy atrás. La melancolÃa de dÃas mejores comenzaba a salir a la superficie de mi piel. Al enfrentarme al pasillo y esperar la llegada del ascensor, minutos que parecieron siglos, comencé a sentir las primera sonrisillas de mis nuevos hermanos de clase y no lo digo con maldad más bien con la rabia del momento, sonrisas que me parecieron, mejor dicho, enormes risotadas o crueles conciertos de carcajadas, me sentà inmensamente ridÃculo, quise llorar y sentà tragarme el primer nudo que se me atravezó en la garganta. Llegué a la cocina, un tanto compungido y rojo como tomate, me presenté de nuevo al cocinero-jefe, afortunadamente, sin prestarme mucha atención, me ordenó cambiar mi indumentaria, ya que no correspondÃa con las labores a las que habÃa sido asignado, por otras menos "vistosas", ahà sentà que el huevón también se reÃa. En todo caso, !Qué alivio! pude desprenderme de ese enorme sombrero que me hacÃa ganar 20 centÃmetros de altura, y de esos pantalones blancos a puntitos negros que parecÃan acercarme el poto al suelo, (ordinariamente yo mido un metro sesenta, quedé midiendo un metro ochenta) y desprenderme de la inmensamente grande/grandÃsima-chaqueta/chaquetón blanca que más parecÃa apropiada a tony de circo pobre que a la de ayudante de cocina. Soporté las carcajadas silenciosas en los ojos de los que más tarde serÃan excelentes compa–eros de trabajo, y creo que yo mismo, en el fondo, me reÃa.
Volvà al vestuario y le expliqué a la chica, en lengua mocha, que debÃa vestirme de aseador, ¡habla en español huevón! creo la entendà decir. Vestido de aseador, mucho más aliviado, inicié mi trabajo. Nunca pretendà que me ascendieran a ayudante de cocina, nada más que por el horror que me provocaba la sola idea de volver a vestirme como tal. Dos semanas más tarde y probablemente debido a la "calidad" de mi trabajo y a la ayuda moral de dos curas obreros, fui ascendido a almacenero. Mi indumentaria tomarÃa las aluras de las de un médico en que cerca del corazón ostentaba con gran orgullo mi nombre. ¿Qué más se podÃa esperar? en las circunstancias.
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- Para poderse comer un pichón a cualquier hora
- decÃa Bruno a Isidora-, dos al menos deben ser
-¿Para tan parca ración no es bastante con uno?-
Dos deben ser -dijo Bruno-:
el que come y el pichón.
Francisco Acuña de Figueroa
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CAPITULO 8
Poco a poco hubo que integrarse o al menos intentarlo. Sin embargo, en mi interior, parecÃa atontado a tanto mecanismo extraño a nosotros mismos, no reaccionaba, mi comportamiento fue más bien el de un niño tonto que no realiza lo que ocurre y mientras tanto...............
Nos agregamos a otros chilenos y entre reuniones seudo-polÃticas y románticas guitarras, fuimos a cantar nuestras esperanzas y a modelar nuestras incipientes fustraciones con grupos folclóricos, que nacÃan de la necesidad imperiosa de darnos a conocer y de mostrarnos, cantar y contar algo de nosotros, divulgar nuestras raÃces, enseñar nuestra forma de ser, de sentir, de bailar, de danzar, de vibrar, de llorar y de reÃr. Siempre con la idea que los canadienses debÃan adaptarse a nosotros. Muchos de nosotros aprendimos a bailar danzas tÃpicas al mismo tiempo que aprendÃamos a valorizar y a amar nuestra raza nuestra cultura y nuestras "malas" costumbres.
Cantamos y bailamos en varios pueblos cercanos a la ciudad, siendo siempre bien acogidos. Recuerdo que una vez en la Gapesie, ciudad situada a unos 900 kilómetros al este de Québec y luego de la actuación en el teatro de una escuelita, sentimos la necesidad de comer y nos encaminamos con un par de guitarras hasta el primer restorán que encontramos. Éramos un grupo de 12 personas, la cocina a esa hora ya estaba cerrada y sólo pudimos beber una que otra cerveza. Sin embargo, el hambre ganaba terreno y la idea vino de nuestro director del grupo, que ya tenÃa alguna experiencia en estos terrenos. Mientras los parroquianos terminaban de cenar con la tranquilidad y en un silencio digno de biblioteca, nuestro bullicio empezó a atirar la atención de los comenzales. De pronto entonces, Omar, dirigiéndose a la clientela, solicitó permiso para interpretar algunas canciones de nuestro repertorio. Obtener el visto bueno no fue cosa que de algunos segundos. La música y las bromas levantaron con entusiasmo el ambiente y pronto empezaron a llegar botellas a nuestra mesa, gentileza de los parroquianos que apreciaban que viniéramos a llenar de alegrÃa una cierta monotonÃa casi habitual en esos parajes.. Siguió el baile y de pronto todo el mundo cantaba y bailaba que es un gusto, el propietario del restorán decidió que la negocia es la negocia queridi y abrió la cocina especialmente para nosotros. De pronto desaparecimos, dejando nuestra alegrÃa y nuestros bailes a nuestras espaldas, habÃa que emprender el regreso, se aproximaba una tempestad.
Durante el viaje de regreso, pudimos apreciar el canto del viento helado, el baile desenfrenado de las olas y esas blancas lágrimas de un cielo también inmensamente blanco. La naturaleza nos mostraba su hermoso folclore. El pequeño autobús pareció por momentos desamparado como una barquichuelo en medio de una tormenta, atravesando un océano nÃveo. En lo más fuerte de la tempestad detuvimos nuestro andar en un restorán y tuvimos que esperar a que ésta se calmara.
De regreso a la ciudad, 20 centÃmetros de nieve nos esperaban, pero estábamos satisfechos de enfrentar esas nuevas realidades, y que nos permitÃan denunciar de alguna manera lo que habÃa ocurrido y lo que estaba ocurriendo en Chile. Nos parecÃa cumplir con nuestro deber simplemente.
Conocimos gentes, en su mayorÃa, gentes que más tarde y tal vez por otros caminos, llegarÃan a sufrir la misma desesperanza nuestra, al transcurrir de los a¤os. Las familias fueron rompindose con la lentitud de una horrible agonÃa. La principal causa, probablemente, fue la incapacidad de adaptación y la lejanÃa de lo más querido, nuestra Patria, nuestros recuerdos, nuestros amigos, no los impuestos, sino los elegidos. Y a pesar que hubo quienes nos quisieron con infinita correspondencia, más temprano que tarde la soledad, luego las desiluciones nos fueron dejando solos.
Omar
Es asà que conocimos a Omar, profesor de educación fÃsica en Chile y que con su don particular se apoderó de la dirección del Grupo folclórico. Omar era un tipo encantador, lleno de amor por la vida. DecÃase de él, sólo elogios debido a su afán de trabajador incansable. Siempre le vimos trabajar, trabajar y trabajar. Aunque de origen, no modesto, más bien popular, Omar fue modelo para muchos de nosotros. Tuvo que quitar Chile por razones polÃtico-familiares, como fue el caso de mucho de nosotros, que por haber sido tildados de comunistas fuimos poco menos que expulsados, no tanto por el régimen directamente, sino por ese odio tan pintoresco y tan nuestro. Tuve honor e inmenso agrado de conocer sus padres. Su padre, amó, probablemente, labores, que en Chile, por no corresponder al intelecto, carecÃan de importancia y por ende son mal catalogadas. y muy mal remuneradas. Omar padre, dedicó su vida a la zapaterÃa, fue zapatero. Junto con su querida esposa luchó con infinita entrega, permitiendo, con toda honorabilidad, a sus hijos, acceder a la enseñanza universitaria. Hermoso ejemplo. Omar atravesarÃa de pronto por etapas contradictorias que la vida le presentó. Excelente, en las circunstancias, como director del grupo de bailes, pudimos comprobar su capacidad pedagógica de sus aprendizajes universitarios y ese amor exquisito por las cosas simples. Además de este trabajo benévolo, formaba parte de un grupo musical de gran calidad y en la que destacaba como quenista Su trabajo diario, sin embargo, fue el de zapatero.
De pronto el destino dio un vuelco y su exquisita personalidad lo proyectó violentamente al mundo de los negocios, de la noche a la mañana la vida lo estrelló contra la ambición del dinero y del poder que éste genera. Su salario se multiplicó muchas veces y dejando el blue-jeans por el terno y la corbata, le hizo frente a un mundo que lo esperaba para tragárselo. Na de cigarritos huevón, puros, ahora jumo puros y ¡qu? Disfrazado de ejecutivo joven, como aquellos que tanto mal hicieron a nuestro paÃs, Omar salió a bailar, ya no su folclor sino aquel de la América del Norte. Lo và perder alegrÃa por la vida que enfrentaba y que lo dejó danzando en salas repletas de millones de dólares. Creo que no debà abandonarle. Un dÃa no aguantó más la soledad del exilio y regresó a Chile, esta vez no con millones de dólares sino con millones de esperanzas. Por Omar viejo supe que está recuperando su reir y yo estoy feliz de saberlo.
Andry
Entre los amigos sinceros, debo destacar una muchacha en particular, se trata de Andry, cuya aventura personal, vivida en segundos, nos la mostró como la mujer más abnegada y cuyo amor por su esposo, nos dejó con la boca abierta. Conocimos a Andry en momentos en que mi pepa inició un curso de corte y confección, Andry también formaba parte de ese grupo.
Pretendo que Andry es una niña de mi época, que se enamoró, perdida o rocanroleramente, de un músico. Cabe destacar aquÃ, que en esa época, los años 70, los grupos musicales tuvieron su apogeo. Se casaron, los cuentos, generalmente, terminan .... "y fueron muy felices", sin embargo y con el tiempo, debemos comprender, que es aquà que comienzan los verdaderos cuentos y, en su transcurso, algunos suelen convertirse en dramas. Su historia es más o menos asÃ: Pues bien, un dÃa cualquiera, en que todo parecÃa sin asombros y que entraba en la rutina diaria, su flamante esposo, a la bajada de un autobús que lo traÃa de vuelta de EE.UU, fue interceptado por la policÃa . La razón, posesión de 1 o 2 gramos de coca........ En esa oportunidad no fue detenido, más bien reprimido. Este hecho asustó a nuestro protagonista, dejándolo muy nervioso, sin embargo, no confió a su adorable esposa su problema. (?) Un dÃa y mientras yo me encontraba en un paÃs del Caribe, esta pareja decide, luego de regresar de algunos dÃas de descanso en los Estados Unidos, dirigirse directamente a mi casa. Entretanto éste habÃa confesado a su esposa ya, una parte de sus aprehensiones. Mi pepa se portó a la altura y con su natural encanto y cariño, los recibió sin dudarse de nada. Algunas horas después, la policÃa civil se presentaba en nuestra casa y detenÃa a nuestro querido amigo.
Andry sintió que el mundo se le venÃa abajo, su adorado marido, su Ãdolo de tantos sueños, detenido como un vulgar delincuente. ¡Dios mÃo! Algunos dÃas más tarde fue llevado a la corte o a los tribunales de justicia para interrogatorio, Andry decide acompañarlo, con la sóla intención de verlo, estimularlo y decirle "mi amor no está solo, yo estoy contigo", me parece ver a Andry en esa situación. Minutos más tarde, cuál no irÃa a ser su sorpresa, su amargura, su decepción. ¡AhÃ! ¡Ahà estaba su otro yo, su Ãdolo, su amor!, sentado en el banco de los acusados. Los pormenores de la primera encuesta, aunque preliminares, la dejaron clavada a su asiento. Una pesadilla no puede ser más horrible que lo que ella vivió en esos segundos. Vino a saberlo allÃ, en aquel lugar en donde, para él, no habrÃa defensa posible. ¿Tráfico de drogas?, pecado venial para el amor. Concubinaje, sÃ, concubinaje y la existencia, como si hubiera que agregar al drama, de otro retoño, ligado al hecho que la supuesta otra, también estaba acusada de complicidad en este caso.
A pesar de todo, Andry, a la imagen de una dulce sombra, continuó a ayudarlo. Jamás he visto tanta generosidad. No le importó la odiosa afrenta ni la tremenda herida, perdonó lo imperdonable, lloró todas sus lágrimas y aún asà luchó todos los kilómetros de su desventura, por recuperar todo lo que creyó haber perdido. Hoy, luego de vencer la angustia y su propio miedo, vive tranquila y en paz, feliz de haber reconquistado su amor y sus esperanzas; las de ella, por lo menos.
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Yo no pude advertir tus noches,
cuando se escuchaba el rumor del sueño,
ayer te và pasar por el sendero,
ibas en un trineo alado,
y el rubor se cruzaba en tus espejos.
Humberto Lodigiani C.
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CAPITULO 9
Por mi pepa, aprendà a conocer Cauquenes, hoy, forma parte de mis ciudades. Peyuhue y sus playas de encanto, la escuela, eregida en un caserón de ensueños donde mi niña pasea sus recuerdos y parece bailar con mucho cuidado, temiendo despertar ese pasado tan cercano e infinito. La plaza y el Mocambo, suerte de Fuente de Soda, en donde se hacÃan escuchar los aires musicales de la época y la juventud parecÃa cantar también su fe y sus esperanzas. Ciudad que abrÃa paso también a los cambios de justicia pregonados por todo Chile, en coloridas y peleagudas campañas electorales.
Su padre, conoció de cerca al compañero Allende.
Las noticias que llegaban de Chile y los horrores de la dictadura, que por estos lados eran conocidos por nosotros casi al instante, nos ponÃan la carne de gallina. Una joven periodista publicarÃa, años más tarde, una parte de estos horrores, en un acuciosa investigación perodÃstica, "Los Zarpazos del Puma". He aquà un extracto de un testimonio de una de las vÃctimas: «No me dejaron entrar a la morgue. Sólo pude ver el cadáver de mi hijo ya en el ataúd, con la parte de vidrio soldada. De las torturas que sufrió en su cuerpo, no puedo dar testimonio directo. No lo vÃ, pero el abogado y el empleado de la funeraria lloraban al contármelo. De su cara, de su cuello, de su cabeza, si puedo hablar. Lo tengo grabado a fuego para siempre. Le faltaba un ojo, el izquierdo. Los párpados estaban hinchados, pero ne tenÃa heridas ni tajos. Se lo sacaron con algo, a sangre frÃa. TenÃa la narÃz quebrada, con tajos, hinchada y separada abajo, hasta el fin de una aleta. TenÃa la mandÃbula inferior quebrada en varias partes. La boca era una masa tumefacta, herida, no se veÃan dientes. TenÃa un tajo largo, ancho, no muy profundo en el cuello. La oreja derecha hinchada, partida y semiarrancada del lóbulo hacia arriba. TenÃa huellas de quemaduras o, tal vez, una bala superficial en la mejilla derecha, un surco profundo. Su frente con tajos y moretones. Su cabeza estaba en un ángulo muy raro, por lo que creà que tenÃa el cuello quebrado» fin de la citación.
Mi querida negra, no podÃa creer, cuando se percató que un ser inmundo, un general de ejército, Sergio Arellano Stark y un séquito particular de asesinos, Coronel Sergio Arredondo González, Teniente Coronel Pedro Espinoza Bravo, Mayor Marcelo Moren Brito, Teniente Armando Fernández Larios, y cumpliendo órdenes Nerónicas y Augustas, habÃan paseado el odio y la muerte por su propio Cauquenes, bajo el mote, "la caravana del buen humor". Allà vendrÃa a comprender, que los que verdaderamente asesinan nuestro pueblo, desde siempre, no son los tildados comunistas, sino los momios oligarcas. La suerte corrida por Claudio Rodrigo Lavin, América DomÃnguez, y la participación de un tal Palomo, la emocionaron y al mismo tiempo la hicieron recordar fantásticos espacios de su niñez.
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Madre, unos ojuelos vÃ,
verdes, alegres y bellos.
¡Ay, que me muero por ellos
y ellos se burlan de mÃ!
Lope de Vega
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Continuará