Entrar en este bosque era lo que le causaba intriga.
¿No será tan malo después de todo? – se preguntaba la princesa
Jamás lo habÃa intentado, pero si pensado algunas veces. Ahora estaba allÃ, en el lÃmite.
Detrás de ella, se encontraba el castillo, el mismo que conocÃa hace tantos años.
¿Quién se darÃa cuenta?, en fin, en ese lugar muchas cosas habÃan dejado de ser, los desayunos se volvieron aburridos, ya casi no habÃa tiempo para nada, los almuerzos eran terribles, y las cenas unas veces en el jardÃn otras, otras mirando foso. Nada era igual, nunca salÃa de aquel lugar, se estaba cansando de no poder ser ella misma. Fingiendo algunas veces.
Alguna vez pensó en subirse a la mesa y bailar en ella, otras pensó arrojarse desde lo alto de la torre y caer al foso. Pero la hubieran tomado por loca. El castillo era su hogar pero se sentÃa por momentos extraña.
Aspirando el olor de las rosas por las mañanas y, sin que nadie se de cuenta, hurgaba entre la tierra en busca de gusanillos. Los colocaba en un bolsillo y trepaba sin ser vista a lo alto de un Pacay. TenÃa amigos allÃ. Un nido con tres pichones.
Aprovechaba el que los padres no se encuentren, para invitarles el desayuno.
Esta vez lo haré se dijo.
TenÃa alguna idea de cómo era el bosque, pero no sabÃa que podrÃa encontrar en él.
Su naturaleza curiosa y el espÃritu de aventura fueron más y se adentró en él.
Caminó, vio, reconoció, y algunas veces se quedó mirando tratando de recordar algo.
Cerca de un pequeño arroyo, le pareció reconocer un árbol familiar. Trató de subir pero no pudo.
Se colgó de una rama y por el peso se rompió.
- Asà no podrás y terminarás dañando al árbol - le dijo una voz –
Se asustó un poco, pero pudo reconocer que la voz venÃa desde arriba.
- ¿Quién eres? – preguntó –
- El dueño de este bosque – replicó la voz
- El bosque no tiene dueño – dijo ella en tono algo burlón –
- Es mÃo – y no discutiré más
- Bueno es tuyo, entonces tampoco discutiré más – dijo ella y se volvió a mirar el árbol de mango que tenÃa detrás.
A él le llenó de enojo esto y trató no ser descubierto.
- Ese es un árbol de mango – replico la voz
- Ya lo sabÃa – dijo ella.
- Te lo recuerdo por si lo habÃa olvidado.
Ahora ella era quien estaba enojada.
- No he olvidado nada, y al menos por educación muestra tu rostro, o creeré que los árboles hablan, o no eres tan caballero para poder hablar con una dama. – dijo ella.
El bajó del árbol y se presentó ante ella.
- Mi nombre es William, princesa – diciendo esto hizo una reverencia
- ¿Cómo sabes que soy princesa? – dijo ella algo asombrada.
- Desde aquà puedo ver muchas cosas, y también puedo ver el jardÃn, la torre y el foso.
- ¿Puedes verlos? – preguntó ella, y se sintió descubierta.
- Desde aquà puedo ver muchas cosas. Sé que sube al árbol del pacay para poder alimentar a las aves, lo sé porque la he visto hurgar en la tierra. No creo que busque tesoros.
Y cómo puede saber este tipo que yo hago eso en las mañanas, pensó para si la princesa.
El pareció adivinar sus pensamientos y le dijo:
- Lo sé porque yo también hago lo mismo.
Ella abrió los ojos, admirada por que era la primera vez que no le decÃan que aquello parecÃa una locura.
Aún no me has dicho porque dices que soy princesa – preguntó ella, con tono más calmado.
- Bueno en los palacios vive mucha gente, los caballeros son panzones, y las damas son hermosas. Pero los ángeles, están destinados a ser princesas.
Ella sintió que toda la sangre le subÃa a la cara, además porque hacÃa tanto tiempo que no le decÃan cumplidos y por el hecho de que se lo digan casi a sus espaldas como si lo que dijera William fuese un secreto.
- No es necesario ponerse del color de una rosa roja, y si usted bella princesa fuese como una rosa, igual yo estarÃa a gusto.
- ¿Por qué? – pregunto ella con cierto aire inocente.
- Porque una flor, adorna el paisaje, y, aunque no hable, siempre podremos contemplar su belleza.
La princesa, sentÃa que iba a llegar al cielo con tantos halagos, pero se armó de valor y dijo:
- Es usted un caballero muy intrépido, pero, no es está bien decirle eso a una dama comprometida hace tantos años.
- Sumar tiempo no es sumar amor mi señora – replicó él, con una natural frescura, he hizo que ella dudara de su propio compromiso y sus propias palabras
- Pero mi lugar es el castillo, pertenezco allÃ.
- Uno pertenece donde se siente a gusto.
- Nunca me han tratado mal. – se defendió ella.
- No digo que la traten mal para no sentirse a gusto, pero es mejor ser libre a estar fingiendo serlo.
- Tu no conoces nada de mi, es injusto que digas estas cosas – diciendo esto
Sintió que el coraje le llenaba las manos.
- Puede golpearme si asà lo desea, no me defenderé, además no podrÃa hacerlo. SerÃa muy cobarde de mi parte.
- Eres un estúpido – grito ella.
El la miraba con un aire paciente, como cuando miraba las avecillas en primavera al buscar entre los árboles o el suelo algo que les sirva para construir sus nidos y sentirse seguras.
- No me mires con esa cara, porque no reaccionas – grito ella al punto que le daba
un empujón
- No es mi estilo - respondió él, se encogió de hombros dio la vuelta y miro a lo alto del pacay.
Vio que habÃan regresado los padres al nido a alimentar a los polluelos, ahora debÃa esperar hasta el siguiente dÃa para poder alimentarlos.
- Princesa no es bueno que este parada allÃ, si acaso piensa esta todo el dÃa en ese lugar deberÃa ponerse a la sombra, a veces el sol pega muy fuerte – dijo William, como pensando en voz alta.
Estuvieron asà largo rato, mirándose de reojo, como disimulando la situación, para ver quien cedÃa primero. Por fin ella dijo:
- Si hubiera estado en el castillo, la situación hubiera sido distinta, hubiera discutido con todos y me hubiera llenado de coraje, hubiera llorado de rabia. Pero ya pasó.
- Sabia que se le pasarÃa – dijo William –
- ¿Cómo lo sabÃas?
- Por que yo suelo hacer lo mismo cuando a veces me enojo, pero he comprendido al verla a usted que no es bueno andar gritando ni estar con esos humores. Total si al final vamos a terminar conversando y riendo.
La princesa soltó una sonrisa y ocultó su admiración. Se habÃa encontrado con un persona que le hacia recordarse. La única diferencia era que él era hombre.
Aquella mañana ambos caminaron, por el sendero que lleva al lago, le mostró una caÃda de agua, rieron de todo y de todos, era bueno no sentirse extraña en un lugar extraño con un extraño. Pero no era bueno pensó, sentirse extraña con personas familiares, en un lugar familiar, como el castillo.
Esto la entristeció un poco, pensar que durante tanto tiempo vivió tratando de ajustarse a las reglas, dejar de lado las cosas que quizás le hubieran dado alegrÃa a su vida y corazón, por complacer a las demás gentes, o tal vez a una persona. Nada es justo, todos quieren lo suyo, y a veces sacrificarse por nada no trae recompensas.
El amor es fuerte pensó, pero la costumbre lo es más.
Era medio dÃa y ya era hora de comer, serÃa bueno pensó, un buen manjar. Como aquellos que servÃan en el castillo, en la torre desde donde se veÃa el foso.
Y pensó en regresar.
- Es hora de irme – le dijo a William
- Es hora de almuerzo - respondió él – supongo quieres regresar al castillo, puedes ir, no es necesario que me lo digas.
Ella pensó que hubiera sido magnifico, que él le pidiese que se quedase, esto la mortificó un poco.
- Si quieres quedarte puedes hacerlo, si quieres irte puedes hacerlo, no te obligo, uno se queda donde se siente a gusto.
- Bueno es hora de retornar – dijo al verse descubierta nuevamente.
- Cuando guste princesa yo estaré por estos lugares.
- Bueno William, debo regresar. En el castillo me espera una realidad muy distinta a esta, los modales, el fingir que me gustan las zanahorias en la sopa, esas gruesas y grandes, los tomates en la ensalada, en fin. Pero cualquier dÃa volveré, si podemos seguir conversando, sin discutir tanto.
- Princesa cuando quiera y cuando guste, si a usted le parece bien este territorio mÃo, donde puede ser lo que usted desee, sin fijarse en las reglas, entonces podrá disfrutar de lo que hay aquÃ.
Diciendo esto se despidieron agitando las manos, hubiera sido mejor un abrazo, pero ambos fingieron ser diplomáticos esta vez. La próxima vez no será asà se dijeron ambos, y mientras pensaban y disfrutaban el abrazo imaginario, dieron cada uno la espalda al otro y tomaron cada quien su camino.
La princesa al castillo, el cual por primera vez en tanto tiempo le pareció algo extraño, y a él, el camino al lago, el cual le pareció mucho mas corto que antes.
Al llegar ella al castillo ingreso por la parte trasera, justo donde habÃa descubierto aquella puerta que daba a un jardÃn que nadie cuidaba, lleno de malezas y flores.
Al tratar de pasar rápidamente, el vestido se enganchó en una vieja madera y se rompió, ella no lo notó, pero al llegar al salón donde la esperaban sintió un vació. Algo le remordÃa en la mente pero a la vez no se sentÃa culpable. HabÃa hecho aquello que le gustaba, habÃa conocido una persona que no le interesaba lo que hiciera, incluso si gritaba. HabÃa encontrado comprensión, no en su totalidad porque al principio le resulto algo grosero, pero se habÃan despedido cortésmente, aquella tarde se le vio una sonrisa dibujada en su rostro, algo le iluminaba el pensamiento, pocas veces se le habÃa visto de esa manera. Ella recordaba el camino al lago, su enojo, su ira, y la manera como fue tomando forma esa amistad, pensó que a William no le gustarÃa vivir en el castillo, todo era algo aburrido, todo era como siempre, pero se dijo:
- Mañana pondré una señal en la torre, si es capaz de verla entonces, bajaré por la tarde camino del bosque.
Aquella noche colocó un lienzo rojo, era su color favorito, (bueno el negro, el azul y plomo también. Le gustaba igual aquel vestido color verde limón)
Ató el lienzo en una cornisa que salÃa de la torre, y lo dejó bailar al viento. Ella miraba hacÃa el bosque pensando que tal vez podrÃa ver su figura, trataba de adivinar su silueta entre las sombras. Y asà se fue a dormir.
Por la mañana se levanto muy temprano, se olvido de los pajarillos en el árbol.
Se acercó a la cornisa, estaba atado aún el lienzo, se decidió a guardarlo pero, noto que faltaba la mitad de este. Pensó que no fue buena idea el viento fuerte de la noche tal vez habrÃa hecho jirones la otra parte. Lo tomó y se marchó pensando en eso.
HabrÃa sido capaz William de fijarse, de repente no la habrÃa visto, y bajo algo pensativa.
Aquella mañana el prÃncipe se acercó después de buen tiempo y le dijo:
- Te noto algo diferente, ayer te vieron sonriendo a solas, y con alegrÃa en el rostro, acaso algo afecta tu mente.
- No es nada, solo recordaba algunas cosas que sucedieron, pero no es mucho.
- Bueno – dijo el prÃncipe – sólo espero que te encuentres bien.
Ella se sintió algo mortificada, pues antes si estaba alegre o triste el prÃncipe se interesaba. Ahora pues simplemente se dio la vuelta y se fue a atender sus cosas. No estaba bien, antes ella lo soportaba de buena gana, ahora se sentÃa incomprendida, él ya no era el mismo, absorto en sus cosas, sin tomar en cuenta si ella estaba bien, y si se sentÃa mal, pues con un doctor intentaba remediarlo todo.
Se olvidó que las flores y los cumplidos no solamente se dan en las fechas importantes. Todo se habÃa vuelto rutina, y ella, buscaba darle interés a su vida. Decidió salir del castillo, no vendrÃa a comer y si el cielo reventaba, pues a ella no le importaba.
Caminó, hacia el bosque, recordaba el camino y llegó hasta el árbol donde conoció aquel extraño que se volvió su amigo.
Miró a todos lados, y no pudo encontrarlo…
- ¿William? – llamó, como preguntado, y el silencio respondió
- William si estas aquà responde – el silencio volvió a responder.
- Creo que no fue buena idea venir hasta aquÃ, mejor regresaré al castillo
Diciendo esto dio media vuelta, y al fijarse en el árbol de mango pudo reconocer la mitad de lienzo que habÃa sido arrancado.
- ¿Asà que fuiste tú? ¿Cómo lo hiciste, si la torre es alta y el foso esta de por medio? ¿Además hay guardias en la noche?
- No fue difÃcil – respondió William – si tienes una cuerda y un buen arco no puedes errar el tiro.
La voz salÃa desde algún lugar, no podÃa ubicarla y hurgaba con los ojos tratando de adivinar.
De repente sintió que le tapaban los ojos, trato de soltarse pero sintió una gran confianza en esas manos desconocidas, William le dijo al oÃdo:
- Gracias Elizabeth –
La princesa sintió que se le arrebolaba la sangre en el pecho, nunca habÃan pronunciado su nombre de manera tan dulce, y en esa forma. Como si su nombre fuese un secreto guardado. Algo que no se pudiera decir, como cuando se pronuncia algo sagrado, y uno tiene miedo decirlo, por temor a cometer algún pecado si se equivoca. Elizabeth no se pudo contener, dio media vuelta y se abrazó a William con la fuerza que solo puede salir desde el fondo del alma, una fuerza que estuvo durmiendo durante mucho tiempo.
William sorprendido trato de no decir nada, pero al ver que era ese abrazo que siempre quiso dar y recibir, la abrazó lenta pero seguramente. Y le dijo:
- Princesa tiene el corazón muy noble, y me gusta su sinceridad.
Ella aún no lo soltaba y él la abrazó con la misma intensidad. Ella se sintió comprendida en ese abrazo, cerró los ojos y se dejó volar. Era la primera vez en tanto tiempo que se sentÃa tan segura, que alguien por primera vez entendÃa su abrazo. Siempre le decÃan que, si acaso querÃa romperle los huesos a alguien.
Eso la hizo mostrarse más fingida en su sentimiento asà fueron muriendo poco a poco esas ganas locas que traÃa dentro. Pero hoy habÃa comprendido que todo aquello no estaba perdido que podÃa sentirse viva nuevamente. Que aquel extraño no era un extraño. Que acaba de conocerlo pero sentÃa que podÃa confiar en él.
Después de quedarse casi sin fuerzas se soltaron se miraron a los ojos y cada quien vio brillar en los ojos del otro algo que todos buscan. Amistad, cariño, entendimiento, pasión, locura, ese yo se reflejaba en otra persona, el espejo de su vida podÃa ser divisado en otro ser.
Asà empezó una gran aventura.
William llevó a la princesa a la parte más alta del bosque, la montaña trueno. Era un lugar de nubes eternas. Antes de llegar a la cima todo se envolvÃa en un manto de niebla y rocÃo. Era fantástico estar allÃ. Uno se podÃa acurrucar y dejarse mojar en medio de esas nubes junto con el agua que caÃa finamente.
Si caminabas un trecho más arriba, podrÃas escuchar el rugido de la montaña (era un volcán pequeño, de algunos cuantos metros, nunca habÃa hecho erupción) los pobladores cerca al castillo decÃan que aquello era obra del diablo, por eso nunca entraban mas allá de cien metros en el bosque.
Aquella mañana, William le enseño un secreto, un lugar escondido el cual sólo compartÃa con un gato montés – en fin, al gato no le gustaba bañarse asà que eso lo hacia casi absoluto para él -.
TenÃa esta gran laguna un agua color turquesa, muy limpia, la parte izquierda era frÃa y la parte derecha era tibia, pero, conforme se acercaban a la falda de la montaña, el agua se tornaba demasiado caliente, el lago estaba separado en medio por un dique natural, lo cual le daba esa particularidad de dos temperaturas, una ideal para el verano y la otra ideal para el invierno. Al final las aguas se juntaban en un solo canal pero siendo mucho mayor el agua frÃa, el agua caliente terminaba muriendo pues no era mucha la filtración de esta por la falda de la montaña, y al pueblo llegaba con una temperatura muy normal. Esto le valÃa de mucho a William ya que de no ser asÃ, los curiosos hubiesen invadido desde hace mucho su bosque (como él lo llamaba).
El lago de dos aguas estaba casi hundido entre el bosque, esto lo hacÃa muy perfecto, pues el agua frÃa que alimentaba la mitad de la laguna venÃa desde las altas montañas, creando asà un tobogán natural, perfecto para deslizarse y caer como quisieras en el agua.
Aquella mañana la princesa se deslizó tantas veces que perdió la cuenta. Como no querÃa mojar el vestido tuvo que meterse al agua sin él. William advertido de esto, decidió que era mejor ir a ver el gato montés y algunas trampas de alrededor, porque hoy dÃa le tocarÃa hacer de cocinero.
Regresó cerca al medio dÃa. Con un gran pez y una extraña ave de la cual las plumas de muchos colores servÃan muchas veces como adorno en los sombreros de las damas.
- Ya voy llegando – grito William
- Espera un momento, debo vestirme – dijo la princesa
- Entonces apúrese que la comida se enfrÃa – agregó William
- ¿Cocinaste? – replicó la princesa con un aire de admiración
- Es natural, debemos comer algo, o moriremos de hambre, pero no cociné, cocinaré – contestó William
- Bueno eso es novedad, un hombre que cocine, pues, es muy raro, y si los hay se cree que no son muy varones. Eso es trabajo de mujeres. – dijo la princesa
- Bueno si es trabajo de mujeres, entonces princesa seria bueno que cocine usted hoy, , o será que en la corte las mujeres no hacen el papel de mujeres – Dijo William.
Esto irritó mucho a la princesa, y dijo:
- En la corte las mujeres hacen muchas cosas, y si un hombre puede cocinar porque las mujeres no pueden hacerlo.
- Entonces esperaré – Dijo William
La princesa descendió. Se encontró frente a frente con William y dijo:
- A ver dime que es lo que se cocinará hoy dÃa.
- Pensaba si acaso serÃa bueno pescado asado y sopa de este distinguido plumÃfero – Dijo William con cierto aire de suspicacia.
Esto aumentó mucho más las ganas de demostrar que una mujer era mujer y que un hombre no podÃa ser más que ella.
La princesa tomó el pescado, y preguntó donde lo cocinarÃan.
- Bueno, siempre hago fuego con este pedernal y una cuantas hojas secas, luego busco ramas en el bosque, lo que necesito para cocinar está detrás de aquella piedra, junto a la pequeña cornisa.
- Está bien, mientras me das el pedernal, y junto las hojas, por lo menos traerÃas la leña ¿no? – replico la princesa con una voz de arrepentimiento.
- Está bien, iré y regresaré pronto.
La princesa tardo mucho en prender el fuego, cuando llegó William aún estaba soplando y resoplando, él la miraba tiernamente, como cuando miraba a las crÃas de los gatos monteses jugar, y le dijo:
- Puedo ayudar si desea –
- Déjame que yo se como hacerlo – dijo la princesa y en esa frase dejo ver que su orgullo estaba a punto de romperse.
- Pero si seguimos asÃ, hoy no comeremos – Dijo William.
- ¡Sé como hacerlo! – Grito la princesa.
Diciendo esto golpeó con mucha fuerza el pedernal y por fin saltó suficiente chispa que prendió las hojas secas y la paja. Tomó el pescado lo abrió, limpio bien y quito las escamas, agregó sal, lo paso con un palo y lo puso sobre el fuego. Tomó las ollas de barro, tomo un poco de agua caliente, quitó las plumas y desolló hábilmente el ave. Echó un poco de sal al caldo y algunas hojas que le dio William y dejó que todo se cocinase rápidamente.
Se sentaron junto al fuego debajo de un gran árbol.
- Debo confesar “madameâ€, que me ha sorprendido
- No vuelvas a decirme asà – dijo ella
- ¿Asà cómo? – respondió Él
- Eso de madame, ya lo tengo hasta el copete, con todos esos tipos panzones en la corte creyéndose los muy cultos.
- Perdón si te ofendà Elizabeth – mientras decÃa esto la tomaba de la mano y acariciaba su rostro.
- Bueno tú no sabes como me siento a veces, son dÃas terribles, quisiera estar sola, en un lugar como este, disfrutar de paisaje y escuchar las aves, pero en el castillo es muy distinto. – dijo ella con aire de tristeza.
- Yo te he dicho que cuando quieras este lugar es tuyo también. – Agregó William
- Gracias, por se como eres conmigo, no me habÃan tratado asà durante mucho tiempo, espero que nuestra amistad siga y que dure mucho. – Dijo ella con aire de esperanza.
- Siempre estaré a tu lado, si me recuerdas y logras sentirme en el pensamiento entonces estaré a tu lado, si sientes que tu sangre corre como el arroyo, libre y sin detenerse y puedes aspirar el aire y sentir el aroma de los árboles aún estando dentro del castillo, me tendrás a tu lado. – dijo él
- Eso suena muy bonito, pero a la vez es muy triste, tiene un tono de despedida – agregó ella y se acurrucó en su pecho y lo abrazó con fuerza.
- Todos tenemos que partir algún dÃa, la muerte vence a la vida, la costumbre vence al amor, la duda vence la seguridad. – Dijo William
- Que podemos hacer para vencer todo aquello – preguntó ella
- Para vencer la muerte debes pensar que aquello se ha ido lejos, está como en un viaje. Lejos, más allá de las nubes allà donde sólo las aves conocen el infinito, entonces sabrás que aquello está seguro donde está, porque nadie puede hacerle daño.
- Y como vencer la costumbre – volvió a preguntar ella-
- Par vencer la costumbre, debemos despertar e inventar un beso nuevo cada dÃa, un abrazo nuevo, descubrir nuevamente el amor, saber que el amor se alimenta, que se riega con locuras, si te besan y en el beso sientes que algo nuevo sucede, entonces puedes sentirte segura, si el beso se hace costumbre entonces inventa uno nuevo. Si la intimidad se vuelve costumbre entonces inventa una nueva forma de entregarte. Si no puedes hacerlo busca alguien quien te pueda hacer sentir viva de nuevo. Si caes en la costumbre entonces perderás tu vida, tus ilusiones, serás como este pequeño hongo que ves aquÃ, que no se sabe aún si es una planta o es un animal, asà te sentirás, sin saber si es amor o es costumbre. La costumbre mata el amor, el amor es locura, es inventar siempre algo nuevo, alguna cosa distinta, emociones nuevas. Eso es el amor. Pero no puedes inventar sola el amor, necesitas alguien. Un ser que te ayude, que piense que tus locuras son cuerdas, y tu cordura es signo costumbre.
- Y para vencer la duda – volvió a preguntar ella
- Para vencer la duda deberás confiar en ti misma.
- ¿Si dudas del amor? – preguntó ella –
- Si dudas del amor entonces aquello no es amor, tal vez hay algo que de lo que aún no te has dado cuenta, que aquello nunca fue. El amor es fuerte, nada lo vence.
- Pero me has dicho que la costumbre vence al amor.
- Cierto, pero si no dejas que la costumbre se apoderé de ti. De lo contrario prepárate a perder.
- ¿Entonces si tengo costumbre y tengo dudas? – pregunto ella, al tiempo que miraba fijamente a William
- Si tienes costumbre y dudas, entonces prepárate a perder aquello que siempre tuviste.
- Pero puedo volver a recuperar aquello que tuve alguna vez, si lo intento, sé que puedo hacerlo. – dijo ella con aire resuelto como si tuviera la solución a un problema
- Puedes hacerlo, claro está, pero hay otro problema.
- ¿Cual? – pregunto ella, con aire de contradicción.
- El temor – dijo William -
- ¿Cuál temor? – reprocho ella, mientras la curiosidad llenaba su mirada.
- El temor de caer en la costumbre y la duda. Mientras vivas con el temor de no caer en uno de ellos, tu vida no será igual. Tendrás que vivir libremente, pero en el castillo se acostumbraron a verte siempre fiel, con modales, fingiendo algunas veces algo que no eres. El prÃncipe se acostumbró a verte siempre asÃ, para él, encontrarte cuando quiera, deberá entender que no siempre estarás allÃ. Alguna vez tendrás que escaparte de la rutina para ser tu misma. Eso no podrá comprender y sufrirás al tener que fingir que lo quieres recibir.
- Es muy difÃcil esto que me dices – dijo ella
- No es difÃcil – dijo William – lo único que debes hacer es ser libre, no finjas nada, sé tu misma, como lo quieres hacer. Y si puede aceptarte tal y como eres entonces serás feliz. Pero si intentan cambiarte en el más mÃnimo detalle, entonces decide si es el lugar y el momento.
- Pero si le comentó lo que quiero hacer y decir. Y le digo que quiero ser libre y ser como soy de lo contrario me iré. – dijo ella como buscando solución a algo que parecÃa la atormentara.
- Si lo dices entonces, caerás en el error más grande que puede haber.
- ¿Cuál? - Dijo ella.
- El chantaje y la amenaza, porque desde ese momento todo se hará como tú lo quieres, y lo harán por temor a que te puedas ir, o de lo contrario tratarán de retenerte con engaños, entonces habrás perdido todo lo que por un momento habrÃas creÃdo recuperar. Es mejor que te acepten por amor, antes que te acepten por temor a que te puedan perder. Si te dejan ser libre entonces te sentirás a gusto.
- Tienes razón quiero que me acepten por lo que soy, que hagan las cosas que me gustan por que les nace, no por el miedo o temor de saber que si no lo hacen pueda irme. Total al fina todo tiene un lÃmite, y si callan por temor algún dÃa ese temor se convertirá en rebeldÃa y entonces será mucho peor.
- El pescado y la sopa esta lista, comamos que ya se nos esta pasando el hambre – dijo William
Aquella tarde se la pasaron riendo, comieron y disfrutó cada quien la compañÃa del otro. Y cada uno sentÃa dentro algo que les decÃa que tal vez nada volverÃa a ser igual.
Cuando terminó el almuerzo, William la llevo a otro lugar, desde donde se podÃa ver el castillo y todo el valle, la pequeña villa y el arroyo.
HabÃa en ese lugar, algunas pieles de animales, ropa hecha con pieles, y una almohada hecha con finÃsimas plumas. Se sentaron, y mientras observaban como el sol aún estaba en lo alto, ella se acurrucó en su pecho, él la abrazó, ella lo miró y no pudieron resistir la tentación del primer beso. Fue intenso, tierno y apasionado, sentÃan en aquel beso, que algo llenaba ese vacÃo que siempre tuvieron. Aquella tarde se amaron, se entregaron cada cual a su propia forma de amar, que era tenÃan tan en común, conocida para ellos, desconocida para los demás. La ternura del cielo y la caricia de los ángeles, llenaron aquel lugar, mientras ella repetÃa su nombre y el repetÃa el suyo. Se amaron una y otra vez, perdieron la cuenta de los besos y las caricias. Aquella tarde, mientras con una pasión salvaje ella le entregó el corazón y él le entregó la vida, se sintieron vivos nuevamente. Se conocieron. Quedaron dormidos, ella recostado en su pecho y ella cubrÃa el rostro de él, aquella desnudez no les daba vergüenza, él se despertó y volvieron a amarse por última vez.
Ya casi era de noche, y decidieron bajar, pero antes ella le entregó el medallón que llevaba consigo siempre. Él se lo colocó y dijo que siempre la conservarÃa. Al llegar al lÃmite del bosque, cerca al arroyo, pudo ver muchas luces, antorchas, y gritos de gente. Ella pidió que se marchase, venÃan a buscarla. El decidió no dejarla sola. Ella lo convenció diciendo que lo buscarÃa. El casi partÃa, pero una voz lo detuvo, era el prÃncipe quien decÃa que se detenga. El volteó, una flecha atravesó el aire y se le clavó en el pecho. El miró como ingresaba lentamente, ella no pudo decir nada, pues el terror pudo más que su voz.
El cayó por el pequeño barranco, y un golpe en el agua hizo notar que el cause lo llevarÃa con rumbo al gran rÃo. El caudal no era mucho, pero lo suficientemente fuerte como para arrastrar un hombre. Recorrieron toda la ribera sin encontrar nada. Ella presa del pánico aún no podÃa reaccionar, solo lloraba. El prÃncipe se acercó y le dijo:
- OlvÃdate de esto, lo importante es el hecho que estas bien y ese tipo no volverá a molestarte
- No me molestaba, era mi amigo y tu lo mataste – dijo ella reponiéndose al terror
- Yo no lo maté fue un soldado quien lo hizo, no puedes culparme, además si no hubieras salido a escondidas del castillo, tal vez esto nunca hubiera pasado, y tu amigo no estarÃa muerto.
- Tienes razón, creo que la culpa es mÃa – diciendo esto bajo la cabeza, mientras el prÃncipe la abrazaba.
- Ya olvÃdate de esto, seamos felices y dejemos que pase el tiempo.
El prÃncipe mando prender fuego a la mitad del bosque. Aquella noche se consumió casi en su mayorÃa, una lluvia nocturna pudo contener las llamas que lo hubieran acabado todo.
Por la mañana, ella observó con terror lo sucedido. No quiso decir nada, pues sabÃa que no podrÃa luchar contra todo aquello, y no hubiera podido aceptar que habÃa estado con aquel extraño, tal vez la hubieran desterrado para siempre.
A los tres dÃas de estos hechos, se celebró la boda real, el prÃncipe serÃa Rey, y ella Reina. Sus sueños cumplidos realmente. Los sueños se completaban. Pero su alma estaba triste, nunca serÃa completamente libre.
Pronto la reina estaba embarazada, pronto habrÃa heredero, el rey estaba feliz. Y ella con el amor de madre, tomó mucho cariño a ese nuevo ser que crecÃa dentro de ella.
Siempre miraba aquel bosque que crecÃa sólo, sin nadie que lo cuidaba, pronto ese bosque se convirtió en una selva. Nadie querÃa entrar allÃ.
Nació el heredero, todo era felicidad en la corte, pero la reina andando en su mente, sabÃa realmente que aquel heredero al trono no era hijo del rey, era hijo de la única persona que pudo entenderla y que ahora estaba muerto.
Paso asà el tiempo.
Ahora el prÃncipe Eduardo tenÃa 16 años, y cierto dÃa al igual que su madre, se paró al borde del bosque que ahora era una selva, entró y pudo ver un camino que llevaba a un lago, se paro junto a un árbol e intento subir, la rama se rompió.
- Asà no podrás y terminarás dañando el árbol - le dijo una voz –
Se asustó un poco, pero pudo reconocer que la voz venÃa desde arriba.
- ¿Quién eres? – preguntó –
- El dueño de este bosque – replicó la voz
- El bosque no tiene dueño – dijo el en tono algo burlón –
- Es mÃo – y no discutiré más
- Bueno es tuyo, entonces tampoco discutiré más – dijo él y se volvió a mirar el árbol de mango que tenÃa detrás.
A él le llenó de enojo esto y trató no ser descubierto.
- Ese es un árbol de mango – replico la voz
- Ya lo sabÃa – dijo el.
- Te lo recuerdo por si lo habÃa olvidado.
Ahora el prÃncipe quien estaba enojado.
- No he olvidado nada, y al menos por educación muestra tu rostro, o creeré que los árboles hablan, o no eres caballero para poder hablar con otro caballero – dijo el.
William bajó del árbol y se presentó ante el.
- Mi nombre es William su majestad diciendo esto hizo una reverencia
- ¿Cómo sabes que pertenezco a la realeza? – dijo el algo asombrado.
- Tienes la mirada de tu madre y también el mismo carácter.
- ¿Conoces a mi madre? – preguntó el prÃncipe
- La conozco desde hace mucho tiempo, es una mujer fuerte, noble y muy amorosa – diciendo esto lanzo un suspiro.
- ¿Y desde cuando?, porque ella nunca ha hablado de ti – dijo el prÃncipe.
- Pensó que estaba muerto y por eso es que nunca pudo contarte de mi. – dijo William
- Bueno vayamos a palacio, allà podrás verla y decirle que estas vivo. – dijo el prÃncipe.
- Ya es tarde, debo partir, sólo esperaba este momento, ahora lo que deseo es que lleves este pequeño presente a tu madre, sin que nadie lo vea. – dijo William.
- Esta bien, pero luego podrás contarme más cosas, porque ya es tarde, debo regresar, mi madre debe estar preocupada – dijo el prÃncipe.
- No tengo mucho tiempo, debo partir, debo recorrer el mundo. Es mi destino y mi aventura. Puedes decirle eso a tu madre.
Diciendo esto, le entrego el medallón. Se podÃa observar una gran abertura. Aquella flecha no habÃa perforado su pecho, habÃa pasado el medallón y roto una costilla, pero no tocado su corazón. Pudo salir del arroyo, refugiarse algo lejos, y sobrevivir con el dolor de su alma al ver como era consumido su hogar. Pero tuvo valor para reconstruir en el mismo lugar. Siempre se sentaba en aquel sitio donde se amaron. Aquel donde se juntaron los cuerpos. Él lloraba su ausencia.
El prÃncipe llegó hasta su madre y le entregó el medallón, ella lo reconoció, sintió correr nuevamente su sangre, quiso saber todo acerca de ese encuentro. El prÃncipe le dijo tal como habÃa sucedido, la reina pudo ver la marca en el medallón y comprendió que William pudo sobrevivir. Salió a la torre y aspiro el aire, pudo sentir el olor del bosque y pudo sentir nuevamente su piel, vio nuevamente su rostro.
Todo el tiempo habÃa vivido con esa angustia, ahora se sentÃa libre. Aquella noche lloró, por sentirse nuevamente sola, porque hubo alguien que la comprendió alguna vez en la vida, que la quiso tal y como era. Porque ahora era encuentro y la despedida; ella no lo verÃa.
Mucho tiempo su recuerdo la habÃa apenado. Ahora desde ese momento se sintió viva de nuevo.
Vivió como siempre quiso desde este dÃa. En la corte decÃan que la reina habÃa enloquecido, poco a poco, fueron dejándola de lado, ya nadie hablaba de la reina como la más imponente mujer del reino. Todos decÃan que era distinta, pero lo importante es que ella no se sentÃa asà consigo misma, incluso encontró un compañero nuevo para sus ideas, aquellas que llamaban descabelladas, ese compañero era el prÃncipe, fruto de aquel amor, era el único que pudo entenderla. Y poco a poco ella fue inculcándole lo que pudo aprender de William. PodÃa ver en su hijo aquel extraño que la hizo sentirse conocida. El prÃncipe fue el vivo retrato de su padre. Con el tiempo el Rey murió, el prÃncipe Eduardo fue Rey, y pudo gobernar a su pueblo con justicia, amor e igualdad. La reina, su madre, vivió feliz de poder haber encontrado en su hijo el vivo retrato de su padre, y nunca más se volvió a sentir sola. Cuando se sentÃa triste, se paraba en la torre y aspiraba el aire del bosque.
Alguna vez andando se adentró en él, el Rey Eduardo siempre la acompañaba en esas excursiones, ambos paseaban y eran inseparables, se acercó a un árbol, y dentro de un pedazo de cuero dejó un mechón de cabello, atado al tronco. Siempre tuvo la esperanza de poder encontrarlo, pero nunca más hallo aquel extraño que la hizo sentirse conocida.
Aún asÃ, siempre lo pudo sentir en el aire de ese bosque.
El rey Eduardo no preguntó, porque sabÃa que su madre siempre tenÃa un motivo para cada cosa.
El prÃncipe que ahora era Rey aprendió a sentir aquello que su madre sentÃa cuando aspiraba ese aire.
Dentro de ella decÃa, “lo que sientes hijo mÃo, es la presencia de tu padre..â€
Andando el tiempo, el prÃncipe Eduardo que ahora era rey se casó y tuvo hijos.
La reina murió y su ultimo deseo fue ser enterrada cerca del lago en el bosque… asà se hizo.
El hijo mayor del Rey Eduardo, cierto dÃa se adentró en el bosque a dejar flores a la reina.
Regresó corriendo con la noticia que en la tumba de su abuela habÃa un cuerpo, era un extraño.
El prÃncipe Eduardo, que ahora era rey, bajó corriendo con él y pudo reconocer a William. En sus manos pudo ver el mechón de pelo, el cabello que alguna vez perteneció a su madre, con una inscripción en ese pedazo de cuero, que su madre dejó en ese tronco. DecÃa:
“ Para mi amor de toda la vida. Elizabeth, y para mi Hijo Eduardo..â€
El prÃncipe Eduardo que ahora era el Rey, hizo jurar a su hijo que de esto no dirÃa nada.
En ese momento comprendió porque siempre se sintió distinto en aquel castillo, comprendió aquello que siempre le dijo su madre, “eres igual que tu padreâ€.
Nunca entendió porqué, pues su padre siempre fue distinto a él.
Mando enterrar el cuerpo del extraño que no era un extraño, al costado de su madre.
Diciendo en tono solemne.
“ Carne de mi carne, huesos de mis huesos, descansen juntos, como debió ser desde un inicioâ€
FIN
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Este esta algo largo pero muy bueno, creo que andas inspirado man... excelente cuento. Creo que esto te ha sucedido a ti...jajaja